• Nov. 6, 2007, 9:34 a.m.
En un reciente artículo en el New York Times, Paul Krugman, que es, a mi juicio, el articulista más brillante y crítico de ese periódico, plantea que el largo dominio de la derecha en la política estadounidense está llegando a su fin. Su tesis se basa en varias encuestas que indican que la población está sintiendo la urgente necesidad de un cambio. Cita un memo de la empresa encuestadora Democracy Corps que señala que nunca como ahora los norteamericanos han estado más a disgusto con el estado de su país.  Esta ola de descontento, afirma Krugman, no se basa únicamente en el rechazo creciente a la guerra de Irak, sino en una mayor oposición a la influencia de los grandes conglomerados económicos sobre las políticas emanadas de Washington. La gente se queja de que los políticos se han olvidado de la clase media y las mayorías, lo que, según Krugman contradice la teoría de que los norteamericanos son indiferentes a las desigualdades económicas y la injusticia social. Afirma que un estudio de largo alcance de la opinión pública realizado por James Stimson, un científico social  que usa datos de varias encuestas para medir las tendencias liberales o conservadoras del electorado, concluye que hay un giro sustancial hacia la izquierda y que el estado de opinión en Estados Unidos es ahora más progresista (liberal) de lo que ha sido después de los años 60.


Si bien esta teoría puede parecernos de un extremo optimismo, hay señales importantes del desgaste de la derecha en Estados Unidos. Además de las que señala Krugman en su artículo, cabe mencionar la perdida de prestigio y la creciente atomización del sector de la derecha religiosa que, en los últimos años ha visto su influencia disminuida tras una serie de escándalos y abusos protagonizados por algunos de sus más connotados líderes. La aventura militar de Bush en Irak, por otro lado, y sobre todo las políticas de su administración que han legalizado la tortura y las detenciones indefinidas y sin recurso en el caso de Guantánamo, han confrontado a los norteamericanos con la imagen del “Americano feo” que muchos se consolaban pensando era un producto de la propaganda comunista.  En pocos años, la Administración Bush ha puesto en evidencia la debilidad del mito libertario y benéfico de la influencia norteamericana y obligado a muchos de sus ciudadanos a confrontar la doble moral con que esa nación actúa cuando se trata de defender sus intereses fuera de sus fronteras.  La crisis entonces ha trascendido el terreno exclusivamente militar y económico y ha pasado a perfilarse como una crisis ética en la que la cuestión pasa a ser el desmoronamiento de los principios sobre los que, hasta no hace mucho, la mayoría de los norteamericanos pensaban se basaba su identidad nacional.
Es de esperar que las elecciones de 2008 resulten en el triunfo de los Demócratas y de Hillary Clinton. Habrá que ver, sin embargo, si ella será capaz de convertir esta crisis del espíritu de su país en una toma de conciencia colectiva que contribuya a que esa nación reconozca su histórica arrogancia y se responsabilice por sus múltiples muertes y daños.

Noviembre 5, 2007

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