• Feb. 20, 2009, 6:10 p.m.
A Fidel lo conocí cuando tenía siete u ocho años, en el barrio la Islita donde nací en Granada. La islita era una mezcla de comunidad obrera, artesana y comerciante como la retaguardia de la zona industrial de la ciudad. En mi calle sobresalían fábricas de cohetes, bombas y de cajillas para bebidas gaseosas, panaderías, hojalatería y cantinas prominentes como la de Chaco, cuyo dueño era un señor con aires de nobleza y autoridad, con vestimenta blanca, impecable por lo que los bebedores le decían doctor.

A las cuatro de la tarde una sirena de barco ronco ubicada en el centro de una fábrica de jabón anunciaba el fin de la jornada para los obreros,  los que se desprendían con una alharaca de niños sueltos hacia la cantina de Chaco donde los esperaba el doctor. Una o dos horas más tarde desfilaban por la calle buscando sus casas, algunos abrazados en grupos cantando rancheras en lenguajes indescifrables, otros trataban de encontrar la línea recta para disimular sus desequilibrios y los de menos suerte quedaban dormidos abrazados a los postes hasta ser rescatados por algún familiar o amigo que se compadecía de su estado. Entre esos personajes pintorescos, clientes asiduos de la cantina de Chaco, estaba Fidel.

Fidel, cuyo verdadero nombre era Francisco, trabajaba como operador de motosierra de la fábrica de cajas para bebidas gaseosas, tenia cuerpo atlético producto de su actividad física, mediano, tes morena y con una barba negra cerrada que le daba apariencia de solemnidad como la que tienen los piratas en los cuentos de pasquines. A las siete de la noche al salir de la cantina Fidel hacia su debut:
 
-Viva Fidel Castro el hombre de la sierra.-
-Ahí si hay valientes, viva Fidel-

Para mi ese era Fidel Castro. Se quitaba la camisa amarrándosela a la cintura, apretaba los puños levantando sus brazos en una andanada de gritos y vivas al líder de la revolución cubana.

Un sábado cualquiera a las seis de la tarde, Fidel con sus buenos tragos entre pecho y espalda se lanzó un discurso donde él mismo se hacía gran ovación, cuando de las profundidades de las desgracias un jeep de la Guardia Nacional desembocó de una boca calle. Un grupo de niños jugábamos a contar las estrellas cada uno en su turno. El jeep frenó con furia, dos soldados con rifle en ristra caminaron hacía Fidel y sin mediar palabras estamparon sus culatas en la cara del borracho que con facilidad salió de bruces para caer de espalda en la esquina casi encima donde los infantes jugábamos. Recuerdo con nitidez la cara de soberbia de aquel soldado que dio otro golpe sobre el desdichado que no sabía aún que estaba pasando.

Qué Fidel?, qué Sierra?, qué Cuba? “a ver, repetí perro viejo”. Fidel se incorporó un poco y con valor desmedido gritó ¡VIVA FIDEL CASTRO EL HOMBRE DE LA SIERRA!. Una serenata de golpes y patadas silenciaron al rebelde que subieron a la patrulla para dirigirlo no se supo si al hospital o la cárcel. Así conocí a Fidel Castro, relacionándolo con la rebeldía, los guardias y la sangre que brotaba de su rostro desfigurado. Diez años más tarde en la misma esquina los mismos chavalos que jugaban a contar las estrellas, conspiraban contra Somoza, inspirados en los recuerdos de nuestro Fidel.
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