• Feb. 2, 2009, 9:50 a.m.
En estos tiempos de crisis y preocupaciones, las distracciones son aprovechadas por los amigos de lo ajeno, quienes no toman en cuenta ni les interesan los problemas de los demás y ven en el robo, no sólo una manera de vida, sino también de diversión. Sí, así como lo leen; diversión. Porque he observado que después de robarte encima se ríen o sacan una sonrisa disimulada que te desconcierta mucho más que el robo mismo.

El otro día abordé la ruta 119 en las cercanías de la UCA y como el bus estaba casi repleto, entonces subí por la parte trasera, me acomodé a como pude y pensé “ estoy en el área de los robos”, en eso un señor regordete me dice: ¿va a bajar?, “no!” le digo, “me acabo de subir”, en ese instante recuerdo que ando la cartera en la parte izquierda de mi bolsillo, y decido poner mi bolso sobre la bolsa del pantalón y apretarlo fuerte, esa medida cautelosa, no permite que los ladrones puedan extraer la cartera, porque uno está alerta a cualquier movimiento.

No entiendo cómo los usuarios del transporte público no toman ciertas medidas: como guardar el celular en las bolsas delanteras del pantalón o bien en el bolso -que no debe perderse de vista por ningún motivo-. Mostrar las prendas de valor es exponerse y sumarse a la lista de personas que han sido asaltadas. Si bien es cierto que no existe una técnica cien por ciento eficaz para determinar y deducir quién es ladrón o ladrona y quién no, basta con ojear rápidamente las personas que están cerca de uno,  y observar con disimulo lo qué hacen.

Hay que estar atentos entonces a ese tipo de personas, confiar en que los atrapen y los lleven a prisión o si no dejarlos experimentar en carne propia, ojalá que el próximo robo que se cometa sea en contra de una hija o hijo de un ladrón, aunque ellos seguramente conocen mejor que nosotros las técnicas de robo y cómo protegerse de los mismos.
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