• Mayo 1, 2009, 11:21 a.m.
¿Has sentido alegría en el sacrificio que has tenido que hacer por brindarle un hogar, alimento, educación y porvenir a tus hijos?, ¿Has sentido alegría al verlos jugar libremente, sin preocupación, con los juguetes que ellos desean? Seguramente, si lo has hecho. Y durante esos momentos has ignorado las arduas horas laborales, el estrés de soportar a un jefe opresor, la inclemencia del tiempo o incluso arriesgar tu vida, porque el valor del amor por tus hijos es más grande que los padecimientos de tu mente y tu cuerpo. Esa alegría que produce la satisfacción de haber entregado lo mejor de ti por ellos es el mejor alimento para tu espíritu y en ese sacrificio te regocijas.

Ahora, ¿Cuántas veces has sentido alegría por darle un hogar, alimento, educación y porvenir a un desconocido?. ¿Una vez?, ¿Diez veces?, ¿Ninguna?. Seguramente lo has hecho por lo menos una vez. Y acaso, ¿no es satisfactorio el regocijo del espíritu al hacerlo? Trata de recordar ese momento cuando diste un poco de dinero a una organización benéfica que construyó casas para algunos damnificados, diste un plato de comida a un desamparado, donaste un poco de ropa a un marginado, proporcionaste tu tiempo y hasta tu propia vida para causas e ideales nobles. ¿Qué felicidad recordarlo, no?

¿Crees que podrías hacer que tu espíritu se regocijara de esa manera una o dos veces al mes?, ¿O a la semana?, ¿Qué tal al día? Imagina entonces como en cada uno de nosotros existe la capacidad de expandir esa alegría en nuestras vidas y con ello transferirla al rostro de aquellos quienes agradecidos por nuestros sacrificios nos han sonreído o dado un abrazo en gratitud. ¿Acaso no es valioso vivirlo?, ¿No te satisfizo saber que habías hecho un acto sublime de humanidad?

Claro que si lo es vivirlo y satisface mucho. En cada uno de nosotros existe la bondad de ayudar, de amar, de sacrificarse y regocijarse en la alegría de una persona extraña. Sin embargo, ¿Hacemos suficiente? Posiblemente no. Trata de comparar los efímeros momentos de nuestra alegría espiritual con la alegría perpetua de Dios, quien se regocija durante cada segundo por todos aquellos millones de sus hijos que somos afortunados de recibir los beneficios de su sacrificio.

El mundo no es feliz porque muchos hacen muy poco para ser felices. Prefieren ignorar el sacrificio por nuestros prójimos para regocijarse en su propio egoísmo. Estos seres humanos producen la miseria de los pobres, no Dios, quien les brinda la potestad del libre albedrío en cada una de sus conquistas y decisiones.

Servir con honor

Dios desea que sus hijos se regocijen de los frutos de su amor y sacrificio, más el egoísmo de algunos crea guerra, corrupción, opresión, explotación, crimen y muerte. Así, por ejemplo, el pueblo israelita vive una guerra perenne, el pueblo de Cuba, así como cada uno de los países prosélitos del régimen de Castro es oprimido, los estados centroamericanos son corruptos, el pueblo latinoamericano es explotado, criminalizado, asesinado por la violencia y el pueblo inmigrante en Estados Unidos es encadenado y deportado.

Es tiempo de meditar en nuestra felicidad, en nuestro sacrificio. Es tiempo para el ladrón del tesoro público de un estado de comprometerse a no hacerlo más y permitir que ese dinero sea invertido en educación, en creación de empleo, en salud, en progreso. Es tiempo para el político corrupto que permite el tráfico de drogas, armas y la prostitución de la juventud latinoamericana de darle la espalda a sus socios y dedicarse a cambiar la infamia de su historia. Es tiempo para el empresario explotador de reducir el margen exorbitante e injusto de ganancias para mejorar las condiciones laborales de sus fieles empleados.

Pero sobretodo, es tiempo para los líderes latinoamericanos que han sido electos democráticamente, empezar a servir con honor sus presidencias, amar y sacrificarse por el pueblo que les ha elegido y dejar sus egoísmos ideológicos a un lado, para experimentar la alegría que significa ver a los hijos de Dios que son su responsabilidad política, con hogares, alimento, educación y porvenir.

Esa es la alegría del sacrificio de Dios que veneramos y es responsabilidad de todos de practicarla más para mejorar nuestros espíritus y con ello el mundo en que vivimos.  

Desde Washington DC
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