• Nov. 7, 2008, 5:47 p.m.
Hasta donde el sueño me venció pude ver la cobertura que diversos medios internacionales le dieron a dos elecciones, por supuesto, la que acaparaba más atención, entre Barack Obama frente a John McCain, y la del gobernador de Puerto Rico.
En ambos comicios pudo observarse orden. La gente, por ser martes, trabajó normal y votó, por lo menos en el caso de Estados Unidos, de forma armoniosa, aunque haciendo filas, por el nunca visto desborde de nuevos votantes.

Rayando la medianoche, hora de Nicaragua, Barack Obama se declaró ganador de las elecciones en Estados Unidos, y un adusto MacCain reconoció su derrota y saludó con respeto y admiración al primer presidente negro de la historia de ese país.

Situación similar se presentó en Puerto Rico, donde el gobernador saliente, Aníbal Acevedo Vilá, aceptó haber perdido la simpatía de la mayoría de los electores para otro período, y concedió en la noche del martes la victoria a  Luis Fortuño, del anexionista Partido Nuevo Progresista (PNP).

Ambas elecciones dieron un paso hacia el cambio en esos países, puesto que el partido gobernante pasaba al oposición y visceversa. Pero nadie, ni los políticos de segundo rango ni los mandatarios, por muy criticados que fuesen, lanzaron veneno y acusaciones infundadas contra todo aquel que no pensara como él. Simplemente se respetó el proceso electoral y ya conocemos los resultados, después de lo que sí fueron dos fiestas cívicas.

Para ser honesta, después de ver tanta información sobre ambas elecciones, me dio una sensación que iba de la admiración a la envidia, pensando como nicaragüense:
¿Por qué no podemos ser así los pinoleros? ¿Por qué un bando “reparte” garrotazos, pedradas y puñaladas al otro? ¿Y por qué hay acusaciones de fraude anunciado, en medio de un proceso cargado de irregularidades, si todo se hubiera solucionado poniendo garantes internacionales y nacionales?

Los prolongados conflictos armados parecen no haber dejado la lección aún para todos nosotros.
Cabe preguntarse ¿será que hay personas que se resisten a dejar ese pasado odioso que sólo luto y pérdidas deja a todos y empobrece más al país?

El problema es que siempre son los jóvenes los expuestos por los políticos a los hechos de violencia. Y eso preocupa, por lo menos a muchas personas como yo, que aspiramos a un país en paz, donde se respete el derecho ajeno y las libertades públicas a manifestarse bajo cualquier bandera política, sin impedir el espacio del contrario.

Ojalá que el nueve de noviembre demos una lección, que desmienta las predicciones de más violencia o de fraude electoral, en la tónica con que transcurrió el proceso electoral, tristemente plagado de agresiones, acusaciones a “Mundo y Raimundo” y vulgaridades por parte de personas afines al partido gobernante.

Una vez más pido a mis amigos sandinistas que se abstengan de llamarme asalariada del imperio y todos los epítetos gratuitos que menciona el presidente Daniel Ortega, porque quiero creer que aunque sea en días de silencio electoral se tomarán en serio su discurso de “puede más el amor que el odio”.
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