• Nov. 22, 2008, 6:15 p.m.
Para llegar el martes 18 de noviembre a la marcha para protestar contra lo que muchos estamos convencidos ha sido un fraude electoral, hice memoria de mis años de llevar y traer cuadros clandestinos. Hay cosas que uno no olvida, instintos que no se pierden. En esos años, conocer los vericuetos de Managua era una de las habilidades que podían salvarle a uno la vida. Por eso conozco bien mi ciudad.

También recordé lo importante que es no tener miedo. El miedo en este tipo de situaciones es mortal. El adversario lo huele y ese olor lo excita. Le sucede a los seres humanos, igual que a los caballos o los perros: detectan el miedo y el reflejo los pone agresivos. Fue así que, desde la carretera sur, a las 2 de la tarde, hice mi camino. Sorteé las rotondas de la Bolívar, la de Cristo Rey. En ambas, grupos relativamente pequeños de personas, agitaban perezosamente banderas rojinegras. Tenían el rostro apagado, ambulaban de aquí para allá con la actitud de quien no tiene más remedio.

En dos puntos, en Altamira, me topé con buses atravesados en la calle para impedir el paso y retenes de partidarios del gobierno. En un caso, eran jóvenes con pasa-montañas y lanza morteros. Me detuve y hablé con ellos. Me indicaron los accesos que tenían copados y me dijeron que la marcha “de los liberales” estaba “más arriba” y que iba montones de gente. Cuando aparecieron lucían un poco desafiantes, pero luego de platicar con ellos y verlos a los ojos, de hacer un contacto humano tranquilo, se calmaron y lucieron como lo que eran: jóvenes como tantos. En el otro sitio, varios hombres mayores me pidieron que diera la vuelta, que no había pasada, me hicieron la seña del dos con la mano. Les sonreí, saludé y salí hacia la calle despejada que me condujo al parqueo del Hotel Seminole, a una cuadra del Hotel Princess, el sitio de la concentración. Allí bajé y fui caminando, sola, hacia donde se concentraba el grupo de personas que escuchaban en ese momento a Dora María Téllez.

La calle estaba resguardada por policías y me impresionó lo calmos y profesionales que lucían. En la esquina del hotel, el grupo de gente no era muy grande. Era una manifestación como tantas otras, excepto que a una o dos cuadras de distancia, por el norte, el sur, el este y el oeste, los policías anti-motines alineados y compactos, impedían el desborde de una apretada masa de gente con banderas rojinegras, al acecho. En medio del grupo que me rodeaba, vi alguna que otra cara conocida. En su mayoría, sin embargo, quienes estaban allí eran tan pueblo, como los que parecían esperar, tras la barrera policial, la oportunidad para abalanzarse contra los manifestantes. Era una situación insólita realmente. ¿Qué peligro, pensé, podíamos representar aquellos pocos para merecer semejante despliegue?

Toda la actividad de la ciudad parecía pender de aquel pequeño espacio en la esquina del Hotel Princess. Subidos sobre una camioneta, flanqueada por anti-motines, varias personas tomaron la palabra. Hubo aplausos del grupo y morterazos de los que nos rodeaban. Desde donde estaba, podía entrever el forcejeo con la Policía: la gente quería romper la barrera y lanzársenos encima. Corrió el rumor de que ya se había dado la orden a los anti-motines de romper filas. Imaginé los espíritus exaltados, los que vendrían riendo con esa risa peculiar que tenemos los nicas en los molotes, y que, en medio de las trifulcas aparece como si se tratara de una fiesta y no de una circunstancia grave. Imaginé los palos, las piedras, los bates, el efecto contagioso de la psicología de masas que envalentona hasta al más cobarde.

Era, sin duda, una situación de extremo peligro cuyo desenlace nadie podía prever con certeza. Afortunadamente, aunque el retiro fue desordenado, el combate frontal no se dio gracias a la labor policial. Los muchachos a quienes el gobierno ha dado licencia para golpear y amenazar, hirieron con pedradas a más de alguno, pero la mayoría nos pusimos a salvo, gracias a la solidaridad de los vecinos de las cuadras aledañas a la concentración, que nos abrieron las puertas de sus casas y nos ofrecieron refugio. Por más de dos horas, sonaron los morteros, los gritos, hasta que poco a poco, se hizo el silencio.

Mi conclusión, tras esta experiencia, es que aquí hay hombres que se están resguardando tras las faldas de una mujer y esa mujer es el pueblo de Nicaragua. El pueblo es liberal, sandinista, danielista, emerecista, conservador, etc, etc.  Dentro de cada tendencia política hay de todo: oligarcas, cheles, morenos, culos rosados y culos de todos los colores.

Pregonar la creencia de que pueblo es sólo el que piensa como el que gobierna es una manipulación alevosa que persigue exactamente lo que está logrando: echarnos a pelear unos contra otros, como si la salvación y el derecho de un lado sólo pudiera existir si se suprime el del otro lado. El planteamiento es absurdo, auto-destructivo e irrespetuoso del mismo pueblo que estos gobernantes dicen defender. Porque es un irrespeto sacar a la gente de sus trabajos, de sus comunidades, para lanzarlos a las calles a que impongan con violencia, lo que sus autoridades no pueden sostener con la razón y la ley. Es un irrespeto no responder limpiamente a los reclamos de quienes arguyen que sus derechos no están siendo atendidos. Es un irrespeto arrastrar al pueblo a una confrontación cuando la solución del conflicto se tiene en la mano.

Pero a estas autoridades nuestras parece que les es más fácil mirar desde sus lejanos puestos de observación cómo se desatan las pasiones más lesivas, la intolerancia y la anarquía, que enfrentar su obligación de presentar cuentas claras de su gestión. Ante esta actitud, uno tiene derecho y hasta obligación de preguntarse si lo que pasa es que no las tienen. Máxime que hay pruebas irrefutables de malos manejos. A estas alturas, yo, por ejemplo, no sé dónde quedó mi voto. Mi junta, la 9480 del Colegio Calasanz donde voté, no aparece en los registros del CSE. Nadie de los que anda en la calle con banderas y alborotos tiene derecho a exigirme o a exigir a cualquier otro ciudadano que se olvide del por qué de estas irregularidades.

Pero quienes saben que no pueden dar respuesta, recurren a la vieja cantinela de que los Estados Unidos está “desestabilizando” al gobierno. Para impedir las protestas de los que se sienten agraviados, sacan al pueblo que los apoya a la calle e inventan la patraña de que la razón de su presencia es la demanda de que el CSE se pronuncie. Los ponen a exigir que se violente el calendario establecido y que se den resultados, no cuando se aclaren los nublados que existen, sino cuanto antes, hoy mismo, no importa lo que diga la ley. Otra vez la consigna es usar al pueblo para que solo se ensarte el puñal, para que se enfrente consigo mismo, en nombre de una victoria que el propio gobierno que los incita a hostigar y apedrear, aún no ha podido demostrar que existe, más allá de toda duda.

Esta política de separar al pueblo entre unos que tienen derecho a todo y otros que no tienen derecho a nada es lo que criticamos de las oligarquías y los imperialismos. Pero tan malo es cuando lo hace un lado, como cuando lo hace el otro. Ese fue el pecado de los totalitarismos, fue el pecado de la misma revolución sandinista de los 80. La lucha de clases dentro de una existencia democrática, tiene que ser sustituida por la lucha por la igualdad y la justicia social.

Ya en el siglo XX, en los países del Este, vimos los resultados de instituir una “dictadura del proletariado”. La dictadura, venga de donde venga, niega la libertad y tarde o temprano, esa negación conduce a la rebelión porque, en la práctica, lo que sucede es el juego de “quítate tú para ponerme yo”. Siempre hay unos que acaban siendo más iguales que otros.

En estos tiempos la manera de combatir las derechas y las enormes fortunas, es la política fiscal: que el rico contribuya con sus impuestos a la educación, a la salud, a la vivienda del pobre. A menos que exista un plan de exterminación contra los ricos –en cuyo caso las mismas filas del gobierno se verían muy mermadas- lo demás es pose, retórica y la consecuencia es el empobrecimiento de todos y el aislamiento del país.

Hay que abrir los ojos, reflexionar, no dejarse manejar por las pasiones ajenas. De nosotros depende aceptar que tendremos que navegar juntos en este barco llamado Nicaragua. No permitamos que nos sigan contando cuentos de caminos y que nos echen a pelear unos contra otros en vez de gobernar responsablemente y entregar cuentas de sus entuertos.

Managua, Noviembre 19, 2008

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus