• Nov. 19, 2007, 4:22 p.m.

Las contradicciones políticas dentro del FSLN, que se han hecho evidentes en las últimas semanas, no son extrañas para quienes hemos vivido en carne propia los estilos de la pareja que gobierna nuestro país.
La evolución del sandinismo en orteguismo se inició en 1990. La tristeza y sentimiento de culpa de las bases sandinistas, la nobleza ingenua de querer sobarle el ego herido a Daniel Ortega después de la derrota electoral, la manera en que los otros dirigentes cerraron filas y evitaron la auto-crítica, supuestamente para guardar la “cohesión” partidaria, permitió que Ortega --convertido en símbolo de la revolución perdida-- iniciara el proceso de erigirse como líder único del Sandinismo. La autoridad que nosotros mismos, los sandinistas, le concedimos inicialmente, le permitió a él maniobrar y presentarse como el puro y el salvaguarda de la unidad sandinista. Así apertrechado, la emprendió contra quienes, dentro del partido, demandaron eventualmente renovar liderazgos y configurar una estrategia política que permitiera al FSLN conservar su contenido revolucionario dentro de un contexto internacional y nacional que había cambiado sustancialmente. El discurso y las tácticas de Ortega de confrontar grupos y personas dentro del mismo sandinismo, la dificultad de muchos cuadros de aceptar que el FSLN estaba siendo desnaturalizado, la esperanza de otros de influir desde dentro, hizo que la salida y/o expulsión de los cuadros históricos del Frente se diera por etapas. El castigo para los que disentían o criticaban públicamente los estilos de Ortega, fue siempre el mismo: acusarlos de todas aquellas cosas que, tanto dentro de las filas sandinistas como dentro de la población simpatizante, se asociaban con el comportamiento de los enemigos de la revolución. Así fue como de ser “militantes históricos”, condecorados, comandantes guerrilleros, héroes de la revolución, muchos de nosotros pasamos a ser llamados traidores, instrumentos de la embajada norteamericana, ideólogos de la derecha o poseedores de un apellido que, de pronto, resultaba en una lacra imborrable que nos condenaba. Ni Zoilamérica Narváez se salvó, cuando denunció a su padrastro, de la acusación de ser parte de una conspiración política inspirada por intereses foráneos,
Así fue que se eliminó una de las características más novedosas y sobresalientes del FSLN, una de las que más influyó en hacer realidad la revolución: la dirección colectiva. Así se eliminó también el nivel de autoridad histórica e intelectual de los niveles intermedios de dirección. Bajo el liderazgo de Ortega, el FSLN derivó en un partido centrado alrededor de un solo líder; un líder para quien la cualidad más importante de su dirigencia intermedia, antes que la eficiencia o capacidad intelectual, es la fidelidad a su persona.
Los bandazos y su peculiar manera de entender la realidad, sin embargo, afectaron hasta a los más íntimos fieles de Ortega. En los últimos años, su círculo de confianza se ha diezmado de tal manera que actualmente puede decirse que se reduce casi enteramente a los miembros de su familia, especialmente su esposa. Ella ha sustituido a los cuadros de dirección que podrían salírsele de control. De esta manera hemos llegado al Murteguismo, este híbrido presidencial que sufrimos los nicaragüenses, pero que también sufren  hasta sus más cercanos colaboradores. La paranoia y la inseguridad se han juntado con el mesianismo y la máxima maquiavélica de que “el fin justifica los medios”, para derivar en un comportamiento errático y una manía persecutoria contra los que se atreven a usar su iniciativa.
El más reciente de estos casos es el del alcalde Nicho Marenco. Amparado por su hoja de servicio, Nicho siente que posee la autoridad de actuar según su criterio y hablar claro sobre lo que piensa. No es el primero, ni el último, como apuntábamos, a quien se le acusa de traidor, y habrá que ver qué tan maltratado termina precisamente por el respeto que su actitud le ha ganado frente a sus electores. El caso de Treminio y Guido es diferente. Ellos fueron seguramente amenazados con expulsión, con quitarles el carné y separarlos de lo que, a estas alturas, es seguramente, no sólo su empleo, sino su rasgo político de identidad. Tristemente famosas son las reuniones donde la pareja Murillo-Ortega, aduciendo principios que sólo esgrimen cuando conviene a su afán de poder y control, enjuicia y condena cualquier proceder que no les parece. En esas reuniones suele ofrecérsele a los pecadores la “reconciliación” a cambio del privilegio de seguir perteneciendo al partido. Y como el partido se les presenta como una especie de iglesia fuera de la cual no hay salvación, el resultado es el que hemos visto: el mea culpa y la claudicación. Es lamentable de Treminio y Guido, pero imperdonable de parte de quienes los irrespetaron obligándolos a renunciar a su dignidad, a sus principios de jóvenes idealistas honrados y fieles a sus convicciones.
De manera que si el orteguismo dispersó el vigor y originalidad del sandinismo, el murteguismo está demostrando ser altamente pernicioso al ejercicio del poder. La desconfianza patológica, el centralismo absolutista, y la utilización de las represalias partidarias está resultando en un gobierno cada día más a la deriva. Se castiga a las personas capaces como la ministra Maritza Cuan o el alcalde Marenco, y se privilegia a quienes les obedecen dócilmente, no importa que no tengan capacidad de gestión o que carezcan de la preparación y la experiencia para llevar a cabo las funciones de los cargos que les asignan.
Las consecuencias de esta arrogancia son evidentes: mantener el control a cualquier precio les impide concentrarse en la situación angustiosa de la mayoría de la población que, en estos meses, ha visto sus salarios deteriorarse y ha sido azotada por una serie de calamidades para las cuales un gobierno mediocre como el que nos han recetado no tiene capacidad de respuesta. Cualquier día de éstos, la frase de su himno de campaña: “Lo que queremos es trabajo y paz”, se convierte en grito de rebelión popular contra la politiquería obcecada en que andan enfrascados.

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