• Nov. 6, 2008, 10:13 a.m.
El 4 de Noviembre empezó muy mal en mi casa de Santa Mónica. Una perrita con la que nos habíamos encariñado mucho, Luna, amaneció muerta. Parece que comió algo que la envenenó. Al salir, descubrimos que los ladrones habían quebrado los vidrios laterales del carro de Carlos, mi esposo. ¿Serían señales de mal agüero?, me pregunté. ¿Ganaría McCain, perdería Obama? Ya en la calle, mientras luchaba contra el desánimo, me llamó la atención ver las colas en los puestos de votación del vecindario. No tengo ciudadanía norteamericana y por tanto no voto, pero nunca, en los años que he pasado en Estados Unidos, había visto yo colas fuera de los centros de votación.

Hacia las cinco de la tarde, empezaron a llegar a mi casa un grupo de amigos con los que habíamos quedado para ver los resultados que empezarían a saberse hacia las seis de la tarde en California. Ya para entonces, muchos puestos de votación en la costa Este, con la que hay tres horas de diferencia, habían cerrado. La primera noticia fue que Obama ganaba en New Hampshire, e iba adelante en otros estados importantes del Este. McCain, sin embargo, le adelantaba en Indiana. Las cadenas norteamericanas iban dando los resultados de forma muy ponderada, evitando la precipitación. Pero ya a las 7 de la noche, la arrasadora victoria de Obama empezó a perfilarse con claridad y la alegría nos invadió a todos. Fue una noche excepcional en realidad. Cuando se fue haciendo evidente que Obama ganaría, vimos a la gente en Chicago empezar a concentrarse en un parque a la orilla del lago destinado para la celebración. La euforia fue poseyendo a otra gente reunida espontáneamente frente a la Casa Blanca, en Times Square en Nueva York, en el Centro de Los Ángeles. Más del 60% de la población registrada salió a votar a nivel nacional; en California la afluencia a las urnas llegó al 80%. En todo el país, semejante participación no se veía, según las estadísticas, desde 1908. El 55% de jóvenes entre 18 y 29 años depositaron su voto, algo sin precedentes.

Y es que, según lo explican los norteamericanos, la baja participación electoral –no suele pasar del 30%- en Estados Unidos, se debe a que la mayoría de gente tiene la noción de que gane uno u otro partido, sus vidas personales no se verán afectadas demasiado pues la manera de operar del sistema se mantiene estable sea cual sea la administración que llegue a la Casa Blanca. Pero esta vez la gente pareció percibir claramente que no sólo su noción de seguridad, sino la calidad de vida de cada uno de ellos estaba en peligro. La victoria de Barack Obama, entonces podríamos decir que emana, por un lado, del desafío de superar un profundo pasado racista y, por el otro, de la necesidad espiritual y material de los votantes de volver a encarnar el llamado “sueño americano”. Este “sueño” entendido ahora, no sólo como igualdad de oportunidades, sino como recuperación de la auto-estima: de reafirmar ante el mundo ese compromiso de sus fundadores, tantas veces malversado, de que son una sociedad sostenida sobre valores universales como la democracia, la libertad, la igualdad y el respeto a los derechos humanos. Y, por supuesto, de que seguirán siendo un país próspero capaz de recuperarse de la presente crisis económica.

El pueblo norteamericano es muy heterogéneo. Hay de todo: ignorantes, racistas, guerreristas, indiferentes; pero también hay mucha gente buena, culta, generosa e idealista. La noche del 4 de Noviembre fue, sin duda, una noche de fiesta para los idealistas. El discurso de Obama, tras ocho años de Bush, resonó como la exaltación de eso bueno y noble y progresista que uno quisiera ver manifestarse en la política interna y externa de los Estados Unidos.

Obama tiene una larga y difícil tarea por delante. Ojalá logre cumplirla. Si los Estados Unidos llegaran a ser una fuerza de cambio, ese “faro en lo alto de la colina” que ellos mencionan que se precian de ser, el mundo se beneficiaría enormemente.

Por lo pronto, sea lo que sea que suceda, todos como seres humanos podemos sentirnos contentos de que en ese país tan extenso y poderoso, la barrera de la discriminación racial haya sido sacudida en sus cimientos. Ese es un motivo de esperanza y de alegría.

Después de todo, mi día tuvo un final feliz.

Noviembre 5, 2008

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