• Ene. 7, 2009, 10:50 p.m.
¡Bienvenidos a Pochimil¡, así citaba un hermoso letrero que se encuentra en la entrada del popular balneario nicaragüense, yo tenía varios años de no ir por ahí y hasta me parecía un lugar tan indiferente a mi vista bloqueada por la virtual Internet.

Al divisarnos de largo los encargados de la entrada chistosamente bajaron la aguja que detiene los vehículos como pensando que pasaríamos de viaje sin detenernos, y salieron a nuestro encuentro varios señores vestidos de blanco ofreciéndonos unas cabañas frente al mar para disfrutar mejor el paseo, ellos hasta se peleaban por un lugar en la ventana del vehiculo tratando de convencernos que la oferta del uno era mejor que la del otro. Al final después de cobrarnos 25 córdobas por entrar al lugar se vieron impedidos de continuar convenciéndonos.

Antes de descender por la polvosa calle de tierra y llegar a la costa se divisaba aquel enorme mar, todavía no lo creía, me encontraba ahí, lejos del bullicio de la ciudad, los vehículos, la gente y las chatarras que se llaman buses. Me parecía  mentira sentir el aire con partículas de agua que pegaban en mi rostro y llenaban mis pulmones de aire puro. Mi cuerpo tenía una pequeña sensación de liberación al estar en contacto con la naturaleza luego de estar gran parte del año  con un teclado en los dedos y un mouse a la par.

Ya en la costas del mar, sintiendo la arena caliente en mis pies, se encontraban más de esos vendedores de cabañas insistiendo en que nos quedáramos en una de ellas, nos dijeron que para estacionar el vehículo cerca teníamos que estar en un restaurante o en una cabaña, entonces para calcular el presupuesto de nuestras vacaciones, mis amigos y yo comenzamos la parte mas triste de los paseos, a consultar precios, ya que sabíamos que con la excusa de que la "cosa está dura" todo lo encontraríamos un poco caro.

Un señor canoso, gordito y de pequeño tamaño que nos acompaño desde la entrada acosándonos con sus propuestas de cabañas y supuestos precios bajos, nos dijo las reglas del juego en pochomil. Para poder estacionarnos teníamos que consumir en el restaurante por lo menos cinco platos de comida y cada uno de ellos tenía el precio mínimo de 130 córdobas hasta 600 córdobas. La cara de preocupación y hambre en mis amigos no era de extrañarse.

Luego de que habíamos gastado casi todo el dinero en el alquiler de un vehículo y en unas cuantas cervezas que nos trasportaban al polo norte con sus escarchas, me enteré que había otra opción más favorable pero a la vez un tanto estafadora. Alquilaban otra cabaña con derecho a estacionamiento, una hamaca y una mesa por 250 córdobas. "Que más da" dijimos, y recurrimos a esa oferta.

El lugar era acogedor, fresco y se encontraba frente al hermoso mar, me vinieron recuerdos de cuando niño mis tíos me traían y ellos asumían los gastos, pero esta vez era diferente. Habíamos viajado 65 Km desde Managua para estar ahí y relajarnos un poco, ya instalados nos tomamos unas fotos para el hi5 y pude observar a mi alrededor mucha gente en otras cabañas consumiendo licor y bañándose.


De inmediato llegaron a nosotros vendedores ambulantes a ofrecernos sus productos entre los cuales escuche a una marchanta que pregonaba los populares huevos de tortuga que están en veda y cuya distribución y comercialización están penados por la ley No. 559, la cual dice que las personas que cometan ese delito podrían ser penados de uno a tres años de cárcel; los más extraño del caso es que la señora vendía y a pocos metros se encontraba la policía tratando de retirar a unos borrachos que obstaculizaban la vía. Seguramente ni la  marchanta, ni los oficiales estaban enterados de la ley publicada hace más de tres años.

Me llamó la atención un par de equinos que estaban en la costa y se observaban un tanto agobiados y sedientos, en un momento llegue a confundirlos con camellos disfrazados de caballos por las horas que permanecieron en el ardiente sol, no es por compararme con ellos pero solo pude permanecer 15 minutos bajo el sol que me hacía cerrar los ojos por su resplandor, aún con bloqueador solar en mi piel, al estilo de David Hasselhoff.

Mis amigos llamaron a un niño que montaba otro caballo flaquento para preguntar cuánto costaría montarlo y fue cuando aparecieron más de una docena de inquietos niños que te jalaban y hablaban a la vez para que se montaran en el caballo a su cargo. Entre la confusión de tantos chavalos, logramos alquilar por media hora dos caballos cada uno a 40 córdobas, ¿el pura raza no me bota? pregunto mi amiga- "no si son mansitos", respondió un chatel.

Seguramente amansados con las nalgas de los veraneantes que los montan a diario, los casi camellos anduvieron a mis amigos por buen rato en la playa. Yo, un poco mas sofisticado opte por preguntar por las cudraciclos, pero decepcionado regrese a pie por la arena al saber que costaba 100 córdobas el cuarto de hora, en un perímetro establecido. Entré en reflexión preguntándome que si yo era pinche o esta gente era aprovechada.
 
Comimos bebimos y disfrutamos de la libertad que causa estar frente a una playa rodeada de naturaleza y un mar que expresa la inmensidad y el poder de Dios.

Al llegar a Managua me quede pensando en cómo el nicaragüense saca pinol de donde puede y sobrevive frente a todas las adversidades. Gracias a Dios no soy tan chelito, pues si no me hubiesen creído extranjero y estaría todavía lavando platos o limpiando pescados en el bello pochomil. Me quedó como lección aprovechar aquella frase de los comerciantes de que "la cosa está dura" al momento que mis amigos me pidan que los invite a algún otro lugar.
 
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