• Mar. 16, 2009, 10:53 a.m.
De la crisis financiera mundial se habla igual que de los huracanes: unos, los expertos, actúan de meteorólogos intentando predecir la velocidad de los vientos, el origen del fenómeno, la ruta que lleva y otros detalles técnicos; la gente común y corriente escucha las noticias y de toda esa información lo que saca en claro es que se trata de un huracán de una categoría nunca antes vista y que deben prepararse y esperar el vendaval con el credo en la boca.

Esta crisis es, en definitiva, un huracán: sacudirá los cimientos de la economía financiera mundial, pero hará mucho más que eso: nos obligará a reevaluar la forma en que a nivel global hemos funcionado, pues ya no será posible continuar como hasta ahora. Para muestra, algunas cifras: Desde que empezó la recesión, en Estados Unidos, 4.4 millones de personas han perdido su trabajo. De éstas, 2.6 millones han sido despedidas en sólo los últimos cuatro meses. En el mes de Febrero, se produjeron 651,000 despidos. El desempleo pasó del 7.6% en Enero, al 8.1% en Febrero. Los despidos en industrias claves: manufacturas, finanzas y comercio, son tan masivos que, según un artículo del New York Times, “hace pensar que compañías enteras están abandonando esas áreas de manera permanente”.

El descalabro del mundo de las finanzas, el estancamiento de las grandes manufactureras, la contracción del consumo y la debacle del sector de bienes raíces se ha extendido como un fuego sin barreras, desde los Estados Unidos al mundo. Las grandes infusiones de capital no parecen estar logrando el estímulo al que apuntaban ya que, a los hechos objetivos, ha venido a sumarse el factor subjetivo de la desconfianza.
Es paradójico que al derrumbe del socialismo, le suceda ahora el del capitalismo. Con ambos sistemas en crisis, la pregunta clave es ¿qué hacer?

Los grandes países desarrollados parecen estar apuntando a una reconstrucción moderada del capitalismo. Los nacientes experimentos socialistas se ven ante la paradoja de que los recursos capitalistas a los que pensaban echar mano para construir la famosa base-técnico-material para transitar al socialismo, no brinden ya el alivio esperado. Nacionalizar fábricas vacías, bancos en quiebra, no se ve como una alternativa risueña. Y sin este recurso, ¿qué podrá redistribuirse? ¿qué valor tendrán las confiscaciones o nacionalizaciones?
Por otro lado, los reportes sobre el precio que ha pagado el planeta por el crecimiento desmesurado de las últimas décadas es motivo de honda preocupación: nos estamos auto-destruyendo. Nunca el futuro ha sido más incierto, ni el planeta ha estado más enfermo.

Dentro de un marco de análisis marxista, esta situación supera a las previstas por Marx o Lenin. Ellos jamás imaginaron el capitalismo se ahogaría espontáneamente en su propia y desmesurada abundancia, sin necesidad de esa revolución de obreros y campesinos, o esos uno, dos, muchos Vietnam, a los que se refirió el Ché. Pero, a tantos años de distancia, no podían imaginar tampoco la globalización con los alcances que tiene ahora gracias a las nuevas tecnologías. Quienes inicialmente condenaron la globalización como un mal intrínseco al capitalismo, ya pueden reevaluarla porque si  bien ésta ayudó a la reproducción desmesurada del capital y al imperialismo financiero, también fue ella quien creó la ilusión de infinitas permutaciones y transacciones; ese espejismo que llevó a tantos a tomarse riesgos más allá de sus posibilidades reales y que ahora forzará al capitalismo a una reingeniería si es que ha de sobrevivir. 

Ahora bien, el problema de la crisis del capitalismo es muy serio por muy anti-capitalistas que seamos. El capitalismo es el sistema que rige el desarrollo económico a nivel mundial y por ende el impacto de la crisis nos tocará a todos. El socialismo, por otro lado, no ha evolucionado para dar respuestas adecuadas a este tipo de escenario. Más bien, lo que hemos visto en este sentido es un retroceso de los regímenes que se auto-llaman socialistas, hacia una de sus características más cuestionadas: el autoritarismo populista, disfrazado de democracia directa y sin capacidad de reactivar las economías.

Pero, como es sabido, las crisis presentan también oportunidades, y nunca el mundo ha necesitado tanto de nuevas oportunidades como ahora: Estamos súper-poblados, fanatizados, aislados en nuestro solitario individualismo; consumimos en exceso, creamos toneladas de basura, nos idiotizamos con una industria de entretenimiento que tiende a embrutecernos, tenemos una mayoría del planeta sub-alimentada, pobre, enferma e inmersa en guerras fratricidas, tribales o injustas, nos educamos mal cuando del todo, tenemos divisiones de todo tipo, hemos contaminado el aire, el mar, la capa de ozono, tenemos gobiernos sordos, corruptos, mafias, carteles de drogas, miles en cárceles inhumanas, mujeres sometidas, niños abusados, tráfico de seres humanos.

La crisis económica es estonces también un síntoma de otra crisis más profunda: una crisis de nuestra humanidad, de nuestros valores, una crisis de imaginación, de solidaridad, del sentido de comunidad. Estoy convencida que no hay manera de resolver una sin resolver la otra. Necesitamos un sistema que sustituya los paradigmas hechos trizas. Necesitamos convocarnos a pensar, a trabajar juntos, a buscar curas y no parches. Seguiré desarrollando estas ideas en otros artículos, pero quería referirme a Nicaragua.

En el marco de un huracán como éste, nuestra pobreza es, paradójicamente, una ventaja. Siendo pobres, nuestras metas pueden concentrarse en logros sencillos. Mientras el resto del mundo tiene que acostumbrarse a vivir con menos, como tendrá que hacerlo, a nosotros lo que nos toca es dejar de aspirar a convertirnos en otro país consumista y “desarrollado” y optimizar el potencial que tenemos para lograr, en primer lugar, niveles de producción alimentarios que garanticen que, a nivel de comida, podamos ser auto-suficientes. No es nada improbable que, de seguir dependiendo de importaciones, nos veamos en serias dificultades para satisfacer la demanda nacional de alimentos. Es por esto que el gobierno tendría que orientar todas sus baterías al campo, a estimular la producción de una lista de alimentos básicos esenciales con incentivos técnicos y crediticios. Así mismo, tendría que velar por la organización y optimización de redes de transporte, dando facilidades a los pequeños comerciantes para la comercialización de estos productos y negociando con ellos un intercambio de insumos a cambio de precios que sean accesibles a los consumidores más pobres.

Roberto Mangabeira Ungier, el Ministro de Economía del Presidente Lula, en su libro “La Democracia Posible”, plantea que los países pobres tienen que organizar sus economías en vanguardia y retaguardia. La vanguardia es aquel sector modernizado –el turismo, la maquila, la producción industrial exportable, los productos no tradicionales- que ya han incorporado avances tecnológicos y que tienen posibilidades de competir en la economía global, emplear mano de obra calificada etc. La retaguardia, por otra parte, es el sector que aún no puede entrar plenamente al desarrollo por carencias propias del país: tractores, cosechadoras, pero que puede absorber una gran cantidad de mano de obra indispensable para producir los bienes esenciales para la sobrevivencia. Ordenar la economía con estímulos y planes diferenciados por sector, de manera que se produzcan entre ambos flujos solidarios, es una manera de abordar el problema, sobre todo en un momento de crisis. Sería fundamental poder analizar estos sectores y sus capacidades productivas y generar políticas de estímulos fiscales y demás, mientras por otro lado se reforma la tributación de productos suntuarios y se grava consecuentemente a quienes tienen mayores flujos que aportar al erario nacional.

Esta reingeniería nacional, más que un diálogo superfluo y limitado es lo que urge en nuestro país. Desafortunadamente con un presidente obseso en su “elección continua” y que tiene el cinismo de cargarle a la oposición la responsabilidad de las interrupciones de la ayuda externa, sin asumir que éstas fueron provocadas tanto por sus posiciones arrogantes y agresivas como por el torpe y flagrante fraude electoral orquestado por su partido, es incierto y muy duro lo que nos espera. Ojalá haya alguien que piense en su gobierno; alguien que se atreva a golpearle la mesa y obligarlo a que deje la politiquería y se ocupe en ver cómo, sin la cooperación externa, nos va a sacar de esta crisis. Por lo pronto, yo le dejo algunas ideas.
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