• Mar. 9, 2009, 7:12 p.m.
Despreciados por las ciencias, los milagros causan escepticismo en los bandos menos duros de la humanidad; rechazo, en aquellas posiciones en pie de guerra, y dudas, en quienes quieren navegar a la vez entre aguas potables y amargas.

El poder de Jesús es puesto aún en entredicho: que jamás caminó sobre las aguas, nunca curó a nadie, y mucho menos, resucitó. Algunos, cuyas vidas no serán verificables por la historia un siglo después de sus muertes, llegan a afirmar que sólo fue una hermosa leyenda.

Contra la terquedad de la mente natural, ávida en creer ciegamente en artificios dañinos como la infalibilidad del mercado, nada podría hacer ni el mismo Lázaro vuelto a la vida. Pero incluso, el más eficiente de los ateos, Voltaire, fracasó cuando se atrevió a componer esta frase escrita con cianuro: “Jesucristo necesitó Doce apóstoles para propagar el cristianismo, voy a demostrar que basta sólo uno para destruirlo"

Los milagros no sólo son en el cuerpo. También hay sanidad interior, emocional. Y, en la lista, se mantienen otros más allá del enfermo que ahora goza de calendarios saludables: por ejemplo, Radio Ondas de Luz. Mantenerse 50 años en el aire no es jugando, sobre todo en un país donde hasta hace poco se apedreaban los techos de las iglesias evangélicas.

Otros hechos que anotar, para documentarlo, son las campañas que realizan predicadores de la Palabra de Dios, cristocéntricos. Un barrio que por supuesto no aparecía en las rutas recomendables de la capital, experimentó una transformación con la construcción de la iglesia del Ministerio Ríos de Agua Viva, del pastor Omar Duarte.

Hay un prolongado milagro social y económico con el CEPAD del doctor Parajón, milagro que no se ve porque el profesor Gilberto Aguirre y su equipo ni son políticos, ni sus hechos resultan cosméticos.

Biografía del infierno
Abundan, por otra parte, los milagros muy personales, como cuando alguien abandona las alegrías químicas, o el que robaba, respeta el bien ajeno, o el hijo que decidió, por la oración intercesora, sacar su biografía del infierno.   

La lista es interminable. Y aquí, debo hacer constar que Nicaragua es un maravilloso y gran milagro que cubría la mitad de Honduras y se extendía sobre una extensa franja sobre el norte de Costa Rica.

Nuestros líderes políticos de los siglos XIX y XX nos redujeron ese regalo de Dios. Sí, hemos sido malos administradores del gran milagro de pertenecer a esta patria, pero no tiene por qué seguir siendo así. Aún hay 130 mil kilómetros de bendiciones para los únicos 6 millones de nicaragüenses que existimos en el mundo.

Suiza, una de las economías más solventes del planeta, cuenta con apenas 41 mil 285 kilómetros cuadrados y si a Israel lo colocáramos en la Región del Caribe Sur, todavía nos sobrarían 5 kilómetros más de Nicaragua.

Resumo, si Jesús gobernara los corazones de cada uno de nosotros, cambiaríamos el siglo de agua que nos tocó en Nicaragua, por el mejor vino de la cosecha de Dios. El salmista lo dice mejor:  “Si Yavhé no edifica la casa, en vano trabajan los edificadores”.

 

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