• Mar. 16, 2009, 11:38 a.m.
Regresando de una jornada corta de trabajo en domingo, llamé a mis Papás en El Salvador: ¡Ganamos! –me dijo mi madre- ¡Ya me puedo morir tranquilo, porque al menos una vez en mi vida ví el triunfo! -me dijo mi Papá. No hubo duda en mi mente que expresaban el sentir de cientos de miles, si no es que millones, de salvadoreños que vemos al fin la utopía volverse realidad. Las quimeras se rompen, y cuánto más significado esto tiene justamente ahora, en tiempos de desesperanza universal. Acogí la noticia con inmensa alegría y un poquito de opresiva tristeza, por verme en este exilio voluntario en lugar de al lado de los valientes luchadores que ahora materializan el sueño largamente anhelado por los marginados, los excluidos, los que no tenían voz, pero que ahora la ganan

Mientras escribo estas líneas, escucho el discurso de Mauricio Funes y me conmuevo ante su iniciativa de unidad, llamando a la oposición a sumarse al esfuerzo por reivindicar las luchas sociales en beneficio de todos, o al menos la mayoría, de los salvadoreños. También mencionó que la prioridad del nuevo gobierno son los sectores empobrecidos, en analogía al compromiso expresado, en el nombre de la Iglesia de los pobres, por Oscar Arnulfo Romero, tres décadas atrás. Y yo le creo. Le creo que existe una genuina intención de finalmente beneficiar a los sectores olvidados. Creo en su discurso sobre la tolerancia, sobre el respeto a las libertades fundamentales de los ciudadanos. Creo en la capacidad humana de realizar acciones titánicas en tiempos de crisis, como hoy El Salvador lo demostró. Mas éste no es el fin de la lucha, sino más bien el comienzo. La lucha en contra de la corrupción, y la prevención de la misma, apenas empieza. La lucha en contra de la frustración, del desaliento, de la decepción, se prevé tenaz y permanente, porque el camino es largo y cuesta arriba.

Muchos cambios significativos han ocurrido ya en la América del siglo XXI, y de una u otra manera hay contribuido a que los salvadoreños albergaran la legitima idea de un cambio, sin presiones, sin terrorismos ideológicos deplorables. Sin duda que el histórico y anhelando ascenso de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos tuvo un impacto positivo y significativo sobre la candidatura de Mauricio Funes. No sólo porque intrínsicamente representa una transformación revolucionaria en la ideología política del país más influyente y conservador del planeta, sino también porque públicamente Obama expresó su intención de respetar la decisión de los salvadoreños, barriendo de un plumazo las infames artimañas solapadas por algunos gobiernos republicanos en el pasado : «si gana el FMLN se acaban la remesas familiares». ¡habráse visto forma más cruel de someter la voluntad política de los necesitados!

El triunfo del FMLN representa el fin del largo periodo de post-guerra, y la consolidación de la democracia, así como el fin del continuismo de un sistema inviable e injusto para las mayorías. Sin embargo, no quiero dejar pasar la oportunidad de reconocer la madurez con que el partido de Gobierno ARENA reconoció la derrota en una señal clara de voluntad política de constituir una oposición contructiva, que tanto necesita el país.

Desde la cercana lejanía de mi escritorio no me queda más que honrar, admirar, y enorgullecerme por todos los compañeros y compañeras que hoy hicieron posible este sueño. Muchas gracias a mi hermano Ernesto, a mi tía Delfina, a mis primos, tercos, insobornables y corajudos, y a tantos cientos de miles que como ellos fijaron sus esperanzas en la utopía, no en la conveniencia ni en la comodidad, sino en la lucha en contra de la marea, porque era y sigue siendo necesaria y justa. ¡Dios bendiga la nueva patria salvadoreña!
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