• Nov. 12, 2008, 9:45 a.m.
“Juro por Dios defender mi voto, pues además de pagar 20 dólares por él, no dejaré que subestimen mi inteligencia”. (Yo mismo)


Un síntoma inequívoco de Daniel Ortega  y del ahora “amigo del alma” Roberto Rivas, es el desprecio por las reglas claras y la voluntad de un pueblo. Sin embargo, aunque en política no pueden faltar los desesperados, éstos no deben perder el sentido de los límites, porque de lo contrario se corre el riesgo de llegar a extremos irreversibles.

Las elecciones municipales es paradigma de lo que puede suceder cuando se está dispuesto a cualquier cosa, para cambiar las tendencias en el electorado. De esa desesperación de estos malos y despreciables hijos de la patria, surgió una marcha donde un pueblo, desvelado, asoleado, cansado de atropellos a sus ideas y su voluntad,  salió a las calles dispuesto a todo.

Sé que resulta patético y paradójico que durante la gran marcha esporádica realizada el día después de las elecciones, se manifiesten los mismos perversos métodos que la izquierda usa y, usó durante la campaña. Pero lo que parece realmente inconcebible es que los militantes y funcionarios del Orteguismo sean los que hayan sacado pistolas y ametralladoras para amedrentar a un pueblo, que ha visto como una minoría esta tratando de subestimar su inteligencia.

Todos lo vieron y escucharon. Radio universidad, informaba como desde la Universidad Politécnica, UPOLI, eran cerradas las urnas desde las 12 del mediodía. Otros barrios como Bello Amanecer, en Ciudad Sandino, corrían la misma suerte, y así la espiral se repitió en todo el país. En realidad era el plan nefasto y oscuro para favorecer a candidatos trillados de la izquierda. Como vemos en esto de apoderarse del  país nada los detiene: ni las formas, ni la ética, ni la ley. Y, por lo visto, tampoco la necesaria y patriótica defensa del voto popular. En otras palabras, les vale soberana…
 
Por donde se le vea, resultan vergonzosas y burdas las acciones del partido gobernante y de su ayudante Roberto Rivas. - A diferencia del rechazo por tener observadores internacionales y nacionales, y que resultan a todas luces exageradas- sacar a los fiscales a la fuerza de las urnas, se explica por si solo que se está vulnerando la equidad de la contienda. Este punto es básico ¡señores! Ningún fiscal debe ser sacado a la fuerza de su lugar para lo cual fue consignado, es prácticamente básico y se encuentra establecido en las reglas del Consejo Supremo Electoral, CSE, y además es una norma constitucional. De igual forma ¿cómo es posible que un presidente del CSE apoyado por “observadores” traídos por el gobierno, digan ahora que todo transcurrió normal? Hombre, demasiada burla y canallada para nuestras tristes y cansadas vidas. Primero: Urnas cerradas desde las doce del mediodía, fiscales sacados de su puesto de vigilancia, cédulas no entregadas, cero observación nacional e internacional ¿será que están ciegos o el viagra los tiene sordos?

El problema es que ni Roberto Rivas, ni la Policía Nacional u otra autoridad, fueron capaces de imponerse y hacer valer la ley en la gran fiesta cívica. Además, era evidente no interesarles, pues cuentan con los recursos suficientes para comprar a quien se les ponga en el camino.

Por supuesto que esto no les quita el sueño a los Orteguista, pues anhelan convertirse en víctimas y decir que se les quiere ganar en la mesa. Finalmente, saben  además, del descuido garrafal que sufrieron, pues ahora Eduardo Montealegre y sus fiscales astutamente guardaron las actas electorales. Esta acción por si sola obligará a todo el sistema político, y poderes de estado a considerar, la norma no escrita, pero muy conocida, de que “hay acuerdos políticos mata estatuto”, aunque públicamente renieguen de ella.

Más allá de la anécdota, de la marcha que sostuvimos aguerridos y defraudados ciudadanos, quiero resaltar que por desgracia, el deseo de defender el voto y exigir el recuento del mismo vale más que cualquier otra consideración. Sabemos también que esta situación lastima, pues finalmente somos todos los que sufriremos hasta las últimas consecuencias, pero el miedo a Ortega y a sus turbas se perdió, pues todos pensamos que al diablo con Ortega y sus secuaces.

El autor es periodista de la Red de Comunicación Ambiental

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