• Ene. 7, 2009, 10:34 p.m.
A mediados de abril de 2008, el sector transporte: taxis, inter municipales y carga realizaron una huelga debido a los altos costos que el barril de petróleo había alcanzado para ese entonces. Su demanda radicaba en que el gobierno congelara los precios del petróleo. Finalmente, después de serias repercusiones en la economía del país por la huelga suscitada, el gobierno negoció, llegando en el mes de mayo a un acuerdo con el sector transporte, los que solicitaron un congelamiento del precio del galón de gasolina a cuarenta córdobas con cincuenta centavos, lo que significaría una reducción de dos dólares con onces centavos para esa fecha, cuando éste se cotizaba a cuatro dólares con veintisiete centavos y la gasolina súper a cuatro con veintiocho centavos de dólar.

El gobierno inventó tarjetas electrónicas que asegurarían el anhelado subsidio a los transportistas. El primer día, según reportes de los medios fue un caos insalvable, pues hubo grandes filas en las gasolineras y los taxistas reclamaban por mayor eficiencia y rapidez en el servicio, e incluso afirmaron que dichas tarjetas constituían un robo, pues no les entregaban completa la cantidad de combustible que compraban.

Como todo cambio, las tarjetas en cuestión, se transformaron en un trauma casi insuperable para el sector transporte; sin embargo, con el paso del tiempo y capaz de acostumbrarse a todo, los transportistas se mostraron conformes con la decisión gubernamental y felices acudían a las estaciones de gasolina que con grandes letreros y mantas anunciaban el “Combustible Subsidiado”, mientras cobraban al usuario como si tales beneficios jamás se les hubieran otorgado.

Así transcurrió el tiempo en Managua, con los acostumbrados taxistas brindando un habitual pésimo servicio, por sus usuales unidades en mal estado, maltrato al usuario, inseguridad, léase secuestros express, robos, violaciones, golpes y lanzamiento de la o las víctimas de sus autos en movimiento, o simplemente el abandono de las mismas a la intemperie en algún sitio poco o nulamente iluminado y peligroso, de esos que abundan en la capital.

Resultó que de repente, la histeria en los precios del petróleo se detuvo, y como en buen final éstos empezaron a descender. Ante tal noticia, los usuarios se mostraron entusiastas, pensando incautamente que ahora todo sería más barato, incluyendo el pago de las carreras de taxi. No obstante, la sorpresa sucedió, cuando día tras día, pese a las continuas e inesperadas bajas de los precios en el combustible, los taxistas continuaban como si ese suceso gratificante jamás hubiera acontecido.

El barril de petróleo llegó a alcanzar los 40 y 50 dólares, superando las expectativas  alcistas, que auguraban que éste llegaría a comprarse hasta en doscientos dólares. Pero en Managua, nada cambió. Todo permaneció intacto, pues aquí las cosas buenas no tienen efectos, sino estática y una profunda renuncia a aceptar y efectuar los cambios que podrían mejorar nuestra calidad de vida. Acostumbrados a martirizar y dejar martirizarnos, los usuarios continuaron en la inercia dejándose llevar por la práctica mezquina de los transportistas.

Un buen día, la población no contenta con el deshonesto y poco considerado actuar de los taxistas, salió de la indiferencia en la que se habían adormecido, y empezó a quejarse dando uno que otro portazo a los desvencijados taxis, o ni siquiera subiendo a las unidades, cuando al antojo del conductor les cobraba una cantidad que rayaba en la usura. Quejarse de poco a poco sí logró un efecto, ayudado claro, por la realidad de la baja en los combustibles, y así fue que el pasado 31 de diciembre de 2008, el bonus se les acabó al sector transporte y como regalo de fin de año, el Ministerio que regula ese sector, les notificó que las tarjetas y el subsidio, como la pólvora que se quemó esa noche se había vuelto nada.


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