• Dic. 29, 2008, 10:58 a.m.
Familia reunida, una mesa llena de alimentos y muchos regalos: es el sueño de millones de personas para la fiesta de  Nochebuena. Existen los que, a pesar de poder hacerlo, dejan de lado esa forma de festejo. Y existen todavía aquellos que, aunque lo deseasen, no participan por diversas circunstancias.

En cualquiera de las tres alternativas, es posible una Feliz Navidad, desde que haya la convicción de las reales y sublimes motivaciones que la fecha representa. La felicidad es, ante todo, un estado espiritual.

La historia y la trayectoria triunfal del anfitrión natalino – Jesucristo – nos dejaron como legado, el poder supremo de la espiritualidad – “la dimensión más noble del ser humano, que lo impulsa a ser trascendente”. Ella puede manifestarse a través de las acciones prácticas de dos de los mandamientos más importantes: amar a Dios por sobre todas las cosas, y por semejanza, amar al prójimo como así mismo. Ese grado de compromiso fue expresado por el propio Jesús, cuando fue inquirido al respecto.

En la evolución espiritual se encuentra el secreto que armoniza las necesidades humanas: salud, física y mental, convivencia familiar, reracionamiento social, ejercicio de la profesión y condiciones financieras.  El equilibrio de estos factores es decisivo para nuestro bienestar.

Debemos concientizarnos que el responsable de la mayor fiesta de la cristiandad, también soñó, en su pasaje por la tierra. Soñó con un mundo de abundancia para todos.  Soñó y predicó la paz entre todos los pueblos del planeta azul. Soñó con una sociedad económicamente igualitaria y socialmente más justa. Soñó con la inexistencia de discriminación, de preconceptos y de cualquier tipo de exclusión social. Soñó con la práctica de la fe, de la esperanza y de la caridad – las tres virtudes teológicas – que pueden ser comprendidas con la lectura y reflexión de los textos bíblicos.

Erradicar las “hierbas malas”
La Navidad es una oportunidad más, que tenemos anualmente, para hacer un balance de nuestra vida espiritual y para erradicar las “hierbas dañinas”, que insistimos en cultivar en nuestra mente, nuestros sentimientos negativos. Podemos agregar valores si entendiésemos en forma definitiva, que dividiendo también se suma. Los fundamentos del cristianismo no sirven solamente para cada uno de nosotros, si no que pueden ser aplicados a cualquier actividad humana, inclusive en la gestión empresarial. Visión, misión, valores, objetivos y metas, son elementos que ganaron estatus organizacional en el siglo XX y constan en las escrituras en forma explícita.

Dentro de las referencias bíblicas se encuentra la construcción del Arca de Noé (Génesis 6: 14 a 16), cuyas especificaciones detalladas nos hacen recordar la ISO (International Standard Organization). Norma técnica internacional para la certificación de Sistemas de Gestión de la Calidad.

Esa norma puede ser entendida como escriba lo que y como usted hace las cosas, y hágalo como usted lo escribió. Célebre es también la ejemplar lección de planificación estratégica revelada por José de Egipto, admirable administrador (Génesis 41: 37 a 45), al que podemos comparar con un CEO (Chief Executive Officer), Presidente Ejecutivo de hoy.

El supo, de manera muy competente, administrar lo siete años de abundancia con los siete de escasez. Las lentas y silenciosas marchas de Moisés en el desierto, en su caminata hacia la Tierra Prometida, lo colocaron en la lista de protagonistas históricos, por los valores que agregó a la gestión de los recursos humanos. El puede ser considerado el padre de la descentralización del poder y de la gestión participativa (Éxodo 18: 13 a 26).

Daniel, nominado por el rey Nabucondonosor, gobernador de toda la provincia, administró la entonces poderosa Babilonia, con la ayuda de sus tres amigos: Sidrac, Misac y Abdénago (Dan. 2: 48 y 49). Leer, reflexionar y practicar las enseñanzas que contiene la Biblia es la señal que Jesús dejó para que los cristianos conquisten calidad de vida, felicidad y salvación
eterna.
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