• Ene. 1, 2009, 3:04 p.m.

Ni vos ni yo pensamos en un encuentro romántico ese primero de enero. Yo, aburrida, me había acostado temprano el 31 de diciembre, pensando en las pérdidas que había tenido ese año. Vos, entre copa y copa, celebrando los pocos días libres que te permiten en tu trabajo, en el extranjero.

Así fue que una amiga me convenció a mí y un amigo te reclutó para que ese primero de enero fuéramos a una playa. “Para que te relajés, después de todo lo que pasaste”, me insistió mi pequeña amiga. Le advertí que no pensaba ir en bus, o manejar, ni mucho menos meterme en la tina de una camioneta. Nada de eso, replicó, dándome la razón que no podía rechazar para escaparme en año nuevo.

Llegamos en un vehículo que manejaba un amigo de mi amiga, que por cierto no toma licor, pero se divierte mucho en grupo. La playa estaba llena de gente, tan variada como ebria de sol y ron. No supe quiénes más llegarían. Cuando vi, los del restaurante-ranchón habían juntado cuatro mesas y mi amiga me dijo que llegarían otros.

Tranquila, pensé, total, no vengo más que a relajarme y tratar de olvidar el año viejo, que además quería exorcizar a mi manera. Media hora después llegaste, exactamente cuando me desvestía y me quedaba en el bikini rosado. Dicen que muy atrevidamente no apartabas los ojos de mí, pero ni siquiera te vi. Todavía no te prestaba atención, porque me distraje viendo la playa, la gente, platicando con las otras amigas. Y allí estabas, insistiendo en presentarte, con tu cabello extrañamente entrecano para tu edad, compitiendo con tu camisola blanca.

Esquivar las peligrosas olas
Así transcurrió rápido la mañana. Antes del almuerzo, aprovechando la lluvia que cayó ese primero de enero, quise bañarme, y le pedí a una de mis amigas que me acompañara, para que nos protegiéramos de los “mirandas” entre las dos, y para esquivar las peligrosas olas. De pronto me vi sentada en la playa, mi amiga a varios metros de distancia se abrigaba con una toalla, por el frío que provocaba la lluvia y la brisa marina, y vos a la par mía, prometiéndome el cielo y la tierra.

Te declaraste mi admirador, que eras soltero, que no tenías compromiso, sólo un hijo, que vivís en el extranjero, pero que podías mandarme a traer…. ¡ya! Pensé, si no vine a buscar esto, ni quiero nada.  Y me llegó el cortejo como si todavía tuviera 15 años. Serenata con unos músicos que aparecieron como horda, típicos de esa temporada. Me dedicaste “Mujeres Divinas” y yo pedí “Las Llaves de mi Alma”. Luego “La Puerta Negra” y no sé cuántas más. “Pedí, amor, yo pago”, me recalcabas, y yo continuaba indiferente, en mi mundo.

De nuevo volvimos a bañarnos, pero esta vez sin mi amiga, y allí no tuve gobierno. Olvidé mis frustraciones, acepté tu cortejo, te pregunté qué planes tenías conmigo, te dije mis condiciones, nos pusimos de acuerdo y llegamos casi a ser novios. Luego una ola nos revolcó y me detuviste muy sensualmente por las caderas, en un preludio de algo que no permití continuar, por tanta gente que nos rodeaba.

Te sentí súper entusiasmado y me convenciste que tu interés por mí era carnal y sentimental y luego me enteré que la pequeña falda que envolvía mi bikini rosado se la había llevado la tremenda ola. Salí del mar con tu camisola puesta sobre el traje de baño, para evitar esos “mirandas”.

Qué bárbaro el destino en habernos juntado ese primero de enero, en esa playa, cuando ninguno había planeado hacerlo, y que después de una buena plática y una “revolcada” marina nos entendiéramos de forma tan exquisita.

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