• Dic. 15, 2008, 11:16 a.m.
Los Estados Unidos tiene una responsabilidad histórica en el pasado latinoamericano. Casi en su totalidad la política exterior norteamericana hacia la región estuvo orientada a garantizar la seguridad nacional, a cualquier costo, incluyendo el recomendar para nuestros país algo completamente contrario a lo que Estados Unidos ha hecho desde su independencia, la promoción de un sistema democrático.

Definir su política exterior en términos de asegurar sus intereses nacionales sin considerar los efectos de respaldar dictaduras militares, promover golpes de estado, “satanizar” cualquier intento de reforma etiquetándola de “comunista”, y en algunos casos extremos, como Nicaragua, con la invasión directa del país, es sin duda alguna el origen del sentimiento anti norteamericano en toda la región.

Todas las acciones que en materia de política exterior las distintas administraciones norteamericanas, han ejecutado en la región, han generado “una desconfianza histórica” de nuestros pueblos hacia los Estados Unidos. A corto y mediano plazo, tales acciones han servido bien a los propósitos de afianzar la “seguridad nacional” de los Estados Unidos, pero a largo plazo amenazan, de no revertirse, con la “seguridad estratégica” del país, USA.

Tratar de justificar tales acciones de imposición y abuso, como una respuesta defensiva en el marco de la guerra fría ha sido no sólo contraproducente, sino incorrecta en términos históricos. La arbitrariedad de la política exterior norteamericana hacia la región es de vieja data, muy anterior al conflicto este-oeste, que dio origen a la Guerra Fría. Las políticas del “gran garrote” y la “Doctrina Monroe” anteceden por muchas décadas al conflicto antes mencionado.

Estados Unidos atado
Con el auge reciente de gobiernos de izquierda en toda la región, los Estados Unidos está “atado” por sus propios precedentes abusivos, de tratar de influir positivamente en el curso de los acontecimientos, bajo condiciones impensables en el pasado. Ahora están tratando con gobiernos que electos democráticamente desafían abiertamente el liderazgo norteamericano, precisamente en el área que los Estados Unidos invocan ser líderes, en la promoción del proceso democrático.

¿Cómo pueden los Estados Unidos reclamarle a Hugo Chávez sus planes de perpetuarse en el poder, cuando fueron precisamente los Estados Unidos quienes con su respaldo abierto mantuvieron en el poder a nefastas dictaduras como la de Somoza, Strossner, Trujillo, y otros de la misma fauna política?

Hugo Chávez, sin decirlo, actúa como que es “payback time”, tiempo de la revancha, si los Estados Unidos permitieron a Somoza –dictadura de derecha- 50 años en el poder, bueno, ‘to get even’ –para empatar- ahora deben permitir a otros –dictadura de izquierda- 50 años en el poder. Y si hay elecciones que legitimen a esos gobiernos, mejor todavía, y menos pueden hablar los Estados Unidos, donde ser electo democráticamente es un asunto de “fe política”, de “credo político” que no admite dudas de su valor para legitimar el poder.

Con las antecedentes arbitrarios de la política exterior norteamericana hacia la región, difícilmente pueden nuestras sociedades ver hacia el “norte” como modelo, no en lo que respecta a ver a los Estados Unidos como una referencia a tomar en cuenta a la hora de construir modelos viables de funcionamiento político, no porque no haya muchos elementos positivos que se puedan retomar, sino porque los mismos son opacados por el recuerdo funesto de las imposiciones del “big brother”, el imperialismo para muchos, y con sobrada razón.

Esperar que con la llegada al poder de Barack Obama todo ese lastre histórico vaya a dar un vuelco de la noche a la mañana es no sólo mucho pedir, sino también querer delegar en otros la solución a los problemas que nos aquejan.

Nosotros como latinoamericanos adolecemos de muchos males, no todos atribuibles a la negativa influencia del “imperialismo norteamericano”. Tenemos males “estructurales” que tienen que ver más con nuestra “identidad cultural” que con el factor geográfico de ser, o haber sido considerado como el “patrio trasero de los Estados Unidos”. Responsabilizar todos nuestros males a la “fatalidad geográfica” de ser vecinos de USA no es del todo correcto. Si lo fuese, China lo haría de su cercanía con Japón, Polonia de su cercanía con Rusia, y los ejemplos no paran ahí.

Uno de ellos, que amerite un análisis de derecho comparado tiene que ver con el hecho de que nuestros países heredaron, como ex colonias de España, el Derecho Romano, versus ‘la ley común inglesa’ que es la que rige para Estados Unidos y Canadá. Mientras el primero se basa en la codificación de leyes escritas, el segundo se basa en el precedente jurídico. Para hacer reformas en el primero es necesario reformar todos los códigos, mientras que en el segundo, las sentencias judiciales son fuentes de jurisprudencia, y permiten por tanto mas agilidad para permitir los cambios. El Derecho Romano tiende a ser mucho mas rígido que la ley común inglesa.

Países traumáticos
La dificultad de los sistemas jurídicos basado en el Derecho Romano para propiciar cambios explica en parte porque los cambios en nuestros países son tan traumáticos, y en lugar de llevar un proceso de evolución, sólo han sido posibles en muchos de los casos, por medio de una “revolución”.

El otro elemento, que también es parte de la cultura, es la influencia de la religión católica, un verdadero ‘monopolio espiritual’, también como parte de la herencia española. La influencia católica es más limitada en Estados Unidos y Canadá. Y esto influye significativamente en como los unos y los otros vemos el mundo, y como asumimos nuestras responsabilidades.

Por ejemplo, para la moral católica casi todo lo remitimos al “pecado original” y delegamos responsabilidad por nuestros actos en nuestros primigenios Adán y Eva, y decimos, si ellos no hubiesen pecado, no estaríamos en estos problemas. Una forma “elegante” de no aceptar responsabilidad individual por nuestras acciones.

La moral protestante, hasta el momento más influyente que la católica en Estados Unidos y Canadá, predica que cada quien es responsable de sus propios actos, a cada quien se le pide que responda por las consecuencias de sus acciones. Nadie delega responsabilidad por sus actos al “pecado original” de Adán y Eva.

Estas diferencias culturales, o digamos de “costumbres” no son solamente entre Estados Unidos y Canadá, sino también entre los mismos países latinoamericanos, particularmente entre Brasil y los demás países de la región. Eso seguramente explica como Brasil gradual pero inexorablemente se va diferenciando del resto de Latinoamérica, y más temprano que tarde brillará con luz propia entre el resto.

La elección de Barack Obama representa un giro a la “izquierda” 0dentro de la política norteamericana, pero “izquierda” no significa lo mismo aquí, en USA, que en La Habana o en Venezuela, o en Santiago de Chile, o en Brasilia, o en la Inglaterra de Tony Blair. Ahí, el problema con sus nuestras cosmovisiones, nuestro “reduccionismo cultural”, si pensamos que porque los Estados Unidos gire a la izquierda, otros se saldrán con la suya, pensando que la “izquierda” viene en una versión única, estática y eterna.

La izquierda, como todo en la vida, es “dialéctica”, y es un contrasentido que algunos, desde la “izquierda” no reconozcan la naturaleza dinámica de los cambios políticos, y cuando lo hacen son cualquier cosa, menos “dialécticos” en sus enfoques teóricos y metodologías, y con ello privan a nuestros países de opciones alternativas que de veras traigan esperanza y diversidad en la definición y construcción de nuestros destinos.

El autor es economista nicaragüense residente en Estados Unidos

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