• Abr. 22, 2009, 5:28 p.m.
Alguien tenía que decir en público las quejas sangrantes de Latinoamérica por la intervención  grosera del gobierno estadounidense, especialmente  de los últimos gobiernos republicanos, de Reagan y  los Bushes. Y le tocó a Daniel Ortega. No tengo nada en contra de ese despliegue de ira, de  rencor y de crítica. Y bien hizo Barack Obama en escuchar y en no protestar. Más de algún presidente de corte aristocrático de USA se  hubiera levantado, encendido como una prima donna  disgustada, y hubiera abandonado la sesión, como si no hubiera una sagrada obligación de los gobernantes estadounidenses para escuchar y tragarse los reclamos del sub continente y del  Caribe.

Pero Obama no es un aristócrata ni tiene pedigree --riales, quiero decir, para ser claro--, como los Kennedy, los Johnson, los  Bushes, los Clinton y hasta los Nixon (después que un amigo billonario les dio sus dineritos para poder figurar). Él, en su historia personal, como Chávez, y Evo, y Lula, y Ortega (de quien no me atrevería a decir que sigue en la llanura) ha sabido que si falla "el pegue", no hay ahorros ni reservas que te sostengan. Que los amigos del pobre no son potentados financieros dispuestos a no dejarte ahogar, porque financieramente les intereses y cuentes. Y, por eso, sabe que debes responder en público por tus desmanes (o los del  obierno que representas, da igual). Por eso es que los pueblos del  subdesarrollo admiran a Obama, porque saben que con esos oídos de Presidente, en los Estados Unidos hay nuevos oídos de gobierno. Y lo primero que siempre hemos reclamado a los Estados Unidos ha sido siempre que nos oigan.

Posiblemente en los estamentos chauvinistas de los Estados Unidos, tanto entre republicanos como entre demócratas, en los racistas del Klu Klux  Klan o de los neonazis, en potentados de Wall Street incapaces de sentir vergüenza por haber dejado el mundo en bancarrota, en los corredores del Congreso y en las oficinas de los cabilderos ultra conservadores, en altos círculos académicos e intelectuales casados con el neoliberalismo --en los Departamentos de Derecho o de economía de Harvard o Yale, entre los exalumnos de la Kirkpatrick en Georgetown--, Obama será criticado por haber sido "blandengue" y no haber ripostado. Algunos dirán que, previendo eso, hicieron lo posible por evitar que fuera elegido Presidente, y que ahora a sus compatriotas les toca pagar "la humillación" de no ser tratados como amos por los pobretones del patrio trasero.

Nicaragua, víctima del imperialismo
Pero un sector, cada vez más creciente, del pueblo de los Estados Unidos, dignamente, soportarán con estoicismo esa humillación --la de oír la verdad en contra de su gobierno-- y nos darán la razón. Con ellos estarán Stiglitz, Krugman, Chomsky, Sachs, Michael Moore, y los incondicionales aliados de Nicaragua, El Salvador o Bolivia, como Brian Wilson, los Berrigan, la familia de Benjamín Linder, los miembros de los antiguos movimientos de solidaridad con la Revolución Sandinista, los jóvenes y viejos estadounidenses que vinieron y siguen viniendo intermitentemente a vivir la experiencia de Nicaragua y descubrir antes lo que era la Revolución y ahora, lo que todavía queda de la Revolución.

En cuanto a Daniel Ortega ya cumplió su misión. Tal vez ningún otro presidente latinoamericano o caribeño de entre los presentes tenía más credenciales para asumir la voz de la queja y la protesta contra el Imperio en esa cumbre de Trinidad-Tobago que el Presidente de Nicaragua. Nicaragua, después de Cuba, se lleva la palma de ser víctima privilegiada del imperialismo estadounidense de los siglos XIX y XX. Por invasiones mercenarias como la de Walker, bendecida por los gobiernos estadounidenses del momento, por continuas invasiones de los marines, por intervención y sujeción del sistema bancario al sistema bancario privado de los Estados Unidos, por imposición de presidentes, por creación de dictadores como la familia Somoza y de ejércitos genocidas como la GN, por el asesinato del máximo héroe latinoamericano contra el imperialismo.

Pero esa elección la hizo el destino, no necesariamente los méritos personales de Daniel Ortega. Muchos en Nicaragua se niegan a reconocer esa selección del destino y rehúsan aceptar ningún puesto de honor para Daniel Ortega, y no ven el significado profundo que las quejas de Nicaragua en el Foro de Trinidad, en la época de Barack Obama y de los gobiernos de izquierda en Latinoamérica, tienen en la historia del continente. Es el comienzo de la reivindicación moral contra el genocidio que desde hace más de  un siglo el gobierno de los Estados Unidos ha perpetrado contra Nicaragua y contra  Latinoamérica, siempre que ha podido o siempre que sus intereses geopolíticos se lo dictaban (como los asesinatos de Allende, de Roldós, de Torrijos).

Ahora, Daniel Ortega debería callar, porque ya no tiene más que decir. Llevado por su temperamento descontrolado, y carente de ningún consejero calificado mejor que la Rosario Murillo, ahora dice que no va a firmar la Declaración de la  Cumbre de Trinidad-Tobago. Ya ese gesto no es el gesto del destino ni va a conllevar la admiración de nadie. Es la satisfacción, tal vez, a un rencor personal, o a un afán insensato de protagonismo que no va a crear ningún efecto positivo, sino al revés, que lo va a perjudicar. ¿No hay nadie que le pueda decir a Daniel Ortega dónde está la sensatez y que pueda ser escuchado por él?

ivancorint@yahoo.com
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