• Feb. 13, 2009, 7:12 a.m.
Debajo de los adoquines está mi amor,
debajo de los adoquines estoy con vos...
Perrozompopo

Llevo seis años viviendo en Granada, una ciudad que he adoptado por razones familiares como una hija pródiga que regresa a casa a reencontrarse con un mundo de ancestros, deudas y herencias. Poco a poco he aprendido a quererla y apreciar su sencillez-cosmopolita,  sus callejuelas con nombres, su energía, su estática, su gente y su infraestructura con centro.

Sin embargo, mi corazón está en Managua. Allá está esa expandida ciudad de adoquines y semáforos en la que dejé gran parte de mi vida. De hecho, mi ombligo, mi madre, mi licencia de conducir, mi cédula y mi voto nulo, siguen permaneciendo a ese espacio en eclosión, que es todas mis referencias, pues yo soy toda arriba, toda abajo, toda sur y todo lago.

Yo soy una testigo de lo que Managua es y lo que fue desde 1979. Vi sus cauces transformarse en bulevares, sus semáforos en ambulantes pulperías o sucursales de piedad y de miedo, o finalmente en rotondas. Yo vi las pintas políticas trasmutarse en grafitis de deportados o en efímeros códigos mareros; vi surgir bustos de próceres prestados, y sus predios baldíos parcelarse en pocilgas que huían de la guerra.

Generación de niños limpiabrisas
También yo vi morir al Parque Luis Alfonso Velásquez Flores, al de Las Piedrecitas, al Memorial Sandino, a la Laguna de Tiscapa y el cuadro de béisbol de mi barrio, vi volverse terminal de la 106. Yo vi surgir a una generación de niños limpiaparabrisas, huelepegas y desalmados, adjuntos todos al sindicato de la desesperanza.

Yo, yo vi todo eso y vi más: tumbas del oriental ser saqueadas por prótesis de oro y orgía, vi desaparecer sus rieles,  sus manholes, sus tranfers, sus basureros y sus reiterados intentos de paradas decentes, ser víctimas del vandalismo y la ignominia. Vi a señuelos –con diaperes– en manos de mujeres sin fe, vi a sus taxis convertirse de Ladas en Hyundai, a imprudentes buseros enlutar familias cada mañana y azules bolsas pláticas suplantar la vegetación capitalina.

Tenía cinco meses de no ir a Managua pero regresé esta semana. La encontré siempre agotada, esparcida y más fea. La vi en bullicio, con sus monstruos más agitados, y en  numerosas rotondas me topé con ancianos  desvelados sosteniendo banderas negras, que apelaban por rojo, en nombre de Dios.

Entonces recordé eso, que Managua siempre ha sido una ciudad fea y surrealista. Una ciudad asistémica insistiendo siempre desde sus complejos; ciudad sin memoria pero huyendo del pasado y buscando cada vez más el sur para escapar de sus traumas, sus terremotos, sus adoquines, sus lamentos, y de ese Lago que aloja nuestras propias paradojas. Pero bueno, en realidad toda Nicaragua se ha cagado en Managua, todos de alguna forma hemos contribuido a que sea una ciudad que nos representa, que nos separa, una ciudad sin consenso, sin planes, sin mañana y sin centro.

Hoy, más fea
Managua siempre ha sido fea, y ahora es aún más fea. Una ciudad poblada de puentes en desuso, de caducados buses de la Blue Bird Corporation, de ordinarios bares y restaurantes sin ingenio que existen por doquier, y ahora visualmente contaminada de publicidad y estorbo --negocio en pompa del Principe Rafael en culto a su bolsillo, y por supuesto, a su padre.

Dicen que Managua fue linda entre 1931 y 1972. Todos hablan de la Avenida Roosevelt como la columna vertebral de una ciudad que existió –cómo una segunda Troya– en las manos de una dinastía que se volvió loca, y que despotricada tras el terremoto, la descentralizó y la esparció entre sus “vinagres” e intereses. Pobre Managua, mi amada ciudad fea, ciudad sin centro, sin personalidad, despeinada y sin cartera: indocumentada en ese bestiario de testosteronas y caprichos… inconclusa.  
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