• Abr. 28, 2009, 5:16 p.m.
“La universidad es un lugar donde se enseña a leer y a escribir”, afirmaba con certera agudeza un famoso escritor. ¡Y cuánta razón tenía! Lo decía no sólo pensando en aquellos jóvenes que sienten inclinación por las letras y deciden estudiarlas en un afán por dominarlas y convertirse de esa manera en escritores o docentes de lengua o literatura, profesión, por demás, abandonada y poco demandada en la actualidad.

Lo decía de manera general, pensando en todos esos estudiantes desprovistos incluso del lenguaje propio de su especialidad. Por esto mismo el docente debe, desde el currículo --es decir, desde cada clase que imparte-- fomentar los hábitos de lectura y escritura para que los alumnos rompan el dique enorme que significa la incomprensión del lenguaje académico, el primer gran obstáculo a que se enfrentan una vez salidos de la secundaria, desprovistos, como se sabe, de un bagaje de conocimientos con los que hacerle frente al nuevo nivel de enseñanza, el terciario, donde se les alistará para la nueva empresa que significa ser profesionales de la carrera escogida.

¿Quién, dentro de su experiencia docente, no ha visto esa escena melodramática? Alumnos llenos de pavor, tras toparse con el reto de leer textos más extensos y “complicados” que los presentados en el nivel anterior, y con el miedo entumeciéndoles las piernas, la cara pálida y la lengua pastosa, sueltan el desgarrador gemido de la ignorancia: “No entendí”. Como si ese mismo grito, casi mudo, los salvará una vez hayan egresado de la universidad y se enfrenten a la puesta en práctica de los conocimientos aprehendidos. Pero este acto no sólo ocurre en las clases de español o de redacción, sino en todas las materias que constituyen ese continuum de aprendizajes significativos, pues cada una de ellas, antes de prácticas, fueron teóricas.  

La incomprensión del lenguaje académico sigue representando el talón de Aquiles en la carrera de esos jóvenes que, entusiasmados por entrar a la universidad, se ven de repente con el corazón roto y el alma partida al descubrir que luego de  14 años de estudios, sus presaberes son limitados y escasos.  Para ellos, el coloquialismo es el nivel de lenguaje que más dominan, y por ende, al enfrentarse a textos científicos desmayan en su lectura.

Y éste sólo es el primer paso, puesto que  si de leer se trata, decodificar los signos es todo para ellos. Se quedan en un nivel superficial de lectura, lejos de aquél que da significados a los textos. En la secundaria sólo se les ha enseñado datos claros, a los que sólo les bastó dominar mediante la memorización, nada de controversia ni de exposición de sus opiniones. En la universidad se les pide, además de decodificar, encontrar sentido y reflexionar sobre el texto, se les pide ser lectores activos, no sólo receptivos o  pasivos. Tras este primer traspiés viene el segundo empellón.       

Poca competencia lingüística
Redacte una valoración de la lectura, se les pide. Lo que se solicita está claro. Pero, otra vez se presenta el desconocimiento del lenguaje, ya no académico, sino básico. Es como si les pidiera agua y ellos entendieran que debían ofrecer un refresco. Confunden valoración con resumen, y este último con síntesis. Al final, entregan un amasijo de letras sin formas y encriptadas que ni ellos mismos pueden  decodificarlas.

Antes bien, debieron pasar por la terrible tarea de usar su pobre competencia lingüística, que los vuelve redundantes y algo infantiles. La sintaxis y la morfología españolas que ponen en práctica son como los médanos, y la lectura de sus escritos da tumbos inexorables hacia un vacío de significados.    

La respuesta a la problemática no es sólo cambiar el sistema inferior, sino que desde el currículo enseñar a leer y a escribir a nuestros futuros colegas. Que se conviertan en ejes transversales de todas las materias que se imparten y que brindan una formación integral al estudiante, y no sólo de la de español. Debemos evitarles esa agonía brindándoles conocimientos que ayuden a aprehender ese lenguaje que será su arma de vida, de defensa y, por supuesto, de ataque en ese nuevo nivel: el trabajo experto.

Por esto mismo, metodólogos y sicopedagogos, conscientes de este desnivel y de las carencias de los universitarios,  propugnan la puesta en marcha de estos ejes desde las asignaturas menos vinculadas que se imparten en las diversas carreras, hasta en las más ligadas con la profesión a que se consagrarán. Todo un andamiaje técnico-científico y teórico que dará frutos casi inmediatos.   

*Docente universitario
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