• Abr. 7, 2009, 4:59 p.m.
Cuba necesita de América como los americanos de la Isla. Y por americanos, hablo de los pobladores del continente, no de un sólo país. En el siglo XXI, las metrópolis no pueden seguir dictando las órdenes de cómo deben comportarse las sociedades de la periferia. Cada nación cuenta con el sistema que sus ciudadanos han establecido, aunque se sabe de países donde los abusos del poder personal privan sobre el derecho común.

En el caso de Cuba, lo que ha derivado de las políticas de la revolución en 50 años son evidentes conquistas sociales. Además, logros científicos, al punto que los estudiantes descollan en matemáticas y física, sobre la media latinoamericana.

Cuba ha buscado la oportunidad de ser nación con agenda propia, y eso ha sido su pecado capital. La masificación de la democracia cubana podría ser adoptada incluso por regímenes formalmente democráticos, pero verticalmente subordinados por inercia a un vetusto mundo unipolar, cuyo mando, en sus niveles inferiores se degrada así: Presidente, su clero divino y mundano, su clase 5 estrellas y la base, el pueblo, que lo soporta todo.  

No veo democracia por ningún lado, cuando el G-20 destina 8 mil 400 billones de dólares para rescatar a los bancos de los opulentos, y sólo el 1.42% de esa alucinante cantidad, es decir, 120 mil millones, para los países pobres. Las democracias no se construyen con migajas.

Satanizar a Cuba ya no es creíble. Atribuirle a su gobierno fracasos económicos es un cuento de hadas desafortunado, teniendo en cuenta la política hostil traducida en un terrible y prolongado embargo a su economía. De hecho, estas formas de presión, donde se violentan los derechos humanos de los cubanos, no ha dado mejores resultados a sus patrocinadores. Los halcones de Washington se ha empantanado durante más de cuatro décadas en su enfrentamiento a La Habana.

Estados Unidos debe reconocer -como lo han hecho países como Brasil, Venezuela, Nicaragua, México siempre, Guatemala, Argentina y ahora El Salvador-, que Cuba es un Estado con el cual se debe contar en la Cumbre de Las Américas. El desfile de mandatarios latinoamericanos y caribeños en La Habana es una muestra de que el embargo es anacrónico. Que no caben más las Guerra Frías o Calientes.

No es posible seguir escuchando a altos funcionarios de Washington hablar con el tono decadente de los grandes imperios fenecidos: egipcíaco o romano. Jeffrey Davidow, asesor de la Casa Blanca para la Cumbre de Las Américas ha dicho:  “(EU) continúa evaluando cómo puede ayudar a construir una sociedad democrática en la isla”.

Aceptar estas palabras es como decir que ha hablado Dios. Por supuesto, no es Dios quien habla, sino un grupo de hombres que hacen el papel de “dios” en Washington y Wall Street. Ninguna nación puede imponer su relato, su bipartidaria manera de ver la historia, o colgar sus dogmas en el cuello de las otras naciones.

Si para algunos es desagradable que el actual Presidente de Cuba sea el General de Ejército Raúl Castro, para otros tampoco resulta digno de ovación escuchar a los Estados Unidos contrariar la democracia de la cual tanto habla, a través de su asesor Davidow:

“EU todavía espera ver cambios en Cuba, que permitan a ese país reintegrarse en la comunidad interamericana”.  Yo preferiría oír: “EU todavía espera ver cambios en Colombia, ayudarlos con toda la tecnología militar de punta y satelital, y desmantelar y destruir para siempre los plantíos e inmensos laboratorios de los narcotraficantes”. Buscar a sus capos como a  Bin Laden.

Si Bush fue capaz de demoler la historia de Irak y Afganistán, pulverizando sus gobiernos locales, ¿por qué han dejado correr tanto a los señores de la droga y tolerar los cárteles que ahora crecen como nunca hasta el vecindario de México? ¿Quién resultaba más poderoso: Saddam Hussein o cualquier capo mexicano o colombiano?  

De algo estoy seguro: Cuba nunca perjudicó a la juventud latinoamericana, mucho menos a la norteamericana. Al contrario, les enseñó a enarbolar ideales, no a usar jeringuillas o inhalar polvo blanco. Su socialismo no produce adicción, aunque sus récords en materia científica, deportiva y educativa provocan admiración.

Estados Unidos, por una simple minoría en La Florida, no quiere enfocar al principal enemigo de su sistema y juventud que, lógicamente, no es Cuba. La Unión Americana, en términos prácticos, ya limita al sur con el Cártel de Juárez y eso es más peligroso que sentarse a dialogar de una vez por todas con el Presidente Castro. ¡Ya es de momias creer que el último grito de la moda es invocar un anticomunismo primitivo!  

Sólo una cosa digo: Si Fidel ha “enviciado” alguna vez a la gente, es por su manía de ser solidarios con el Tercer Mundo. Véalo de otra manera: ¿qué prefiere usted, la casa del Partido Comunista en su barrio o un narco expendio?

Nota: Si alguno no está de acuerdo con este artículo, no se reprima: échele un loa a ¡Sinaloa!

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