• Abr. 2, 2009, 9 a.m.
Muchas veces me pregunto: ¿Tendrán que acabarse los bosques naturales para que sea propicio el desarrollo forestal en Nicaragua? Siempre he sostenido, en mi condición de periodista de medio ambiente, que los bosques naturales actuales como suplidores de madera, ya no son económicamente rentables para el país. Claro está que, si las tendencias de explotación actuales continúan, seguirá siendo rentable para los madereros que, lejos de ser silvicultores, son excepcionalmente competentes para “jugar” en cualquier normativa legal y continuar expoliando el patrimonio natural de los nicaragüenses.
 
Lo anterior no es óbice para no reconocer que existen algunos esfuerzos de comunidades indígenas, productores forestales y empresarios que se dedican a la extracción y comercialización de madera certificada, con el apoyo de organismos internacionales y cuenta propia. Tal es el caso de las mas de 3,600 hectáreas de bosques certificados por el  Consejo Mundial de Manejo Forestal Sostenible por sus siglas FSC a indígenas de la Regiones autónomas, talleres de carpinterías y empresas como PRADA S.A. ubicada en el triangulo Minero.

Esta última ha sido capaz de entrarle a la certificación de sus bosques con más de 4 mil hectáreas que están supeditadas a mejorar la calidad de vida de los indígenas, dar toda una serie de cuidados y manejo al ecosistema natural a la hora e extraer madera, apego total a las leyes nacionales y toda una serie de orientaciones ecológicas conocidas como “Cadena de custodia” que son aplicadas insistentemente por personal calificado.     
 
Pero volviendo al caso, lamentablemente y por alguna razón histórica, no se “cultivaron” en nuestra cultura productiva, los silvicultores. Si prosperaron los agricultores, los que labran la tierra y siembran las semillas en los campos para producir nuestros alimentos. Los madereros que están a la “brava” en este comercio, en sustitución de los silvicultores, no hacen viveros, no labran la tierra ni siembran plántulas en la tierra para producir madera y, mucho menos, realizan o invierten en una gestión silvícola próxima a la naturaleza.  Por el contrario, el escenario empobrecido de los dueños de bosques, es el atractivo idóneo de los madereros para el coto de caza de los mejores especímenes de árboles autóctonos, que mas tarde son convertidos en madera de exportación y, de menor calidad, para los carpinteros nacionales, quienes acuden al mercado negro a comprar madera que irónicamente se encuentra bajo el régimen de “veda”.
 
Simulaciones de futuro
Lo dicho es demostrable cuando se realizan evaluaciones o estudios sobre variables de calidad y cobertura en la vegetación, cuyas fases preliminares consisten en la superposición de imágenes de satélite en perspectiva de pasado y presente y, en algunos casos, simulaciones de futuro sobre la tendencia de aquéllas... Sin excepción, los resultados no difieren mucho, cada vez menos bosques y menos calidad de los que quedan. Así lo confirma un ejercicio propio mediante el traslape de imágenes satelitales obtenidos por mi persona de forma exclusiva; del primer informe - no revelado aún, por el gobierno- del Sistema de Análisis de Vacíos, conocidos como “Análisis Gap” mismo que revela que durante 1992 y 2006 se aprecia que la tasa de deforestación, sin incluir la rasa del Félix, esta aproximadamente en el 1.2% y con tasa promedio aproximada de 75,000  hectáreas por año. Esto incluye en áreas protegidas.
 
Este mismo informe revela que los espacios naturales que medianamente se conservan, son los protegidos por ley, vinculados al turismo o actividad agrícola de tipo perenne asociado. No pretendo juzgar a nadie sobre este fenómeno, pero esta claro que algo falla y, cada día que pasa, se confirma ineludiblemente un desacierto en la planificación y gestión de nuestros espacios naturales.

73 "áreas protegidas"
Esto también me recuerda,  que el que quiera vender madera, deberá en un futuro inmediato, producir o certificarse, pues hoy en día grandes extensiones de bosques que estaban en el sistema de 73 “áreas protegidas” están devastadas por la extracción forestal. No obstante resulta interesante que dichas extensiones, al igual que la mayor parte del territorio, presentan condiciones ecológicas excepcionales para el desarrollo de plantaciones forestales con fines maderables.

Igual que grandes extensiones de bosques primarios que pueden trabajarse bajo el amparo de la certificación forestal, práctica que ha demostrado dar beneficios no solamente a la biodiversidad, sino también a las comunidades indígenas y empresarios que se han aventurado a esta. Al mismo tiempo ofrecen una oportunidad a los Nicaragüenses con deseos de trabajar, desarrollar con responsabilidad ambiental el sector forestal, obtener beneficios económicos en el mediano y largo plazo y generar contribuciones fiscales a un país que cada día se empobrece más pese a sus ventajas ecológicas intrínsecas. 
 
Del mismo modo que la industria del azúcar – tanto dentro como fuera del país – desarrollan programas de plantaciones energéticas como combustibles para la cogeneración de electricidad en sus procesos productivos, también los interesados en producir madera deberían apropiarse de ese principio de sostenibilidad. Por ejemplo, muy a menudo se escucha decir a funcionarios del sector forestal sobre la incapacidad de sacar el volumen de madera tumbado por el Huracán Félix, pero no hay nadie capaz de presentar a los organismos internacionales y al gobierno, un plan agresivo de inversión para aprovechar la madera y, en compensación, la reposición forestal mediante plantaciones comerciales o certificadas o bien, el intercambio de experiencias con los que están en la certificación, tal es el caso de PRADA S.A. Esto podría ser un inicio positivo. Muchos ingenieros forestales que no tienen empleo estable o están en el desempleo, podrían tomar esto como un atractivo para sus expectativas de futuro.  

Finalmente, en relación a la protección de los espacios naturales, creo hoy más que nunca la urgencia de un plan fuerte de inversión que apoye a los productores (pequeños y medianos), que contribuyan a la creación de barreras agrícolas productivas y poder salvaguardar lo poco que queda de nuestros bosques, son nuestro único potencial genético autóctono. La base de nuestro desarrollo y supervivencia dependerá del grado de conservación que éstos tengan. No pueden, ni deben, estar a la suerte de la especulación sobre su calidad y abundancia para continuar acabándolos. Por cierto, que la reforestación dispersa no se convierta en un icono propagandístico de reposición forestal, sería mas positivo reorientarla como efecto barrera en la protección de los dos grandes cuerpos de agua, para disminuir la sedimentación progresiva, más adelante me gustaría abundar sobre esto.
 
El autor es periodista de la Red de Comunicación Ambiental

Foto: Tomada/nicaragua_jmendoza.blogspot.com

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