• Dic. 3, 2007, 12:33 p.m.
Tres generaciones en un anuncio, reunidas todas en una mesa familiar, almorzando. La madre expresa que ha comprado una película nueva y la hija indaga sobre la procedencia del producto. La madre le responde que la compró “en la calle”.

A la madre se le percibe un sentimiento de culpa, y empieza a dar explicaciones innecesarias e inseguras sobre dónde compró el filme.

En eso, entra el hijo menor, saluda a la abuela, y ésta le pregunta que “cómo le fue en el examen”. El niño aclara que “el examen será al siguiente día”, pero ya solucionó el problema porque compró el documento.

La madre se asusta, se molesta y lo interpela: “Pero cómo, lo robaste?”. El infante, reitera sin ruborizarse que “sólo lo compró”. Entonces, interviene la hija, que había de alguna forma entendido la explicación inicial de la madre: “Sí, madre, lo compró...así como tu comprantes la película”. Y la madre se queda muda y estupefacta.

Luego asoma en frase la moraleja del mensaje: “¡Qué le estás enseñando a tus hijos!”...“La piratería es un delito penado por la ley”, concluye el comercial antes de cerrarse a negro.

Quien haya ido al cine en los últimos meses o semanas, sabe sobre lo que estoy narrando. En mi opinión, este es uno de los spots más perversos que yo haya consumido recientemente. Cuando lo vi en algún cine de Managua, previo a una película --que por cierto era mala-- reparé en la enorme campaña publicitaria que existe para alertar sobre la piratería de productos multimedia y derechos intelectuales.

Esa publicidad es tan espectacularmente perfecta para ejemplificar la manipulación, que al recibir ese mensaje moralizante, más allá de transmitirse es capaz de hacerte tomar un cambio de actitud y hasta valorar tu comportamiento sobre tus prácticas de consumir piratería.

Sin embargo, he de confesar que al final de mi reflexión, me pegue una carcajada sabrosa. “Cuándo van a poder controlar o aplicar esas leyes en Nicaragua?”, pensaba mientras me seguía riendo a solas con mi cajita de nachos (que de por si, casi me atoro y hasta hizo llamar a un “staff” para averiguar si estaba bien).

Desconozco cuánto ganarán los músicos, productores de películas o escritores --aunque intuyo que éstos son los que menos ganan-- pero definitivamente esas leyes primer mundistas en América Latina nunca van a ser respetadas, o al menos, mientras estemos como estemos, no deberían aplicarse pues atentan contra el desarrollo cultural del individuo.

También desconozco los márgenes de utilidad de esos productos, sin embargo me cuesta entender por qué se sataniza tanto la piratería cuando todos en Latinoamérica tienen en su sala, al lado del minicompente, un CD pirata de Shakira, Marco Antonio Solís, Daddy Yanky o The Best of the 70´s, y todos esos artistas siguen siendo premiados con Lenguas MTV u otros eventos donde reciben discos de platinos.

De las películas no hay mucho que decir, sabemos que es la industria con mayor capital del arte coyuntural; incluso gracias al cine, en los países del norte de alguna u otra manera subsisten las demás artes. (Qué terrible, que nos hemos vuelto una aldea global hedonistamente visual).

Pero hay algo más importante y delicado en lo que quiero aterrizar. Me refiero a los derechos intelectuales de textos universitarios, novelas u otros escritos.

En Nicaragua la comunidad universitaria beneficiada por el 6% constituye de 80 mil estudiantes, y todos fotocopian los textos de sus asignaturas, y entre ellos me incluyo, pues a lo largo de cinco años he multiplicado decenas de textos que en las librerías o catálogos por Internet oscilan entre los 30 dólares, pero gracias a esas mágicas clonadoras he resuelto que el precio se me modere hasta a los 70 pesos (ya encolochado).

Ese comercial en el cine, no sólo me hizo reflexionar sobre este tema, sino que me llevó a inferir que de ser así el panorama jurídico de los derechos intelectuales, todo indica que mi carrera universitaria, de alguna manera, me la he pirateado.

Entonces, ¡Pobre Barthes, Kristeva, Saussure, Belli y Ramírez, que nunca les he dado ni un solo córdoba por sus obras! Pero, un momento, esa estafa para ellos, arroja a la vez un hecho poco conocido, y es que esa piratería estudiantil ha permitido dejar una montaña de monografías y estudios sobre esos autores en los centros de investigaciones de las universidades publicas del país.

Black Eyes Peas, Alejandro Sanz, RBD y Maná, tocaron en Managua en las últimas semanas y sus espectáculos fueron sumamente concurridos, a pesar que el precios para presenciarlos era similar o superior al que uno tiene que pagar para comprar el disco de estos artistas.

Estoy convencido que la mayor parte de ese público ha llegado a conocer a esos músicos primeramente a través de la radio y la TV, y posteriormente han piratean el disco, y lo oyen una tras otra, hasta volverse fan de las bandas.

Luego los promotores de eventos, cuando saben que cierto artistas ya tiene ruido en la zona, traen a la banda y todos terminan felices. Entonces caemos a lo mismo, ¿por qué tanto censura hacia la piratería, si al final del cuento el público se entretiene, y los interesados en su tajada terminan alcanzándola?

La venta ambulante de películas piratas en el país, se ha disparado en los últimos años y al uno comprar una película (que de por si el 90 por ciento de ellas son basuras refritas de Hollywood) se ahorra hasta el 200% de lo que costaría entrar a una sala para ver la misma basura.

La ganga es conveniente, aunque uno esté en riesgo de comprar un producto que no garantiza su calidad, como el consumo de todo producto ilícito, sin embargo, el derecho al acceso de consumir entretenimiento, sobre todo para las masas de América Latina resulta favorable, y en lo personal, no me provoca ningún remordimiento de conciencia.

La piratería para los países pobres es un maná más que un delito y no debería de ser penado por la ley. ¿Y por qué la excepción con ustedes?, cuestionará el jurista o el empresario. Pues la respuesta es sencilla: no hay billetes y si ahí está la tecnología para hacerlo, por qué no hacerlo.

Recientemente el legendario Prince lanzó su último disco gratuitamente por Internet, Chris Martin de Cold Play ha exhortado a su audiencia a piratear sus discos; Linux con su software libre suma cada vez más adeptos contra su archi-némesis, Microsoft; y Wikipedia, la enciclopedia sin fines de lucro más grande y actualizada de la red, ya preocupa a los empresarios de Google.

Algunas países de Sur América, han concientizado sobre esta amalgama y han resulto aplicar políticas mas racionales para que sus poblaciones consuman gratuitamente información y entretenimiento.

Los gobiernos de Chile, Brasil y Argentina por ejemplo han transferido sus sistemas informativos a software libre, y en Venezuela, el gobierno se ha comprado los derechos intelectuales de las obras literarias latinoamericanas para colgarlas gratuitamente en la red.

En Nicaragua la situación ha empezado a normarse, y me parece bien, sobre todo para los músicos nicaragüense, con quienes creo debemos solidarizarnos, aunque en lo que respecta al resto, las autoridades deberían de diseñar medidas más coherentes, pues de lo contrario, seguiré viendo en la piratería un maná y no un delito.
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