• Feb. 18, 2009, 2:44 p.m.
No cabe duda que el racismo es uno de los peores flagelos de la humanidad, deplorable en todo sentido y sin importar el aspecto por el cual la gente es discriminada, pero en mi humilde opinión hay peores formas de expresión del fenómeno que el hecho de que te nieguen la entrada a una disco o bar de moda. Me explico. Si a mí me negaran a la entrada en un local, por la razón que sea, simplemente me voy a otro sitio a gastar mi dinero. No me interesa entrar al establecimiento donde creen que me hacen un favor por servirme o no me consideran digna de formar parte de su clientela.

Si bien no es correcto el comportamiento que tuvieron hacia los diputados Bridgete Budier y Francisco Campbell, y sus acompañantes, he visto que sus esfuerzos por denunciar el hecho y erradicar tan deleznable práctica racista se ha quedado circunscrito en la discoteca El Chamán y uno que otro antro que suelen ser visitadas sobre todo por jóvenes universitarios, como si el racismo no fuera más grave cuando te discriminan en los bancos, en las instituciones estatales, en la misma sociedad.

Desde las autoridades
Entre jóvenes periodistas y personas de otras profesiones he escuchado comentarios respecto a que más allá de que te nieguen la entrada a un lugar, es mucho más humillante y repudiable el hecho de que por ser piel oscura o tener rasgos étnicos, automáticamente las personas sean sospechosas de transportar drogas, o sean tratados como ciudadanos de menor categoría por las autoridades.

En una ocasión, hace algunos años, fui testigo de la forma en que un hombre de origen caribeño era desnudado y puesto frente a las cámaras, en el salón público del Aeropuerto Internacional. El costeño permaneció varios minutos, esposado y en calzoncillo, según las autoridades policiales, para mostrar la forma en que había adherido varios paquetes con cocaína a su cuerpo, frente a periodistas, agentes del orden y los cientos de curiosos que permanecían en la terminal aérea, despidiendo o recibiendo a familiares o amistades.

Critiqué tal actitud en esa ocasión, porque si bien es cierto el hombre era sospechoso de transportar drogas, no merecía ser mostrado casi desnudo ante los ojos del país entero, lo que iba en detrimento de su dignidad humana, más allá de que hubiera cometido un delito. Por cierto, la escena no se volvió a dar nunca más, por lo menos no frente a las cámaras y periodistas.

Pero también he visto tratos discriminatorios no exactamente por color, sino por condición social, en las autoridades. Hace varios años, una joven prostituta, víctima del vicio, fue asesinada y lanzada envuelta en plástico, en una calle de un reparto de clase media, por su cruel victimario. El comentario que escuché en ese suceso que dejó como consecuencia una larga condena al asesino de la meretriz, fue “ojalá que a ésta la hubieran tirado  al lago, con una piedra amarrada en el pescuezo”.

Policía con frase desprovista de piedad
Me quedé estupefacta, porque quien dijo esa frase, desprovista de piedad, fue un policía encargado de la investigación, cuyo deseo era no trabajar en el caso, por tratarse de una “simple” mujer atrapada en las redes de la prostitución y la droga. La fallecida era una joven de piel blanca, pero marcada por la pobreza y su triste vida.

De modo que, ahora que se dio el campanazo de alerta, es hora de ver a los otros “Chamanes”, y sin minimizar el hecho ocurrido en sus puertas, invito a los diputados a dirigir sus cañones a las autoridades, las instituciones públicas y privadas y los principios de nuestra sociedad que olvida que somos un país de gente heterogénea.

Hay que recordar, además, que en “El Chamán”, si bien es un lugar donde se expenden bebidas alcohólicas y no es del aprecio de muchas personas, hay varias cabezas de familia que se ganan el sustento sirviendo a los clientes, y que quedarán en el vil desempleo en medio de esta crisis económica sólo porque sus propietarios o alguno de los empleados decidieron tener una actitud racista.
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