• Feb. 18, 2009, 2:42 p.m.
Es lo que nos faltaba: un chamanómetro para saber quién es quién en Nicaragua. Algo así como definir de una vez por todas quiénes son ciudadanos cinco estrellas y quienes son  los estrellados de toda la vida.

Hay pues, para ciertos locales donde muchos dan a administrar sus alegrías, ciudadanos de primera, de segunda y así una lista tan larga como las cuadras para entrar a los Raza-Club en boga. La lista la encabeza El Chamán. Ridículo, pero así funciona todavía el Siglo XXI. Bombas en la Franja de Gaza y apartheid importado y hasta de producción local en nuestro bello país.

Bien, miren: aquí pasó una Revolución, y al final como si nada. Dirán, ya éste le metió política al asunto. Pero es que la Vanguardia  primero habló del hombre nuevo. Ese era el Frente. Despues, el hombre nuevo pasó de moda, y vino “la reconciliación”. Es decir, en los 80 y la primera parte de los 90, teníamos hombre nuevo y además, reconciliado. Pero, era un hombre más descarrilado que reconciliado porque desmantelaron el Ferrocarril, cuyos durmientes a veces, cuando hay mucho sol, se ven bonitos carretera al mar; la aviación nacional, y todo lo que oliera a empresa nacional.

Luego, vinieron las “obras no palabras, levántate y anda”. OK: hombre nuevo, reconciliado, descarrilado, puesto en pie y de ajuste, caminando. Sí, en un país paralizado por los intereses personales, todos caminando no se sabe adónde, pero camino es camino, aunque sea el caminito del diputado Osorno o el de Leo Dan, que para el caso da lo mismo.

Como si fuera poco eso del hombre-nuevo-reconciliado-en-pie, se llegó a la Nicaragua de la “Nueva Era”. ¡Caray! Cuántas bendiciones juntas, una tras otras, como los verdes en manos de un coyote. Con tantos lemas estábamos a un paso de alcanzar el Paraíso aquí mismo. Y ¡tutu—rutu-tutuúúú! Al hombre nuevo, reconciliado haciendo la nueva era y en pie, que no es lo mismo que a pie, ahora, y sobre todo ahora, es pura unidad y reconciliación.

...qué diablos somos
Ideay, si los últimos 30 años fueron decorados con hermosos lemas, es para pensar que nuestro mapa completo -incluyo San Andrés- se volvió un geográfico himno de la alegría, todo para que al final nos dieran el chamanazo. Resulta que ahora, a pesar de tanta paz, reconciliación, eras y esperas, de “obras no palabras” y hombres nuevos y mujeres nuevas, y cipotes novísimos y todo era nuevo, hay que ir adonde unos palestinos que no necesitan de examinarle a uno el ADN para decirle, gratis, qué diablos somos.     

Sí, el asunto es serio: el local pasó de cantina disfrazada de disco bar a algo así como Instituto de Investigación Genética. De eso, al parecer, no se han dado cuenta ni las universidades vecinas, si por algo es que uno debe entrar por la avenida universitaria para ir a chequearse el pedigrí o lo que tengamos de la “formidable vieja raza” que cantó Rubén.

Pues ahí están unos palestinos, dueños del Chamán Institute Biology and Genetic. Ya lo sospechaba. Perseguidos, maltratados por todas partes, discriminados por los israelitas tales por cuales, vinieron a desquitarse con nicas que ni siquiera tienen franja de grasa por la palmazón, para agarrar puntería.   

Como se ve, los científicos del Raza Club saben detectar la sangre pura que tanto apasionaba al doctor Muerte de Mauthausen. Con el Chamanómetro, un aparato de última degeneración, muy simple que bien lo puede operar un portero, a usted le darán cuenta de dónde viene: si sus abuelos entraron por barco desde Puerto de Palos, los metieron a palos desde África o se vinieron a pie desde Bering para que lo apalearan de cualquier forma desde 1492 hasta la fecha. ¡Ah, chamana vida ésta!
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