• Jun. 6, 2007, 4:18 p.m.
Le dije a mi madre que me soltaban a las nueve de la mañana del martes, para poder salir tranquilo a las ocho y que nadie me estuviese esperando. Me abrió la puerta el doctorcito, que estaba emocionado. Me palmeó y me dijo: “Hala, vete ya”. Me estaba esperando un taxi, y yo apretaba un billete de veinte en la mano. En la otra tenía la maleta, con un poco de ropa y mi garrote. Le di al taxista la dirección de mi casa y abrí la ventanilla. ¡Ah, el aire! Saqué un poco la cabeza y cerré los ojos, como si fuese un perro feliz. A la media hora entré a mi casa con mi propia llave. Mi madre no estaba, claro: había ido a buscarme al hospital. Revisé la casa a las apuradas y solamente conseguí doscientos cuarenta euros. Me dije que era suficiente. Bajé al garaje. Allí estaba mi motoreta, igual que la había dejado hace trece años. Me subí y me fui. (Miento: antes me comí una pera.)
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