• Mar. 5, 2009, 2:19 p.m.
Joven nicaragüense:

Nuestros padres están demasiado cansados para saber lo que es correcto. Su herencia es un crisol de buenas voluntades pero lleno de desilusiones y contradicciones, que al hacer un inventario de su contenido, nos remiten a visualizar una nación desperdigada, dividida y estructuralmente incierta. Nicaragua no termina de existir, o lo que es aún más desconsolador, Nicaragua quizás ya ni exista.

Un repaso de su historia desde su independencia, nos remiten a un espacio de coexistencia forzada, friccionada, ensillada y coadyuvada desde la tradición de un poder egoísta, personalista, paternalista, machista y sin ninguna voluntad honesta y definitiva por desarrollar un sentimiento colectivo de identidad, unidad, equidad y pertenencia.

Los grandes hitos de nuestra historia: la Guerra Nacional de 1856, la revolución liberal de 1893 y su otrora en 1979, fueron las grandes oportunidades de unificación y desarrollo armonioso de ese sentido de identidad y pertenencia, no obstante, los intereses personales, las pugnas del poder bicéfalo (entre Granada y León) y la permanente esterilidad de consenso, lograron en las masas sembrar inexorablemente la semilla del fanatismo político y la violencia perpetua.

Desde 1909, con la caída del régimen de Zelaya, una intervención extranjera, administrativa y militar, logró socavar en la cúpula política, un mecanismo de dependencia omnipresente que sentó las bases de una dictadura dinástica de 43 años. A la mitad de ese período, surgieron los primeros movimientos armados entre 1958 y 1962; sin embargo, sus objetivos cortoplacistas, su división interna y la desproporcional fuerza militar con relación al régimen somocista, desarticuló rápidamente las ambiciones de estos movimientos (casi 10 en total).

No obstante, no fue sino la perseverancia del último de estos movimientos, que además de proyectar un plan a largo plazo, con una sólida agilidad para reunir a algunos de los elementos de los movimientos fracasados y a figuras herederas de la resistencia del general Sandino, fue que finalmente se abrió la posibilidad de erigir una estrategia armada y un programa político que les permitió derrocar a la estructura del poder imperante.

Episodio de grandes ilusiones
La Revolución Popular Sandinista fue, por un lado, un acontecimiento traumático para una porción de la población nicaragüense, pero por otro, fue un episodio de grandes ilusiones para las mayorías que depositó un alto voto de confianza en la conducción de sus dirigentes y proyectos, inicialmente de discurso incluyente; asimismo, fue un episodio de nuestra historia que capturó la fantasía emancipadora del imaginario colectivo local y de los países y comités internacionales que apoyaron el concepto libertario y revolucionario de una sociedad tercermundista.

Eh aquí los cimientos de nuestra historia inmediata, es aquí donde empieza a gestarse en la década de los 80 la escisión de una moral colectiva que nos compete, el inventario de un debate entre el ayer, el ahora y el mañana; es a partir de aquí donde nuestras vidas parecen haber perdido o haber ganado; donde entra en juego y reclama protagonismo nuestro propio derrotero; el tiempo donde nosotros, los jóvenes, entre el entusiasmos, la apatía y el resabio, confluimos hacia el ser y no ser; hacia una sociedad nicaragüense que no parece avanzar y se remonta al génesis de su indefinición, caos, cinismo y resignación. Eh aquí la herencia de nuestros padres, eh aquí el capítulo asignado de mi historia y la tuya. Eh aquí, joven, todo en nuestras manos.

A nosotros, jóvenes nicaragüenses, no nos compete concluir si nuestros padres planificaron un mejor mañana para sus hijos. Hemos llegado a un punto en el que ya no es necesario tampoco la justificación de lo que podría haber sido en relación a lo que És.

Aguda polarización social
Sabemos que un bloqueo económico y el territorio convertido en plataforma de la Guerra Fría, dificultaron los proyectos revolucionarios; también sabemos que una alineación con el bloque comunista soviético de ante mano a la determinada agresión estadounidense, comprometió la conducción de los destinos del país a una cúpula de poder excluyente y autoritaria que progresivamente no sólo menguó las grandes ilusiones de las masas, sino también volvió a polarizar a la sociedad desde un maniqueísmo que segregó tajantemente al revolucionario del contrarrevolucionario.

Los años de guerra civil de la década del 80 y el colapso del bloque soviético, finalmente marcaron la pauta al progresivo desgaste de la macroeconomía nicaragüense, no obstante, se agudizó la polarización social que dejó un saldo de 30 mil muertos (200% más de lo que dejó el terremoto de 1972 y 100% más de los que dejó la Insurrección Final de 1979).

En 1990, la nación no sólo había retrocedido económica e infraestructuralmente 30 años, sino que a partir de entonces, la sociedad en su conjunto se mostró con mayor evidencia a la deriva y desolada dentro de un programa neoliberal que descuidó el flujo de atención social, descuidó a las víctimas de posguerra, a la asistencia a los pequeños y medianos productores, y por supuesto, cegó y negó oportunidades a las nuevas generaciones de mujeres y hombres, que insisto, heredaron un país desarticulado, incierto e inmerso en una profunda crisis de valores éticos, morales e ideológicos.

En metáforas, desde la física retornamos a la velocidad inicial; en lo económico nos destinamos a la incertidumbre del sustento; desde lo político, el cinismo desfiguró la democracia e instrumentalizó los poderes del Estado; desde lo social se amplió la desorganización y se institucionalizó el clientelismo político; en lo sicológico vagamos por las teorías de la entropía; en lo esotérico, volvimos a ser serpiente mordiéndose la cola; desde la antropología justificamos nuestra naturaleza guerrerista y violenta; en lo religioso, mantenemos tercamente la fe en el providencialismo; en lo ideológico negamos los estandartes y desgastamos los símbolos “matrios”; desde la retórica legitimamos la paradoja y la falacia; y desde la impresión y expresión simbólica y coloquial, “seguimos hecho mierda”.

Es esa la realidad que nos circunscribe; es este el panorama al que día a día nos enfrentamos, en su mayoría, sin la posibilidad de reconocerlo pero sí de intuirlo, todos los jóvenes de este país. Y si respetásemos la herencia cultural de nuestros predecesores, pareciera casi inexorable la resignación a seguir reproduciendo ese modelo de decadencia, nepotismo, demagogia y corrupción que ha devengado en un pomposo híbrido que se erecta entre el autoritarismo, el fanatismo y la anarquía.

A inicios de la década del 70, tras ser liberada por la Guardia Nacional, una joven guerrillera dio en una universidad pública uno de los discurso más valerosos y beligerantes entre la juventud agitada de la época; muchos ahí presentes recuerdan que fueron esas...las últimas palabras pronunciadas por la joven Doris Tijerino la que logró en los años venideros ser el motor que mantuvo viva la fuerza y la imaginación de esa generación. Ella concluyó: “…pero jóvenes nicaragüense, en esta lucha nos hacen falta tres grandes armas: organización, organización y más organización”. Y esas armas se activaron y dieron sus frutos, y se volvieron a sembrar y se multiplicaron sucesivamente hasta formar –entre los muertos-- un inmenso jardín de libertades. Que la fuerza esté con nosotros y la Internet nos bendiga. 

http://emilapersola.blogspot.com/
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