• Mar. 25, 2009, 3:05 p.m.
Me he sentido melancólico. Han aflorado recuerdos de mi precaria niñez, ansiando bocadillos deliciosos, observando por las vidrieras de los restaurantes de mi ciudad, mientras niños de “bien”, que tenían a sus padres responsables y con dinero, comían a su antojo cuanta delicia infantil pudiesen, yo me conformaba con mirar los recortes de periódicos que exhibían alimentos fantásticos, con el estómago rugiendo como león en celo. Eso me dolía el alma, pero no entendía el porqué de tanta injusticia, hasta llegué a renegar de la equidad de Dios.

Pero uno de los recuerdos más vívidos, es el relacionado al programa televisivo mexicano “El Chavo del Ocho”. Siempre me encantó el personaje, porque me identificaba con él. Toda la vida estaba hambriento, desprotegido, con la mirada inocente y tratando de que alguien le demostrara amor y apoyo. Siempre que podía, me arrimaba con mi venta de billetes de lotería a los expendios de refrescos, en donde en casi todas las aocasiones tenían a la vista un vetusto televisor de gabinete de madera, con cuatro patas, en el cual, en perfecta imagen blanco y negro, porque la era de los colores, píxeles y el plasma digital distaba mucho de ser una realidad, admiraba a mi héroe infantil favorito: el Chavo del Ocho.

Realmente, nunca pude ver que el Chavo del Ocho se haya comido una torta de jamón, que era su alimento favorito y el cual clamaba en cada uno de sus episodios. Los demás niños si comían, el solamente observaba y no le convidaban, por lo que sucedían episodios que rayaban en el sentimentalismo, sin dejar a un lado la comedia. Ya para los setentas, el hambre infantil era una realidad dolorosa y don Roberto Gómez Bolaños, que es el mexicano genio-creador de esta serie lo denunciaba con un tinte jocoso. Han pasado casi treinta años y la situación es exactamente igual, producto de las desigualdades sociales.

Todavía existen muchos Chavos del Ocho que demandan aunque sea un mendrugo de pan. Que pululan en las calles buscando la vida, además de protección y amor. Yo fui uno de ellos, Por eso los comprendo y se me forma un nudo en la garganta cuando me los encuentro, aunque no puedo hacer nada desde la individualidad. Tiene que ser un esfuerzo universal sacarlos de esta miseria y darles lo que se merecen. ¡Cuánto quisiera que el Chavo del Ocho se haya comido alguna vez una torta de jamón! Pero desafortunadamente nunca sucedió, al menos en mi conciencia y recuerdo infantil.

Espero que en el cielo, estos niños que mueren de desnutrición tengan miles de tortas de jamón y otras delicias, que aquí, en esta tierra, aunque lo sueñen, nunca las podrán alcanzar. Comida hay mucha, pero para los que tienen las posibilidades de comprarla. Estamos llegando a las señales de los últimos tiempos. El Chavo del Ocho, para mí, se ha convertido en el adalid de estos desvalidos y por siempre le estaré agradecido. Son simples recuerdos vagos, no les hagan caso.

Abrazos revolucionarios.
Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus