• Abr. 15, 2009, 6:38 p.m.
La noticia de la partida de la Comandante Mónica Baltodano de la bancada del MRS, me ha dado verdadero pesar. No soy quien para juzgarla o pronunciarme sobre su decisión. La respeto, admiro y quiero y sé que su motivación personal surge de ser quien es, una mujer con una historia y un pensamiento definidos.

Las razones que esgrime, sin embargo, me han hecho reflexionar sobre un fenómeno difícil de sortear que está en la raíz de muchas de las divisiones que, a lo largo del tiempo, se han producido en todos los movimientos de izquierda del continente. Se trata del largo debate sobre la pureza ideológica, sobre quién es izquierda verdadera o falsa, quién es revolucionario y quién no. A raíz de discusiones de esta naturaleza el FSLN se dividió allá por 1975. Y esa división tuvo repercusiones durante la revolución sandinista que se extienden hasta nuestros días.

La base de una ideología de izquierda es el marxismo. La filosofía del materialismo dialéctico se aplica a la historia para interpretarla como una sucesión de contradicciones de clase, originadas por los modos de acumulación de capital. El leninismo, al llevar a la práctica estos postulados desarrolló la teoría de la vanguardia, del partido único guía de la sociedad, del centralismo democrático, la estatización y la lucha férrea de las clases entre sí. (Aclaro que estoy simplificando para desarrollar un argumento dentro del marco de este artículo en el que no puedo, por más que quiera, abordar todos estos conceptos extensamente) Desde la Revolución Rusa, la teoría marxista-leninista ha sido probada por la realidad. En mi opinión, se ha demostrado que jamás los predicados teóricos se aplicaron, aún en las revoluciones triunfantes, de manera rígida.

La doctrina se adaptó a la realidad. Hubo revoluciones sin desarrollo industrial, como la nuestra; revoluciones a partir de focos guerrilleros, como la cubana; a partir de movilizaciones campesinas, como en China. En fin. También se dio, a partir de las desavenencias de la IV Internacional, la división que llevó a la creación de la tendencia social-demócrata, cuya larga trayectoria en Europa es conocida. A lo largo de todos estos procesos, pero más aún a partir de la crisis del socialismo real con la desaparición de la Unión Soviética y el Bloque Socialista de la Europa del Este, la discusión sobre la correcta manera de interpretar y aplicar la teoría marxista en el marco de las complejas realidades y cambios que se han dado en el mundo, ha ocupado el centro de atención de la intelectualidad de izquierda. Hasta ahora, de esa discusión no ha salido humo blanco. Nadie ha podido producir la perfecta hoja de ruta que diga cuál es la izquierda “pura” de una manera propositiva, o sea a partir de lo que debe ser la izquierda luego de un análisis de las propias contradicciones derivadas de su historia, las incongruencias humanas que la llevaron a derivar hacia el autoritarismo y la privación de libertad, la fluidez actual de las clases sociales etc. La discusión más bien se ha centrado en señalar lo que NO debe ser esa izquierda ideal a la que se aspira.  Al reducirse así el nivel del debate lo que produce y reproduce son actitudes subjetivas que van desde la intolerancia dogmática, hasta las posiciones más eclécticas donde se afirma ser de izquierda mientras se actúa como mafia oligárquica, como es el caso de la tendencia Danielista, que hoy rige los destinos de nuestro país.

A nivel práctico, yo no he visto, ni el MRS, ni en el MPRS, una discusión seria y conjunta, con amplia participación de las bases, de las supuestas diferencias entre la posición de unos y otros. He visto desacuerdos sobre si votar nulo o apoyar a Eduardo Montealegre; diferencias de opinión sobre diversas acciones coyunturales, asambleas donde llega la gente a opinar sobre lo que las cúpulas de esos partidos ya han discutido y a menudo decidido. En más de un sentido, todavía se actúa al estilo tradicional sandinista en ambas organizaciones, es decir, de manera más centralista que democrática. Y siempre el elefante dentro del cuarto, la sombra que no se menciona pero que acecha, es la carencia de una propuesta nueva que rompa con la nostalgia del pasado y se atreva a pensar más que en la fidelidad a la ideología, en el interés prioritario de crecer dentro de las bases populares y poder conformar, unidos, una alternativa política consistente que logre ganarse a la gente no a partir de si se es más o menos izquierda o más o menos sandinista, si no a partir de si se tiene o no la visión programática y organizativa que genere consenso y apoyo popular.

Últimamente, me inclino a pensar que esta discusión interminable entre sandinistas buenos y sandinistas malos, o izquierdistas puros, o social demócratas, es un desgaste que no nos conduce a ninguna parte, una trampa de la nostalgia por revivir una época que para muchos fue la mejor de nuestras vidas, pero que ya no se repetirá, hagamos lo que hagamos. Mi esperanza es que la juventud, menos contaminada por el pasado que nosotros, genere una alternativa nueva que no se base en este tipo de competencia por la “pureza”, sino en el estudio serio de la historia y los fenómenos sociales de nuestro tiempo.

Necesitamos esa alternativa fresca, limpia, con una visión amplia, incluyente, tolerante, que discuta sobre el presente y abra el camino hacia el futuro.

No sé, la verdad, si Mundo Jarquín realmente apoyó o no a Arena. No encontré en un sondeo rápido por los medios ningún rastro de un apoyo como al que se refiere Mónica. Si él lo hizo, lo lamento tanto como ella, pero lamento aún más la atomización de esa pequeña disidencia en la Asamblea que ahora, con su partida, dejará de tener la calidad emblemática, por muy imperfecta que fuera, que le daba también su participación.

Abril 15, 2009

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