• Ene. 15, 2009, 10:18 a.m.
Leyendo a diario lo que sucede en la franja de Gaza, no puedo dejar de pensar en la historia del ghetto de Varsovia. Del 19 de Abril al 16 de Mayo de 1943, la población judía del ghetto de Varsovia se levantó en armas contra los nazis. Éstos, desde 1940,  habían venido encerrando a la población judía en el espacio reducido de este barrio, dejando que murieran de enfermedades o de hambre.

Los nazis controlaban las entradas y salidas del lugar, el suministro magro de alimentos y cuanto sucedía en el guetto. Cuando los judíos decidieron rebelarse ante las masivas deportaciones de sus habitantes hacia los campos de exterminio, mal armados y famélicos se enfrentaron a sus captores. La rebelión duró aproximadamente un mes y fue aplastada por los nazis a través de bombardeos e incendios que no dejaron piedra sobre piedra. Miles de personas murieron cruelmente y los que quedaron fueron llevados a las cámaras de gas.  El Ghetto de Varsovia vive en la memoria de la humanidad como símbolo de la resistencia de unos y de la crueldad de los otros.

Que el pueblo judío, tras haber sufrido la voluntad de exterminio de los nazis, proceda con la saña que lo está haciendo hacia la población Palestina de la franja de Gaza me resulta, personalmente, difícil de comprender; que se carezca en Israel de la compasión hacia la causa de un grupo humano como los Palestinos, da testimonio de la frecuente incapacidad humana de ponerse en el lugar del otro.  Uno esperaría que los judíos, dada su propia y dolorosa experiencia, comprendieran lo que es vivir sin Estado, en una suerte de tierra de nadie; que comprendieran lo que significa para los palestinos vivir  como parásitos de una nación que se creó en 1948, contra su voluntad, en su propio territorio.

El problema es ciertamente complejo. Una lectura a profundidad de las raíces del conflicto, desde la derrota en la Primera Guerra Mundial del Imperio Otomano a manos de los aliados, a la partición decidida en las Naciones Unidas en 1947, permite ver claramente cómo la actuación de Francia e Inglaterra al dividir arbitrariamente los territorios del Oriente Medio, gestó contradicciones insuperables. Tanto los árabes como los israelitas recibieron garantías de soberanía sobre esas tierras y desde 1948 se disputan un derecho que cada parte siente está de su lado. Y lo sienten, a partir no sólo de los múltiples acuerdos confusos entre Inglaterra y sus dirigentes árabes o judíos; sino a partir del derecho divino que le concede a cada quién la historia sagrada de sus libros fundacionales: la Biblia y el Corán.

De manera que, a falta de poder resolver sobre bases legales un diferendo que, en esencia, les da prácticamente iguales derechos, ambos lados han optado por la violencia como único camino. La tercia, la ley del más fuerte, ver quién subsiste en una batalla a muerte es la única racionalidad en la que, aparentemente, ambas partes coinciden. Es así que la violencia para ambos no es sólo justificada, sino su única manera de sobrevivir. Y mientras los israelitas han podido acumular, con el apoyo de Estados Unidos y de Europa, donde su comunidad tiene vínculos estratégicos en los niveles de poder, un ejército bien entrenado y poderoso; los palestinos han optado por la única vía que su realidad les permite: la guerra de guerrillas y el terror.

Hecho deshumanizante
La tragedia humana de la opción que ambos han escogido es terrible. Y es terrible no sólo porque hace a unos imitar a sus antiguos verdugos y a los otros apelar a la muerte de civiles como medio de conservarse beligerante en la contienda, sino porque nos deshumaniza a todos, nos convierte en observadores impotentes de un conflicto donde se nos exige tomar partido en una guerra irracional. Y es irracional porque, a estas alturas, a ninguna de las partes le asiste ya la razón. Es una guerra donde ha desaparecido la compasión y donde, de tomar partido, estaríamos haciendo de hinchas en un combate de gladiadores, ya sea celebrando la fuerza, ya sea la astucia.

Presenciar estos combates desiguales, ver el desproporcionado número de civiles sufrientes en Gaza en esta última ofensiva, o los restos de los pasajeros de los buses tras los ataques suicidas en Tel Aviv en los últimos años, ha sido un asalto sostenido que viene confrontándonos a todos desde hace tiempo con lo más primitivo y cruel que hay en nuestra naturaleza humana; esa razón de la fuerza que deja sin voz la palabra y convierte en estorbo la conciencia.

Francia e Inglaterra, las naciones que históricamente marcaron fronteras después de la Primera Guerra Mundial en esos territorios, así como los Estados Unidos, principal aliado de Israel, tendrían que llevar a éste y a las autoridades palestinas de Fatah y Hamas a un tribunal internacional donde cada quién desista de las bases originales en las que se basan sus reclamos y admita que hay que empezar borrón y cuenta nueva a trazar nuevos acuerdos para un entendimiento permanente entre Palestinos e Israelitas.

El mundo entero debía concertarse para obligar a las partes a reconocer que han perdido la mesura, la capacidad de ver el daño que se infringen entre sí, y también tendría que hacerlos responder por los crímenes de lesa humanidad que ambos han cometido y que por los que tendrían que responder retribuyendo a los perjudicados.

Quizás estos deseos sean cándidos e imposibles. Pero creo que es menester pensar fuera de los parámetros acostumbrados. Lo digo como una ciudadana del mundo que, horrorizada por el espectáculo de esta malsana y dolorosa violencia, querría convocar la compasión de quienes tienen poder para que de una vez por todas actúen con energía para hacerla desaparecer. Porque cada día que pasa y cada muerte, nos hace cómplices a todos de esta sinrazón.
Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus