• Nov. 25, 2008, 1:06 p.m.
Al ingresar al nuevo centro de pago del Instituto de Seguridad Social, situado del Siete Sur 30 metros al lago, me quedé anonadada, pensando que ese día saldría muy tarde, pese a haber llegado a eso de las siete de la mañana. Pero no fue así, y en cuestión de dos horas ya había concluido mi gestión por mi tardía, pero segura pensión de viudez.

La desazón no era para menos, pues al entrar a un hermoso patio con un árbol centenario y numerosos toldos con sillas plásticas debajo, me preocupó ver que me correspondía el número 395.

¿A qué horas empiezan a dar los números? Pregunté, con la certeza de que varios centenares de jubilados, ancianos en su mayoría, habían pasado la noche allí. “A las cuatro de la mañana”, me dijo sonriente una amable joven que repartía café negro y galletas de soda, muy demandados por los presentes.

Poco después llegó una edecán a llamar los números que debían pasar a un bahareque previo a la sala donde se realizan los pagos. Para mi sorpresa en ese grupo iba incluido mi 395.
No pasó mucho tiempo cuando nos volvieron a llamar, y esta vez era para ingresar al edificio, pintado en colores brillantes, característicos de la gestión de Daniel Ortega.

Ya dentro había aire acondicionado y otros edecanes guiaban a los jubilados y pensionados. El ritmo de los números iba similar que afuera, puesto que antes que dejara de leer los titulares del diario que había comprado para entretenerme, fui llamada para hacer fila en la última instancia.

Observé que los pensionados que llegaban con dificultades para movilizarse eran tratados con más consideración y tenían prioridad en las cajas. Incluso, hay sillas de ruedas dispuestas para ayudar a aquellos que no pueden entrar por sus propios pies al local.

Algo que me llamó la atención era la delicadeza de los edecanes, incluyendo un hombre mayor que se parecía al ex presidente Bolaños. Los de adentro lucían gorros de Santa Claus con una bola luminosa en la punta, y deseaban feliz Navida y próspero año nuevo a todos los jubilados y pensionados que iban saliendo.

De paso, los edecanes recomendaban a los “viejitos”, como solemos llamar a nuestros adultos mayores, no dejarse engañar por los timadores que pululan alrededor de los sitios donde hay concentración de personas recibiendo dinero.

Después de un año de la gestión de la pensión me quedó el sabor dulce de que valió la pena la transformación del sistema de pago para los jubilados.

Al comienzo fui escéptica en cuanto al cambio de modalidad de pago, cuando se prescindió de los bancos, pero viendo la forma en que se ha mejorado el servicio a los pensionados, es meritorio reconocer que fue para bien de los asegurados, ya que si tenemos la dicha, algún día llegaremos a esa edad y recibiremos nuestra pensión.

Esta experiencia debería ser conservada por los gobiernos que lleguen en el futuro, independientemente de su bandera, porque el humanismo con los pensionados no tiene color político.

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