• Abr. 3, 2009, 11:25 a.m.
Hace calor en Managua y la Semana Santa va cayendo en su sitio colocada en la conversación por el ir y venir de los planes que se hacen y deshacen según se va acercando el domingo, día en que comienza la estampida hacia las playas, hacia el mar donde “la vida es más sabrosa”, como dice la canción.

Mientras se alistan hieleras y se ponen a cocer las frutas del curbasá, en la Asamblea Nacional se aprueba con el voto errante de una diputada del PLC, un presupuesto dispar cuyos criterios de elaboración parecen tan arbitrarios como el actuar de sus creadores, Sólo para bebidas no alcohólicas, hay una partida estatal de más de 600,000 córdobas: ¿es el Perrier de las reuniones, quizás? Y se anotan, además, grandes cantidades de partidas para las iglesias de diversas denominaciones. Los dineros de Venezuela no aparecen registrados como posibles entradas. El corte de las ayudas deja un hueco sustantivo, pero nada se dice de la posibilidad de llenarlo con el dinero venezolano, ese mismo que no se reporta.  Mientras tanto, sin permiso de la Asamblea, el Presidente Ortega va a Cuba, donde esta vez lo más probable es que lo reciba Fidel para que no se siga diciendo que no lo recibe…

Están mal las cosas en nuestro país, pero eso no impedirá que los espíritus burlones salgan en Semana Santa a hacer sus agostos en cualquier lugar donde haya perspectivas de refrescarse del sol y el calor. No sé qué pensar de esa vocación de felicidad que tenemos los nicas; no sé si es una suerte de actitud magnífica que pone la vida y la alegría del presente sobre todas las cosas, o la ceguera voluntaria de un país que se tapa los ojos esperando que, al abrirlos, desaparezca el “mono” con que desde niños nos asustaban, esos monstruos que ya en este país, de un tiempo para acá, dan más risa que miedo.

Y en plena víspera de Semana Santa, no puede ser más incongruente y surrealista ver los árboles de Navidad sembrados en las rotondas, con sus lucecitas de colores; esas rotondas ahora ya casi desiertas donde permanecen apenas uno o dos vigías prestos a llamar a los activistas si alguien se atreviera usar ese espacio público para orar contra ese otro odio que, según la última encuesta de Cid-Gallup, los nicas sienten cada vez más miedo a mencionar por temor a represalias.

En fin, así las cosas, uno tiene que agradecer el brillo solar de los corteses ardiendo en amarillo florecido sobre el paisaje y el mugido del mar esperando a sus visitantes, siempre paciente y sin moverse. Hay todavía tanta hermosura generosa en este país que más vale celebrar el resplandor así sea por una semana.
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