• Nov. 22, 2008, 2:50 p.m.
El hostil proceso de diferenciar verdades a cuesta de una “ideología” poco funcional y práctica ha conllevado siempre a que en este pequeño país de sangre caliente se hable en nombre de un pueblo sin rostro. Esa palabra tan utilizada, moldeada, esculpida, representa el hacha, machete y martillo del poder.
Es mayor la blasfemia de hablar en nombre de tantas caras, pensamientos, sentimientos, razones, de tanta gente diferente, que usar el nombre de Dios en todo lo que se dice; o peor, hacer ambas cosas.

Si no tenemos el derecho de hacer uso de lo que no creamos, o de lo que no dijimos, o no cantamos, tampoco podemos hacer uso de lo que no somos. Existe una real diferencia entre el que utiliza un autobús de transporte urbano todos los días para ir a ganar una miseria en las venerables Zonas Francas y el que recibe un sueldo mensual que equivale casi a un año de trabajo del primero. Con cuanta facilidad se apropia nuestro querido político demagogo, el gran empresario, el dueño de tantas y tantas cosas que ya ni sabe que tiene, el terrateniente y financiero, el padre de hijos que sus simpatizantes sin quererlo también llaman “culitos rosados”, la dualidad de una misma persona representada en dos actores, la versión poética del desprecio a la libertad de expresión de eso que llaman pueblo, la ventaja que la otra cara de este ser ve en esa censura para hacerse camino como líder salvador.

A cuantos de nosotros nos importa tanto como queremos aparentar el porvenir de los demás y no la forma en que afectará a mí y a mis más cercanos lo que acontezca en el país de las maravillas, ¿no tenemos acaso tan gravado aquello de que hasta que no me afecta el problema no es tan grave? ¿cómo lo voy a ignorar si me está pasando?
¿por qué tiene la gente que batallar a causa de mis palabras y mis actos? ¿por qué tengo yo que pelear en nombre de alguien que no representa lo que soy y menos lo que quiero?  ¿Acaso las poetizas mariposarias, que son las que tienen realmente el mando en la inigualable Nicaragüita, pastoral de la vergüenza, Edén de nada, se preocupan por lo que hoy comerá el niño del semáforo? ¿y a mí? ¿acaso ellas manipularán los puños a falta de una mente capaz.?

Es injusto pensar que yo que hoy tengo la oportunidad de estar sentado en la comodidad de un escritorio, en la cabecera de una junta directiva, en la silla presidencial, con mis atavíos quasi ridículos y esotéricos, pueda llenarme la boca diciendo que es lo que un pueblo, al que ni conozco y del que no formo parte, quiere, cuando su sangre vale para mí lo que pesa un fajo de billetes.. Y mucho menos esperar que ese “pueblo” crea por un momento que aquí nada está pasando y que todo esto ha sido un juego con reglas claras.

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