• Feb. 13, 2009, 7:45 a.m.
A propósito del mes del amor y la amistad

En febrero el ambiente se tiñe de publicidad sobre el amor. Por todos lados recibimos mensajes que nos persuaden de comprar algún objeto para demostrarle nuestro afecto a la pareja, hermanas/os, hijas e hijos, amigos y amigas. A quién mira con desdeño esta festividad, se le tacha de insensible, amargado o que seguramente no ha conocido el amor.

Marcela Lagarde, plantea que el amor es una construcción cultural, es decir, en el paquete de costumbres, ritos, cosmovisiones e ideas que nos trasladan las anteriores generaciones, se nos dice cómo es o debe ser el amor, que significa y cómo debe vivirse. A la sensación de mariposas que aletean en el estómago cuando nos encontramos a alguien que nos mueve el piso, se suma toda la carga simbólica de nuestra sociedad.

Circulan muchas concepciones sobre el amor: el capitalismo nos ofrece el "amor empresa", en donde la pareja debe estar en función del éxito –que muchas veces se confunde con obtener dinero- . Las iglesias continúan insistiendo en que el amor de pareja debe ser en función de la reproducción y, los medios de comunicación a través de programas de entretenimiento, novelas o simples comentarios de las y los conductores de noticieros, contribuyen con visiones infantiles, ingenuas o fatalistas sobre la entrega amorosa. Las canciones, con su música pegajosa refuerzan concepciones del amor como dependencia, o muletas para caminar en la vida. Frases como: quítame ese hombre del corazón…; sin ti es inútil vivir…, como un rayito de luna iluminando mi vida, y otros por el estilo, no hacen más que engañarnos sobre la naturaleza del amor.

Mujeres, sujetos de derecho
Hasta hace unos años para los hombres  el amor era circunstancial y para las mujeres la definición de su existencia. Muchas de estas viejas ideas no encajan en la realidad de las personas, por lo menos en lo urbano, estas parejas de hoy no pueden regirse con imágenes que vienen desde la época medieval.  

En la actualidad las mujeres luchan por construirse en sujetas sociales con derechos. Son seres humanos que trabajan por su autonomía, aportan nuevos imaginarios culturales, visiones del mundo, formas diferentes de hacer política. Por lo tanto, instituciones simbólicas como el Amor, precisan ser resignificadas.

Si nos atrevemos, a lo mejor construimos un discurso amoroso basado en los derechos humanos; que implique ejercicio democrático en el hogar; igual de deberes, de derechos y obligaciones, corresponsabilidad en el acompañamiento a las y los hijos/as en su crecimiento; respeto mutuo a la autonomía e intereses personales de cada uno/a, y quizá, lo más fundamental, la vivencia en la cotidianeidad del enriquecimiento mutuo en lo intelectual y espiritual.

Pero, ¿y la amistad, donde queda?
«El mundo en que vivimos está menesteroso de amistad». Hemos avanzado tanto en tantas cosas, vivimos tan deprisa y tan ocupados/as, que, al fin, nos olvidamos de lo más importante. El ruido y la velocidad se están comiendo el diálogo entre los seres humanos y cada vez tenemos más «conocidos/as» y menos amigos/as. Como lo señala Martín Descalzo    

Y, sin embargo, nada ha enriquecido tanto la historia de los seres humanos como sus amistades. Sócrates aseguraba que prefería un amigo a todos los tesoros de Darío. Para Horacio, un amigo era «la mitad de su alma». San Agustín no vacilaba en afirmar que «lo único que nos puede consolar en esta sociedad humana tan llena de trabajos y errores es la fe no fingida y el amor que se profesan unos a otros los verdaderos amigos». Ortega y Gasset escribía que «una amistad delicadamente cincelada, cuidada como se cuida una obra de arte, es la cima del universo». Y el propio Cristo, ¿no usó, como supremo piropo y expresión de su cariño a sus apóstoles, el que eran sus «amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer»?

Pero la amistad, al mismo tiempo que importante y maravillosa, es algo difícil, raro y delicado. Difícil porque no es una moneda que se encuentra por la calle y hay que buscarla tan apasionadamente como un tesoro. Rara porque no abunda: se pueden tener muchos compañeros/as, abundantes camaradas, nunca pueden ser muchos/as los/as amigos/as; y delicada porque precisa de determinados ambientes para nacer, especiales cuidados para ser cultivada, minuciosas atenciones para que crezca y nunca se degrade.
   
Uno de los fenómenos más asombrosos de este mundo en que vivimos es que se habla tanto más de una cosa cuanto menos importante es. Se llenan páginas y páginas de los periódicos para aclarar una jugada futbolística –tremendo drama: ¿fue o no un penalti?– y nadie habla jamás –ni en los diarios, ni en los púlpitos, ni en las cátedras– de cuestiones tan vitales como la de la amistad. Y, naturalmente, todos/as decimos saber mucho de ella, pero raramente nos hemos sentado a reflexionar

Madurez y comunicación amorosa
Si los/as lectores/as no lo consideran cursi recordaré aquí la vieja definición de Aristóteles: «La amistad consiste en querer y procurar el bien del amigo por el amigo mismo». O la recientísima de Laín Entralgo, que me parece más completa: «La amistad es una comunicación amorosa entre dos personas, en la cual, para el bien mutuo de éstas, se realiza y perfecciona la naturaleza humana». Con ello queda dicho que la amistad no es el simple compañerismo o camaradería, aunque pueda surgir del uno o de la otra. Queda también dicho que la amistad no es el enamoramiento, aunque probablemente el mejor amor es el que va unido a la honda amistad.

Pero, sobre todo, queda dicho que en la amistad no se busca la «utilidad» –aunque no pocas pseudoamistades se monten como un negocio–, sino que a ella se va más para dar que para recibir, aunque nada perfeccione tanto a un ser como dar a otro lo mejor de sí mismo. Una verdadera amistad es sólo la que enriquece a los/as dos amigos/as, aquella en la que el/la uno/a y el/la otro/a, dan lo que tienen, lo que hacen y, sobre todo, lo que son. De ahí que ser un/a buen/a amigo/a o encontrar un/a buen/a amigo/a, sean las dos cosas más difíciles del mundo: porque suponen la renuncia a dos egoísmos y la suma de dos    generosidades.

Suponen, además y sobre todo, un doble respeto a la libertad del otro, de la otra, y esto sí que, más que una quiniela de catorce, es un simple milagro. «La amistad verdadera –escribe Laín– consiste en dejar que el amigo, la amiga, sea lo que él-ella es y quiere ser, ayudándole delicadamente a que sea lo que debe ser». ¡Y qué difícil esta frontera que limita al Norte con el respeto y al Sur con el estimulo! ¡Y qué fácil caer en esa especie de vampirismo espiritual en el que uno/a de los/as dos amigos/as devora al otro/a o es devorado/a por su voluntad    más    fuerte!

¡Qué enriquecedora, en cambio, esa amistad que madura con los años y en la que nos sentimos libres y sostenidos/as, aceptados/as tal y como somos, y delicadamente empujados/as hacia lo que deberíamos llegar a ser! Tesoros como éste son como para vender todo lo demás y comprarlos.

*El autor es Psicólogo
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