• Feb. 26, 2009, 11:23 a.m.
Como ser humano que soy, y poeta, además, no soy ajena a la tristeza, ni al sentimiento de desesperanza, de allí que, en mi última entrega, la claridad se ocultara a mis ojos y mis palabras sonaran pesimistas. Me ha bastado, sin embargo, participar por una semana en el V Festival Internacional de Poesía de Granada, para que la fe en mi pueblo y su alegría renaciera y para ver, al final del túnel, los fuegos encendidos de tanto corazón nicaragüense ardiendo por la belleza y la libertad.

Es indudable que somos un pueblo aguerrido, pero más importante que esta cualidad –que a veces se sobredimensiona en detrimento de otras- es la extraordinaria vocación que como pueblo tenemos por la belleza. Quienes nos visitan de otros países donde la poesía es la cenicienta de las artes, se asombran del amor que los nicaragüenses sentimos por la poesía; un amor que se manifiesta en esa más pura demostración de este sentimiento: la atención. ¡Y qué atención, señores, es la que brinda el pueblo que asiste a las largas lecturas de poemas en Granada!  Yo les confieso que me conmueve hasta las lágrimas ese respeto, esa suerte de veneración por la palabra de los poetas. Y me conmueve así porque lo que revela es una sensibilidad muy especial por lo bello.

No doblegaremos
De manera que llegué a la conclusión de que ni pereceremos, ni nos doblegaremos, ni toleraremos por mucho tiempo los esperpentos que hoy ocupan los escenarios políticos de nuestro país. No podremos aguantar esa fealdad de forma prolongada. Amamos la belleza y la encontraremos. Y esta vez la encontraremos ya no a través de la guerra, sino a través de una revolución de la conciencia, de nuestro instinto cívico, libertario. Ya se han hecho en el mundo revoluciones de claveles, revoluciones pacíficas y nosotros tendremos la creatividad y la energía para inventar otra manera de hacer las cosas que no nos lleve de vuelta al pasado al que nos quieren llevar quienes rehúsan vivir en el presente y se aferran a los fantasmas de un tiempo donde se sintieron héroes.

Había estado de viaje en Diciembre y al regresar a principios de Febrero me asombró ver desde el avión los árboles de Navidad en las rotondas. Me pregunté qué atrasos habría tenido la Alcaldía para quitar esos símbolos de las fiestas navideñas. Cual no sería mi asombro cuando me percaté de que los habían dejado para celebrar el 30 aniversario de la Revolución Sandinista, colocándoles un 30 en el cucurucho. Llegué a Macondo, pensé, pero me corregí porque, después de todo, Macondo era un pueblo imaginario lleno de una magia benigna e inocente, en cambio este gesto de convertir los árboles de navidad en objetos políticos desafiando la tradición popular, es a mi juicio casi obsceno en su abierta manipulación de los valores y asociaciones. Es el colmo del tinglado obsesivo que quiere colocar al gobernante y a sus acciones como el alter-ego de un Dios que, además de adorar, hay que obedecer ciegamente.  No ha sido suficiente asociar el trabajo de Daniel Ortega con el de Dios en los rótulos que afirman que “cumplirle al pueblo es cumplirle a Dios”; no ha sido suficiente el abuso a las pobres gentes que, amparadas en rezos pagados, cumplen la función de negarle a la población el uso de espacios públicos para la protesta política. 

Hay que atreverse, hay que marchar...
Los rezadores y su triste vigilia en las rotondas me recuerdan las tristes filas de los pobres vendiendo su sangre en Plasmaféresis, aquel negocio infame cuyas instalaciones fueron incendiadas por el pueblo en las protestas que siguieron al asesinato de Pedro Joaquín Chamorro. Si antes esos pobres vendían su sangre; ahora venden su tiempo, su fe, y se han convertido en un símbolo patético, en una vergüenza, no sólo para quienes les exigen esa función, sino para todos los que toleramos que así se abuse de ellos. Tendríamos que pensar que, así como abusan de los rezadores, abusarán del entusiasmo y fanatismo de esos otros que obligan a salir a las calles para amedrentar a los nicaragüenses que quieren manifestarse políticamente.

Esas marchas paralelas que han convocado para contrarrestar las marchas convocadas por la oposición cívica y amedrentar a la gente que, pacíficamente, desea expresar su inconformidad, no son más que maniobras disfrazadas para evitar la presencia multitudinaria de gente en la calle patentizando su inconformidad. Con piedras, con palos, con pandilleros cubiertos con pasa-montañas, con rezadores, quieren ocupar el espacio público y cerrar el paso al mismo pueblo que dicen representar.

Su miedo es la luz al final del túnel. Y si ellos no se atreven a mirar de frente la voluntad del pueblo, atrevámonos nosotros a mostrarles la realidad. Hay que marchar, hay que atreverse, hay que hacer que escuchen nuestros pasos y reflexionen.

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