• Mar. 2, 2009, 8:44 a.m.
La vieja se sentó en la silla del comedor con una especie de timidez perpetua que consternaba: ojos aguados y tristones y sonrisa nerviosa y sin dientes. A su lado puso el canasto de bambú, casi negro de tanto uso, donde traía varias plantas. “Son begonias”, repitió tres veces a la dueña de la comidería, pero su pregón tenía una dejadez que más pareció una resignación.

Eran las siete de la noche, había recorrido todo el sector oriental de Managua y no llevaba mucho en el delantal para la comida de sus hijos. Lo revisó y sacó un billete de 20 córdobas. Pidió un maduro con queso, pues no había comido desde esa mañana, cuando salió de Catarina con su canasto repleto de begonias y unas rosas. Contó que muy a menudo está volviendo a casa con las mismas plantas, que en su patio tiene un vivero pequeño y que los hijos la esperaban todas las noches para cenar algo.  

“Es la crisis”, dijo casi suspirando, y con esas tres sencillas palabras englobó el enorme andamiaje del caos económico mundial que se vive actualmente. Verdaderamente la vieja no necesitaba saber que el afán de lucro de muchas empresas, sobre todo del sector financiero, las llevó a invertir en proyectos dudosos, como las hipotecas subprime en EU, que las concedían a clientes con pocas garantías de pagos. Ella estaba sintiendo los verdaderos estragos al no poder vender sus plantas.

Tampoco necesitaba conocer que esto desencadenó una espiral que más temprano que tarde la alcanzaría, aquí, ahora que se encontraba tratando de ingeniárselas para sobrevivir a esta debacle que ignoraba teóricamente. Desconocía, además, que los bancos que concedieron estas hipotecas trataron de conseguir préstamos de las instituciones solventes, pero éstas no los desembolsaron por temor a quedar sin fondos, lo que generó iliquidez y recelo a la hora de conceder créditos.

Las personas que solicitaban préstamos para consumo se toparon con muchas trabas, y se les negó el dinero; no pudieron hacer compras, lo que a su vez bajó, sobre todo, las ventas de vehículos y casas, por lo que no hubo ganancias para estos sectores. La crisis golpeaba las puertas de la industria del automóvil y la inmobiliaria.

Las tabas del dominó comenzaron a caer una por una. La vieja también formaba parte ahora de los que tenían que pagar los errores. Errores vaticinados por dos premios Nobel de economía, Joseph Stiglitz y Paul Krugman, pero no se tomaron precauciones debidas.

Sentada donde estaba, menos que necesitara comprender que los proveedores de estas industrias comenzaron a reportar bajas en sus ingresos, lo que condujo a que se tomaran medidas para frenar las pérdidas económicas, y se decidió que la mejor era la reducción de su personal: desempleo masivo y la consiguiente pobreza para los despedidos.

La estela sin fin del fenómeno lo acapararía todo. Ese fenómeno que tuvo su origen en la falta de regulación de los sistemas económicos, pues en nombre del libre mercado los gobiernos perdieron el control del sector financiero de la economía, que fue asumido por los propios ejecutivos y operadores de esos mercados que percibían ganancias tan grandes como vulgares: ¡La liberación de los mercados!      

La vieja seguía en el comedor tratando de digerir su pobre comida. Pensando en silencio, un silencio nostálgico y denso. No era tan adulta, pero la vejez la atacó prematuramente siempre por los mismos flancos por donde ataca a los desposeídos: pobreza extrema, maltrato, hambre, etc. Las preocupaciones le quitaron el color azabache a su pelo y lo volvieron plomizo. No estudió, sólo aprendió a sembrar con la luna y a sumar lo poco que ganaba.

Tenía nombre de santa --Isabel-- y una cara resquebrajada por el sol crudo de Managua y el viento rápido, frío y punzante de Los Pueblos. Los dientes se le habían caído hacía tiempo, así que su risa se volvió tímida de tanto esconderla. Su piel aceituna y limpia parecía reseca, y su voz lastimera.  

Terminó de comer, y de pronto se quedó con los ojos sin parpadear, como si quisiera escuchar con ellos los vacíos de su suerte. Dijo buenas noches. Se levantó y se fue, con unos pasos lentos y espaciados, con su canasto de bambú casi negro por el uso y con sus begonias dentro. Ya no hubo más pregón esa noche, ni habría comida para sus hijos.
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