• Mar. 5, 2009, 2:14 p.m.
El 1% de la población mundial concentrada en las opulentas élites económicas del primer mundo dispone del 80% de las riquezas de la tierra. En estas potencias habita también una minoría de la humanidad (15%) con envidiables estándares sociales de vida en un estado paranoico de consumo que devora los recursos del planeta a un ritmo implacable.

Ahí, incontadas toneladas de carne, verduras y granos básicos terminan en la basura rechazadas por comensales sin hambre. Nadie calcula tampoco, el consumo de combustible que se desperdicia en monstruosos vehículos de 8 cilindros, para que una “darling” en Estados Unidos por ejemplo pueda ir al mercado a comprar productos que nunca usará.

En la otra cara de la crisis está el contrastante Tercer Mundo, donde sobreviven milagrosamente en la pobreza unas tres cuartas partes de la población mundial sofocada por el peso de la corrupción política, sin recibir renta ni beneficio de sus propios recursos naturales. Esta cara de la crisis asoma muy poco en los titulares del mundo, y lleva tanto tiempo eliminando personas, que el holocausto de muertos de hambre que produce, sólo son considerados por los expertos cuando sufren un incremento brusco. Éstos países ni siquiera pueden darse el lujo de entrar en crisis porque simplemente nunca han salido de ella.

El empobrecimiento de estas naciones precisamente ha permitido el derroche ajeno, que hoy por fin pareciera detenerse al patinar la locomotora norteamericana en el cieno trillonario de las hipotecas de mentira. El escalofriante frenazo que descalabró la economía global, hizo que hasta los socialistas torombolos del siglo XXI, anunciaran en medio de su paroxismo el fin del capitalismo y su condición de inmunes al asunto. En los gobiernos seudo-revolucionarios de Hugo Chávez y Daniel Ortega por ejemplo, no tienen idea de la magnitud del problema, ahí los pobres sufrirán aún más su calvario sin nadie que los ampare. Claro, los “iluminados” caudillos y sus acólitos, viven en la opulencia sin saber cómo se produce la riqueza.

Los países ricos, cuya abundancia es proporcional a la pobreza mundial, han multiplicado desde 1950 por tres y en algunos rubros hasta por seis el consumo global de madera, carne, acero, textiles, cuero y energía. Despilfarrando los fabulosos recursos naturales de las naciones empobrecidas en Asia, Africa y América Latina donde los pueblos con sus propias riquezas naturales no sólo podrían satisfacer sus demandas básicas, sino además sus niveles óptimos de vida. Chile, Brasil y Costa Rica han logrado reducir la pobreza invirtiendo en educación, combatiendo la corrupción y fortaleciendo sus democracias.

Diez planetas resistirán ese patrón
El desastre financiero está también ligado a la crisis ambiental, se sospecha que ni diez planetas más resistirían este patrón de consumo imposible. El informe GEO-4 de la ONU confirmó oficialmente el drama ecológico mundial anunciado dos décadas atrás por la doctora Gro Brundlant en su famoso reporte Nuestro Futuro Común. El mundo se acaba pero no por el apocalipsis bíblico, sino por el consumo despiadado de las naciones industrializadas donde se generan además la mayoría de los gases tóxicos y desechos radioactivos que alteran el clima, dañan el ambiente y la vida en general, y son adicionalmente responsables de arruinar el único protector solar efectivo y gratuito que tenemos: la capa de ozono.

El año pasado con el petróleo inasequible, gracias a los arpías financieros que compran al rumor y venden a la noticia, los titulares del mundo ya habían puesto de nuevo la mentira a cabalgar sobre el lomo de la verdad: ¡Hambruna! ¡Hambruna! Gritaron, y señalaron con el engañoso dedo de Malthus, a los millones en Asia que después de siglos por fin pudieron comer. O sea, que para que no suenen las alarmas en el Banco Mundial, la hambruna en Biafra, Bangladesh, Somalia, Haití, Nicaragua, y otros lugares emblemáticos, el hambre en el mundo debe matar con la frecuencia acostumbrada:  Solamente 35 millones de personas al año.

La hipocresía del poder aprovecha los errores de la opinión mundial que a menudo confirman la vieja sospecha de que cuando una verdad es aceptada por la mayoría generalmente es un error, porque la mayoría no tiene acceso a la educación ni a la cultura. La condena generalizada contra Israel por los ataques en Gaza es un ejemplo. Los terribles estragos civiles debieron considerarlos en primer lugar los terroristas de Hamas. Israel o cualquier otro país atacado tiene la obligación suprema de defenderse. Como dijo Daniel Finkelstein en el Times de Londres: “La opinión mundial no salvó la vida de Anne Frank aunque hoy el mundo entero llore por ella”.

El cataclismo de la economía mundial tiene una paradoja que retrata el desalmado mundo en que vivimos, los ricos y poderosos causantes de la calamidad tienen pase VIP para salvarse primero, además con el dinero ajeno continúan derrochando lujos y extravagancias. Ahí tiene el presidente Obama una buena razón para no cerrar Guantánamo, expresó con un brillante sentido del humor Jay Leno. Hay que encerrar algunos banqueros y corredores de bolsa de Wall Street en la isla, yo agregaría también a los políticos corruptos de la América hispana.
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