• Feb. 9, 2009, 1:45 p.m.
He sido optimista la mayor parte de mi vida. He creído fieramente en la capacidad humana de alzarse de la más desventurada desgracia. He creído en la posibilidad de los sueños, en los milagros de que es capaz nuestra especie. Y he apostado mi esperanza a la íntima convicción de que detrás de nuestra vulnerabilidad y nuestras miserias, siempre hay esa impredecible y venturosa ocasión que arrastra al ser humano a salirse de sí mismo y engrandecerse desplegando sus mejores cualidades. En la lucha contra la dictadura somocista viví tantos ejemplos de esa generosidad. Recuerdo muy bien a Elías, por ejemplo, un muchacho joven que era correo de la guerrilla. Viajaba de Nicaragua a Costa Rica, llevando cartas y otras cosas. Un día de tantos, tras varios meses de ausencia, acompañado por otro joven, Elías se apareció en mi casa de San José. Noté sus ojos apagados, su andar titubeante, el brazo del amigo indicándole cómo moverse. Se había quedado ciego, me explicó; una bomba de contacto le había explotado en las manos. “Pero, no se preocupe, compañera, me dijo, es hasta mejor porque la guardia jamás va a sospechar de un ciego” ¡Qué increíble entereza!, pensé con profunda admiración y respeto. Después de la caída de Somoza, Elías fundó la primera escuela de ciegos Carlos Fonseca que, según entiendo, aún funciona.

Conocí otros como Elías. Hubo tantos y tantas durante esos años. Muchos de ellos jamás fueron reconocidos, ni recibieron medallas o el simple agradecimiento de la gente. Pero su ejemplo quedó en el recuerdo de quienes presenciamos su desprendimiento, su entrega. A mí, en lo personal, esas personas me sirvieron de referencia en las depresiones o en los momentos difíciles. Ellos apuntalaron por mucho tiempo mi fe en los demás y mi tenaz optimismo.

Últimamente, sin embargo, se me hace cada vez más difícil encontrar las razones para sentirme optimista y he empezado a pensar con pesimismo en el futuro de Nicaragua, este país que ando colgado del cuello como una campana, el único lugar donde siento que soy plenamente yo misma.

Estamos impotentes
La situación que vivimos la mayoría, relegados a la función de observadores de quienes llamándonos “pueblo presidente” actúan en nombre nuestro, me recuerda el juego infantil de venadito entre tu huerta. Estamos cercados e impotentes. Dos personajes y sus respectivas cortes, echan a suerte nuestras vestiduras, deciden nuestro destino, cambian o aplican leyes a su antojo, juegan con nuestras conciencias y a diario escriben en las paredes de nuestro límpido cielo fórmulas engañosas para convencernos con sus leguleyadas que la realidad que vemos es una ficción y que la ficción que ellos proclaman es la realidad.

Sistemáticamente, torciendo palabras, interpretando antojadizamente nuestra Constitución, comprando almas o amedrentando voluntades, han cortado todas las veredas por donde podríamos esquivar sus trampas. El muro tras el cual se han parapetado para llevar a cabo vagos y altisonantes planes en nombre de la supuesta voluntad de todos, es cada vez más alto e impenetrable. Sus franco-tiradores, bien apostados tras esas murallas, disparan a mansalva contra cualquiera que se alza y esgrime el dedo acusador para denunciarlos. Llueven desde sus almenas los dardos con que malversan nuestros nombres y nos acusan y en esa lluvia de mentiras, insultos y pedradas, va quedando destrozada no sólo la honra de las personas, sino el fiel que separa el bien y el mal, pues buenos son ahora los que agreden a palos, buena es ahora la intolerancia, buena es ahora la pobreza y buena la arrogancia de despreciar a quienes nos ofrecen ayuda para salir de la miseria.

Como pueblo, nos han echado a andar sobre un campo minado, donde un paso fuera del camino por ellos señalado, puede causarnos mutilación o muerte. Su proyecto, como si se tratara de una nueva religión, demanda fe y obediencia pues fuera de su iglesia, no hay más salvación que el silencio pusilánime o cómplice.

La embestida de ambos caudillos ha sido medida con precisión y del otro lado del muro, nadie parece levantar cabeza. Nadie en la oposición a estas alturas puede moverse sin que le amarren las piernas o las manos, sin que lo ataquen desde dentro. La derecha ha sido condenada de antemano, arrastrada por su propia historia y la izquierda enviada al ostracismo, despojada de legitimidad legal, convertida en paria. En la cúpula no se hacen distinciones ideológicas; no importan mientras el juego siga, mientras el aspirante a rey tenga las riendas y pueda asegurarse los votos para escribir la única historia que le importa: la suya.

La isla de nuestra realidad, este pequeño espacio que habitamos, ha dejado de pertenecernos: es de ellos ahora. Ellos se nombraron pueblo y presidente, ellos hacen y deshacen y nada podría tenerles más sin cuidado que nuestro impertinente y falaz desacuerdo. Eso veo frente a mí: un túnel con todas las luces apagadas; un túnel para andar a tientas. Ojala que igual que Elías, haya otros jóvenes que sepan encontrar su misión en la más pesimista y negra oscuridad.    
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