• Mar. 2, 2009, 9:17 a.m.
Para las elecciones de 1989 se hizo popular un texto de Daniel, el profeta bíblico del Antiguo Testamento, donde según algunos se anunciaba la acontecida derrota electoral de Daniel Ortega frente a doña Violeta. Las palabras del texto “Mené, Tequel, Parsín”, que en la misma traducción bíblica significa “Dios ha contado los días de tu reinado y les ha puesto fin, has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso, tu reino ha sido dividido y entregado…”, se interpretó por algunos como profecía consumada dada la extraordinaria coincidencia del nombre del profeta y la cita bíblica (Daniel 5, 25) con el nombre y la casilla de Ortega y la fecha de las elecciones (Daniel, casilla 5, 25 de febrero) y con el desenlace de la derrota.

Yo no gusto mucho de especulaciones e interpretaciones bíblicas que más parecen adivinanzas esotéricas que otra cosa. Sin embargo, desde la perspectiva profética de la denuncia frontal de la mentira, el libro de Daniel es hoy quizá más actual y urgente que nunca, especialmente, como es característico en todos los libros proféticos, en lo referido a la justicia. Un texto profético interesante fue propuesto por la liturgia romana durante la Cuaresma pasada, pocos días después de que la CSJ había otorgado tácitamente la libertad a Alemán con el absurdo  “país por cárcel” hace casi un año.

Hoy, después de otra sentencia bochornosa y sin precedentes de nuestro singular sistema judicial, me vuelve a la memoria el texto profético con toda su actualidad y su urgencia, en especial la conocida historia de Susana, relatada en todo el capítulo 13 del libro de Daniel, propuesto en la cuaresma.

Historia del libro de Daniel
En el pasaje bíblico de Daniel, dos jueces del pueblo, se esconden una tarde en los jardines de la casa de Joaquín, el esposo de Susana, una mujer muy hermosa y atractiva, esperando la hora en que ésta bajara y se bañara en el jardín, para luego, mediante el chantaje y la calumnia, abusando de la autoridad que les había sido dada, obligarla a tener sexo con ellos. Sintiéndose dueños de la última palabra y capaces de condenar o absolver a quien quisieran por antojo, no se detienen en su propósito inmoral y ante la resistencia de Susana emiten su falsa sentencia. Susana, angustiada pero sin miedo a los jueces y aún siendo víctima de ellos, prefiere la calumnia y la muerte –pues la ley permitiría al pueblo matarla a pedradas- antes que ser infiel a sus principios y a sus valores.

Llama la atención como los dos “jueces”, (entre comillas para exaltar que eran los encargados de administrar la justicia suponiendo que tenían capacidad para ello) abrumados por la belleza exterior de Susana se vuelven incapaces de admirar y valorar su extraordinaria actitud interior, lo que le calificaba de inmediato como una mujer justa. Queda aquí revelando un proceder basado solo en verdades aparentes y pasajeras y una incapacidad para hacer valoraciones a fondo. ¿Qué suerte puede correr un prójimo sentenciado por una justicia así, sesgada fácilmente por apetitos morbosos y mezquinos de un ser humano? ¿De qué justicia estamos hablando si está montada sobre las debilidades y las miserias de sus ejecutores? En ese preciso momento, en que los intereses egoístas se imponen sobre el derecho y sobre la dignidad humana, queda al descubierto un sistema cuyo único sostén es la propia miseria humana, es decir, miserable, en todos los sentidos.

Afortunadamente la historia del libro no termina aquí. La conciencia lúcida del joven Daniel, que quizá como todos nosotros ve impávido y con estupor aquella vulgar sentencia, se pone a sintonía de inmediato con su conciencia y con su Dios y sin pensarlo mucho confronta a los dos jueces por separado y los desenmascara delante de todos. Como si fuera poco, movido quizá por la frustración, por su urgencia de justicia o por celo de la verdad, deja caer sobre los dos jueces una suerte de calificaciones como una radiografía perfecta de ese tipo de jueces, legisladores, magistrados, ministros, gobernantes y dirigentes, que muy seguros de su poder y sin escrúpulos ni vergüenza, manipulan la ley y la autoridad para satisfacer sus apetitos por encima de quien sea y de lo que sea.

Similitudes de esta historia con la actualidad
Díganme, si estos títulos que el profeta les recita a estos dos jueces no son de actualidad y de urgencia hoy y aquí también:
1.    Envejecidos en la iniquidad
2.    Ahora han llegado al colmo los delitos de su vida pasada
3.    Dictadores de sentencias injustas
4.    Condenan a los inocentes y absuelven a los culpables, siendo así que el Señor dice: "No matarás al inocente y al justo."
5.    Se han descarriado y se ha pervertido su corazón…
6.    Han tratado así al pueblo de Dios, quienes, por miedo, se han entregado a ustedes.

Los dos jueces recogen entonces el fruto de sus propias acciones cuando Daniel les deja caer estas palabras: “En verdad contra tu propia cabeza mentiste, pues ya el ángel de Dios ha recibido de él la sentencia y viene a partirte por el medio”. El pueblo entonces termina apedreándolos a ellos. Para estos, el fin justifica los medios, sesgan sus decisiones a favor de sus afines, se conforman con satisfacciones inmediatas y eligen tristemente morir viviendo en su miseria, antes que vivir para la posteridad muriendo a sus sesgos y apetitos egoístas.

Sin cuidado en que un día estarán solos con su propia conciencia para ser ellos mismos condenados o absueltos, en vez de inspirar en su vejez liderazgo, autoridad y sabiduría, llegan al ocaso de sus vidas con una cosecha de odio, vergüenza e indignación en el pueblo que dirigen.  Son los mismos que suscitan con el tiempo individuos arrebatados como Rigoberto López Pérez o como este mismo pueblo que en el relato bíblico les dio muerte.

Hay que leer completa la historia bíblica: la dignidad de Susana y la denuncia del profeta Daniel son las que ganaron la liberación de esa gente, despertaron su conciencia y les hicieron reaccionar. Dios no actúa en un pueblo adormecido, porque el silencio, la apatía y la indiferencia son muchas veces más frustrantes y más opresoras que la misma iniquidad de quien juzga y de quien oprime. Profetas y gente digna son necesarios y urgentes: que griten, que despierten y que reaccionen, especialmente si son jóvenes. Solo así nos salvamos de estos, otrora jóvenes idealistas, que ahora terminan su vida envejecidos en la iniquidad.
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