• Nov. 27, 2007, 10:07 a.m.
En Argentina el escritor Gonzalo Otalora ha comenzado a promover, megáfono en mano frente a la presidencia de ese país, un impuesto a los lindos, para que paguen a los feos todas las penurias que pasan por su carencia de belleza.

La noticia fue muy graciosa para mi, pues como comentaba con algunos colegas, acá en Nicaragua un impuesto como ese no daría mucho resultado. Esto basándome en el comentario que me hiciera una amiga que viajó a Holanda, para recibir un curso de especialización y al preguntarle cómo era ese sitio, su respuesta a rajatabla fue: “Es maravilloso, para donde volves a ver, ves gente bonita”.

Cuánta importancia se le da a la belleza es un tema a discutirse comenzando por las hojas de vida que te piden para cualquier empleo, pues entiéndase que cuando se habla en Nicaragua de buena presentación, no quiere decir que estés limpio, vistas de forma sencilla pero elegante, sino que tengas medidas de modelo de pasarela, cabellera cuidada, bien peinada, manos impecables y sonrisa de princesa de Disney.

Cada vez que voy a un banco y me atienden de forma ineficiente, recuerdo que estoy ante muchachas- no todas pero si las hay- que llegaron al lugar por su cara bonita o esbelto cuerpo y no porque fueran las idóneas para el cargo, pues la mejor alumna de banca y finanzas de la UPOLI fue rechazada en cuanto banco metió currículo porque su foto no encajaba con el perfil profesional que estas instituciones buscaban.

No me considero bonita, pero eso no me quita el sueño, porque en mi familia lo contrario a bonito no es feo sino gracioso, porque todos los que no somos bonitos tenemos algo hermoso, los ojos, las pestañas, las orejas, el lunar en la frente, algo que nos distingue - porque raras veces, tenemos todo a la vez - y nos aleja de ese mundo tan espantoso de los FEOS.

La anécdota de cómo nació esa distinción tan particular se dio a partir de  la historia de dos hermanos,  el mayor Ignacio era  alto, poco más de un metro noventa, recio, de espaldas anchas, piernas de futbolista, ojos almendrados, azules, grandes pestañas, con la piel dorada, sonrisa perfecta, el otro, Carlos, era bajo, delgado, por no decir flaco, labios casi imperceptibles, orejas y nariz grande, ojos encapotados que escondían el verde de su mirada, pestañas lisas y largas.

Cuando un niño hermoso nacía todas las mujeres decían a una sola voz, “Que lindo se parece a Nachito”, mientras que si nacía un niño con quien la naturaleza no había sido benevolente el comentario era “es Graciosito, igualito a Carlitos”. Es importante destacar que el primero era mi tío y el segundo era mi papá.

Como en mi familia, en Nicaragua hay de todo, gordos, flacos, altos, bajos, crespos, lisos, ojos grandes, chicos, achinados, almendrados, redondos, de colores o negros, labios gruesos o labios delgados como guilletes, dientes alineados, dientes desordenados, panzones, sin panzas, con mucho trasero y sin rastro de trasero, somos diversos, algunos son extremadamente bonitos pero los otros somos graciositos.

 Es por eso que en lugar de pedir un impuesto, como lo hace Otalora en Argentina, les propongo a los graciositos diputados de la Asamblea Nacional, que hagan una ley que promueva la eliminación de las fotografías en las hojas de vida o currículo vitae, para que no se mida la belleza de la gente sino su capacidad.

¡ARRIBA LOS GRACIOSOS!

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