• Ene. 26, 2009, 8:41 a.m.
Hay un pasaje dentro de mi historia que me enorgullece y a la vez me hace reflexionar sobre la calidad de los profesionales que se están formando en mi país. Recuerdo que como estudiante de Comunicación Social de la Universidad Centroamericana, sentí la necesidad de explorar un campo de la comunicación al que mis colegas casi no le prestan -o le prestaban- atención: la Publicidad. De hecho, soy el único publicista de mi generación, el resto optó por el periodismo puro y duro.

Para ese tiempo, quien me inculcó el gusto por esta materia fue la Licenciada Adela Tapia Roa, Gerente de HILO Publicidad, quien posteriormente sería mi jefa en el mundo laboral...pero esa es otra historia. Uno de tantos días escuché a una compañera de clases que ella había optado por la clase de CREATIVIDAD. Para mi fue un enigma, pero ya había escuchado el término durante las clases de Publicidad. Convencido de que era algo en lo que valía la pena adentrarme, debido a su relación con la clase de Publicidad, decidí inscribirla para poder pulir mis talentos y ahondar en mi formación como comunicador enfocado en otro rubro de este extenso mundo de la Comunicación.

Fue un total fracaso...
El docente encargado de impartir la materia, se suponía era un Creativo -no es una condición ni nada por el estilo, es el nombre que se les da en las agencias  a quienes se encargan de generar ideas para las campañas de publicidad-, era un profesional connotado de una agencia de publicidad nicaragüense con reciente suceso comercial.

Durante el semestre, recibí tal vez en 8 ó 9 ocasiones la clase y durante éstas las cosas se limitaban a sentarse a esperar mientras el docente conversaba con compañeras de clase o se entretenía con una anécdota propia. Acabamos el semestre con una opción de nota promediada, lo que indica que no llegamos al final del mismo. Fue entonces cuando pensé: “Si yo tuviera que dar la clase de creatividad, sería una de las mejores clases que se sirvan”...las cosas no pudieron acabar mejor.

Dos años después de obtener mi título y por recomendación de la Lic. Adela Tapia, yo estaba en las aulas de la Universidad Centroamericana dando la clase de Creatividad. Durante dos años la clase de creatividad fue una de las más nutridas y por ella pasaron algunos de los rostros más conocidos de la televisión y plumas del periodismo nacional. Fue entonces cuando comencé a gritar en silencio que la CREATIVIDAD no es una condición ni una opción, es una capacidad del ser humano que le permite destacar por encima de aquellos que no quieren explotar al máximo sus talentos.

En este sentido, una de las grandes deudas que tiene la educación en Nicaragua es el hecho que ha descuidado el cultivo de la mente y se ha centrado en la facilitación nociva de conocimiento a los estudiantes. El otrora esquema bancario de educación donde un profesor vacía todo el conocimiento en los y las alumnas ha caducado y no permite que los jóvenes sean capaces de explotar al máximo lo que está en sus mentes. Premisas como “la letra a palo entra” hoy ha quedado obsoleta y otra como “el 100 es para el libro” tampoco tiene cabida en un mundo donde cada vez más se demuestra que desde la mente del ser humano parten las ideas que se convertirán en hechos que definan puntos esenciales para ir modificando nuestra realidad.

Para ser docente, debemos ser decentes y empezar por hacer planes que en realidad formen profesionales permitiéndoles que exploren sus talentos y capacidades con creatividad. Es sencillo, solo hay que intentarlo y no tener miedo.

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