• Oct. 25, 2007, 3:48 p.m.
Mal cálculo para los que creían haber dado por cerrada la biografía del Cardenal en el 2007. Yo tengo mi propio relato de lo que cierto sector de la Derecha ha promovido como el verdadero, legítimo e indiscutible dogma. Y yo, lo confieso, soy muy malo con los dogmas, sobre todo cuando son S.A.



De acuerdo a la organización e historia de la Iglesia Católica, un Cardenal se halla, en orden de jerarquía, en una meritoria posición, después del Obispo de Roma. Para ser más precisos, junto con los miembros del consistorio, el Cardenal Miguel Obando y Bravo constituye, después de Benedicto XVI, una segunda autoridad en todo el mundo.

Los primeros católicos de la región del cacique gobernante de Nicaragua fueron bautizados en el último mes de la estación seca de 1523, por los frailes. Y el primer Cardenal en la historia eclesiástica de la antigua provincia, fue nombrado en el primer mes de la estación lluviosa de 1985. Debieron pasar entonces 462 años. Por cierto, hubo guerra por los días de Gil González y también cuando el ex arzobispo recibió la túnica cardenalicia.

No hacen falta más papeles que los que proporciona la historia. Nuestro país cuenta con esta personalidad que si se ve bien en nuestros anales, desborda su propio papel, quizás por la inclinación mayoritaria de la población a la fe administrada desde Roma, en las décadas anteriores, porque en este siglo, una nueva oleada de nicaragüenses declara a Jesús como su único y suficiente salvador. Tanto es así que este nuevo tipo de creyente se siente mejor leyendo las cartas de Pablo --- “sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espír1itu del Dios vivo”(*) --- que desgranando las cuentas plásticas de un rosario o quemando pólvora patronal.

Desde antes que asumiera el principado eclesiástico, este hombre de La Libertad ya daba muestras de una estrella no tan común entre sus contemporáneos. Cuando fui destacado por el profesor Ricardo Trejos Maldonado a cubrir el estreno rural de su alta investidura, pude observar en las facciones de una ancianita, en los caminos polvosos de La Concha, el registro de un cariño de siglos a Su Eminencia.

Sólo se me vinieron a la mente aquellos rostros que advertí cuando el sacerdote Odorico de Andrea, un año antes, hacía su ingreso a una ermita de San Rafael del Norte, en una mañana envuelta de marzo jinotegano. La verdad, aquel fraile a quien nunca había visto, parecía provenir de algún lienzo de Murillo con montaña nicaragüense.

Con este agitado paso del tiempo, de las políticas y las ideologías, de administraciones neoliberales y exabruptos conservadores, hoy me pongo a pensar que nuestro país no sabe qué hacer con la figura del Cardenal.

Es un absurdo haber creído que el religioso se iba a comportar como un personaje hecho a imagen y semejanza de los reproductores de la ideología conservadora. Que el guión, el parlamento, sus entradas y salidas de escenas estaban debidamente prefabricadas y que él jugaría un rol impuesto de acuerdo a las conveniencias políticas y económicas de cierta élite.

Pero justo cuando el supuesto “actor” se le “salió” de las páginas de antemano escritas, fue necesario sacarlo del medio, borrar su nombre de la Curia, del obelisco si acaso existiera uno en su homenaje, de la Catedral, de Las Sierritas, de las fotos, de la primera plana… Se trató de reducir su imagen a una caricatura, cuando antes a los caricaturistas se les exigía ajustar su talento al humor del Santo Oficio impreso.

Mas el Cardenal es el Cardenal. No creo que haya sido actor ni que se atuviera al relato de una clase. Ejercía solamente su labor pastoral católica y es en esa condición que debe dimensionársele y no al son de la Orquesta del Pensamiento Unico y Selecto.

Mientras los V.I.P. de este mundo sacaron provecho de su alta dignidad, lo presentaban al pueblo como un ser casi bajado del Cielo y lo cargaban con pitoretas y cargacerradas, en la peana de sus cálculos temporales. Por eso, no entiendo cómo ahora se rasgan las vestiduras, en un acto de suprema hipocresía: la de imponer sus intereses tan particularísimos como si fueran los propios de la patria.

Quieren que la gente consuma sus opiniones como dogmas y los acepte como los policías del bien y del mal: si estás conmigo te elevo a arcángel y si te veo en la acera de enfrente, que te lleve al carajo la que te trajo.

Si un prelado ascendió a la teórica y teológica antesala de un eventual papado, fue porque se distinguió, conforme al Derecho Canónico “notablemente en doctrina, costumbres, piedad y prudencia en la gestión de sus asuntos”.

Con esta danza de fariseísmo y demagogia, lo que hacen es construir la nueva centuria con las peores mañas del siglo viejo, porque vemos cómo los jerarcas de una clase “predestinada”, más de 500 años después, todavía creen que el color de Dios es el mismo de ellos. Es decir, que la piel del poder es blanca.

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