• Feb. 18, 2009, 2:41 p.m.
Al margen del debate entre fe y razón, me declaro creyente. Sin embargo, mi formación académica me permite no vivir una fe ciega y me da armas suficientes para encontrar la línea exacta que separa la creencia de la manipulación. Sabiamente se dice que la religión es un arma poderosa, pues sus adeptos son capaces de cualquier cosa con tal de alcanzar el fin que consideran justo, según sus principios y creencias. Por tal motivo, a lo largo de la historia la religión ha sido moldeada según los intereses de quienes ostentan el poder y buscan un método eficaz para subyugar al pueblo de una forma sutil, casi imperceptible.

Nací y fui criada bajo los lineamientos de la iglesia Católica, sin embargo, respeto cualquier forma de manifestación de fe. No obstante, soy intolerante hacia las prácticas falsas que rayan en lo absurdo y en lo incoherente, y peor aún, cuando tratan de engañar con argumentos baratos y disfrazados de buenas intenciones.

A propósito, la imagen de los mal llamados "rezadores" en las rotondas de Managua se convirtió en una fotografía que a diario he contemplado en mis recorridos por la ciudad, sin importar el día y la hora. Ellos han estado ahí, como la viva efigie del devaluado artista que Darío nos proyecta en “El rey burgués”, así, al igual que el poeta que daba vuelta al manubrio de la caja de música para complacer al soberano, estos señores y señoras han ondeado descoloridas banderas para satisfacer al amo.  

Decidí sumergirme en esta “polémica callejera”, según el Rev. José Miguel Torres, porque este señor, en un escrito publicado en la página de Opinión de EL NUEVO DIARIO, el 05 de febrero,  manifestó que quienes criticamos esta burda estrategia politiquera, cuyos fines ya fueron confirmados expeditamente por los actores, no hemos discernido correctamente el fenómeno de los rezadores.

En primer lugar, felicito al reverendo porque es uno de los pocos privilegiados que vio rezar a estos señores, pues yo pasé a toda hora por sus improvisados tabernáculos  y lo único que contemplé fueron rostros cansados, agobiados bajo el sol o reducidos por el inclemente frío. He visto gente conversando. He visto hombres y mujeres contemplando el cielo sin esperanza. He visto la necesidad personificada. He visto personas mayores que necesitan subsistir de alguna manera. He visto manos cansadas que agitan banderas sin saber porqué. He visto cualquier cosa, menos orar.  

Por otro lado, me horroriza saber que gente con conocimientos teológicos haya podido ver fervor religioso en el seno de un grupúsculo que más que la fe compartía la necesidad de garantizar sus tres tiempos de comida, y qué comida, y un pequeño ingreso para paliar la crisis económica que carcome nuestros días.     

Oración, ¿tiene el poder de cambiar la violencia?
El reverendo consideraba, espero que luego de los reclamos por su respectivo salario que hicieron los rezadores haya cambiado de opinión, que la oración de estos señores y señoras tenía el poder de cambiar la situación de violencia que reina en el seno de nuestra sociedad y que es promovida por los medios y por “pretendidos rectores de la opinión pública”. Entonces, si esa fuera la solución, todos los países del mundo en lugar de mantener instituciones como la Policía tendrían ejércitos de “rezadores”, cuyo mérito sería obtener la paz mediante plegarias.

Y qué paradójico es el mundo, pues los pretendidos "rezadores" tuvieron que acudir a los “satánicos”, calumniadores y  opositores medios de comunicación, frente a los que en varias ocasiones elevaron sus “plegarias y alabanzas” para rogar que no siguieran envenenando al pueblo, para que el gobierno de paz y reconciliación pagara sus servicios.  

Ay, reverendo, la moraleja es que a veces el diablo engaña con mayor facilidad a quienes están más cerca de Dios, pues mientras muchos que ni siquiera pisan un templo criticaban a los “rezadores” y discernían correctamente el fenómeno “rotondariano”,  usted creía que estos señores, por estar orando, atraían “la venganza de Satanás, que hace que ellos sean visto mal, como adversos al bien público, y por eso corren el riesgo de ser mal interpretados y eliminados, cuando menos vilipendiados” (END, 5/02/09). Sin embargo, espero que ahora tenga dilucidado que mi persona y muchos otros detractores no estábamos actuando bajo influencias del maligno, sino siguiendo la línea de la razón.

No podemos confiar en todo
Y es que es lógico, en pleno Siglo XXI el sincretismo entre  Estado y Religión, al igual que en todos los tiempos, no persigue ningún fin espiritual, sino un simple intercambio de intereses. Así, pues, el gobierno tiene dinero, potestad de aprobar leyes y de dar aportes  que la iglesia (sin importar la denominación) necesita. Sin embargo, necesita persuadir a través de los pastores o guías espirituales, mismos a los que en muchos casos le compra la conciencia y logra hacer que éstos adapten las enseñanzas a sus intereses.

Reverendo, con todo el respeto que se merece, creo que no podemos tener una fe ciega en la humanidad, no podemos creer que todo el que dice que busca la paz no esconde un puñal.  Así, no podemos confiar en todo el gobernante que pregona ir tras el bien de la nación. Y no todas las oraciones son verdaderas, pues ya fuimos testigos de “oradores a sueldo”, humildes personas que por necesidad tuvieron que interpretar el papel de fariseos.

Ojalá que a nuestros gobernantes (Daniel y Rosario) no se les ocurra otra absurda forma de derrochar nuestros impuestos y que la fe no sea manoseada por mentes siniestras que sólo halan agua para su molino, o debería decir, dinero para su banco.

Fe, Estado y Religión son tres cosas distintas, y sólo la primera verdadera, porque la fe la vivimos desde nuestra relación directa con Dios, nuestro padre, mientras el Estado es lo que sus gobernantes quieren que sea y la Religión está en manos de hombres capaces de perder su cauce.   
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