• Mayo 7, 2009, medio día
Cada sociedad es el reflejo de sus inventos más dominantes. Hubo una época en que todos, al menos los europeos y las capas letradas de sus ex - colonias, se consideraban átomos; hubo otra, en que se miraban como gigantescas piezas de un reloj perfecto; una más en que, como en alegre conga, se encontraban desfilando hacia el desarrollo evolutivo y, todavía hace poco, nos creíamos envueltos en una espiral donde todos estábamos repartidos en un melodrama como villanos (tesis), héroes (antítesis) y progreso revolucionario (síntesis). Ahora pareciera vernos como redes, como hologramas.

Pero no creo que sea suficiente hacerlo desde las descripciones extensas y superficiales de Manuel Castell (2001), o de los comunicólogos en serie que nos aburren con sus lugares comunes, citando a los viejos clásicos de la disciplina o las dos o tres citas célebres, localizadas en Wikipedia, de Marshall Mc Luhan, sino desde dos autores, donde uno nada tiene que ver con la otra, pero donde ambos nos presentan dimensiones más profundas.

¿Cuáles serían, por ejemplo, las consecuencias de sabernos, como las computadoras conectadas a una red, sobre la muerte de una de ellas, si todo el contenido está en las demás? Pueden desaparecer todas las computadoras conectadas del mundo, pero basta que sólo una de ellas sobreviva para reproducirse con todo el archivo de las demás. Una está en todas ellas y todas las demás, en una.

Como se sabe, las redes son efecto y causa a la vez de la globalización. Y todo el sistema socioeconómico y epistémico es como una red nerviosa, otra de las comparaciones al uso, que puede ser examinada, al menos de dos maneras básicas, sin perjuicio de otras que se le sumen. Las sociedades son ahora presentadas como “conectadas” y “desconectadas”. Y no hay que verlas como si la virtud estuviera del lado de unas y los vicios del lado de otras, sino más bien, como nuevos nombres de gladiadores con las ventajas del atraso de estas, y el alto precio del adelanto de aquellas.

Para efectos de presentación pedagógica, y a riesgo de presentarme como destructor de las complejidades del pensamiento de ambos, los dividiremos con las iniciales de sus apellidos: Modelo B. y Modelo K.

Modelo B de Judith Butler: unidad dual vs. diferencias múltiples
Judith Butler, dice en su libro “Cuerpos que importan” que el heterosexualcentrismo, como sistema, impone a los cuerpos un seriado performativo, defendido incluso por las feministas más radicales, que nos obliga a repartirnos en solamente dos: sexos-géneros. El sistema disciplina (Foucault) y luego controla (Deleuze), a estos cuerpos. Aquellos cuerpos que caen fuera de este binarismo sistémico, son considerados abyectos, es decir, aquellos cuerpos que desafían al heterocentrismo, a través de su diferencia tales como las parodias (los travestis) o estallidos de variedad (los múltiples géneros que pueden crearse), lo desestabilizan, amenazan con romperlo y llaman a darle importancia a los cuerpos del seriado dentro del discurso del sistema.

Los cuerpos son autónomos y tienen sus motivaciones propias. Han nacido, parece decirnos la Butler, repitiendo a Sade, para gozar. Los cuerpos no son derivaciones ni creaciones del lenguaje, pero tampoco están fuera de él. "… el lenguaje y la materialidad nunca son completamente idénticos ni completamente diferentes" (Butler, 2002: 111). Butler cuando se refiere a la diferencia, exige reconocerla en su estatuto legal, pero sin esencia, móvil y posicional, como el “esencialismo estratégico” del que habla Spivak, a quien cita con reverencia, destruyendo la diferencia jerarquizada y la sustancialista. La diferencia destruye la homogeneidad dual del sistema. Los cuerpos “fuera” del sistema binario son los que llaman a la ruptura. Es como creer que una minoría significativa de computadoras tiene archivos propios y que su destrucción supone un empobrecimiento universal por estar fuera del sistema. En Matrix, los cuerpos conectados están rígidos y sufren estertores cuando están muriendo en el mundo virtual. Lo cierto es lo contrario. El temblor lo sufre el archivo universal cuando los cuerpos se llevan a la tumba (o por medio del silencio no las entregan) sus experiencias.

Google por ejemplo, ya ofrece espacio, a través de su servicio “docs” para almacenar discos duros virtuales. Es decir, ya están creadas las condiciones para almacenar toda la información de las computadoras conectadas del mundo. Los cuerpos están libres de almacenar memorias que depositan en el archivo electrónico universal y se entregan al presente por medio de la invención de placeres.

Una computadora al igual que un ser humano, puede ser destruida, anulada, descartada, pero “sabe” que son cuerpos de silicón reciclables. Su materialidad no es el contenido que le da sentido. Salen rápidamente del circuito tecnológico como las frutas maduras, los árboles viejos, las presas, sabiendo que serán sustituidas por otras y, “sabiendo”, que éstas las justifican y mejorarán el archivo universal. El “afuera” de Google es la realidad, su objetivo de caza. La exterioridad de Google, lo que no tiene archivado todavía, es el equivalente, en el pensamiento de la Butler, a los cuerpos abyectos, que es también extensible a las etnias y grupos minoritarios que se saben subversivos. El sistema puede ser desestabilizado por medio de los simulacros y la diferencia máxima, tal parece ser el mensaje central desprendible de la idea de la Butler.

Modelo K Jiddu Krishnamurti:  diferencias múltiples vs. unidad sin opuestos
Uno es el producto de la sociedad que ha creado, nos dice pasmosamente Krishnamurti, sabio de origen indio. Uno no es realmente un individuo. Uno es el resto de la humanidad. Cuando uno ríe, llora, sufre o goza, lo hace como todos los demás y, cuando uno muere, los demás siguen repitiendo lo mismo. “…nuestra conciencia no es de ustedes o mía, es de todos los seres humanos” (Krishnamurti, 1999: 73). Tal premisa nos invita a creer, siguiendo el ejemplo señalado de las redes, que cada computadora en efecto no es individual y que todo está en cada una de ellas en que, a su vez, está el todo. En verdad una computadora no muere, por que es la condición reciclable de las siguientes que integran el sistema.

Es decir, no hay cuerpos separados. La diferencia es que el sistema guarda archivos y no es eso lo importante. La esclavitu postcolonial de hoy consiste no sólo en endeudarnos, como dicen algunos autores, sino en entregar información y agradecer, encima, que se nos la reciba. Pero es el doble de gratitud la que creemos deber, cuando al accerder a ella suponemos no entregar nada, cuando ya lo hacemos, por el sólo hecho de ingresar al sistema.

La conciencia de las redes es su memoria, tal como están diseñadas, pero en verdad lo que importa es la relación hologramática entre todas y cada una y no su contenido. La conciencia de las redes no es el archivo, sino la relación que guardan las partes y el todo. El contenido no está en ninguna en particular y está en todas en general. No está por encima ni por fuera, ni por dentro, ni antes, sino entre ellas.

Lo que compartimos son los hechos presentes, sin opuestos, como el pasado o el futuro. Las cosas son como son, no como debieran ser, ni fueron. Lo inarchivable, la realidad, el presente, es lo compartible.

Krishnamurti, al revés de la Butler, cree que la premisa de partir del pensamiento es equivocada, porque el pensamiento crea la diferencia (inventándose opuestos, como deber ser, que no existen) y es el responsable de dividirnos por medio del tiempo y la memoria. No hay cuerpos separados, lo que nos hace creer eso, es el pensamiento. “…el cuerpo nunca dice `Yo soy´, el cuerpo nunca dice ´yo soy algo especial´… El cuerpo jamás es consciente de que está separado de alguna otra persona. Es el pensamiento el que dice que yo soy diferente. Es importante ver cómo el pensamiento divide.” (íbid: 194).
Visto, pues, ambos modelos, hay que señalar que los dos se inscriben en campos y niveles distintos. El primero, en las diferencias subversivas y el otro, en la unidad sin opuestos. Bien podría, el de la Butler, ser comprendido dentro del krishnamurtiano, a condición de que se comprenda que las diferencias son un juego ilusorio del pensamiento, la fuente real de los problemas y no su solución. O, al revés, si concedemos que todo paradigma puede explicar desde sí mismo a otro: creer que la idea de una unidad sin opuesto, desestabiliza todo dualismo y puede ser considerada una distinción más en el racimo de diferencias abyectas. O, por último, imaginarlos uno dentro de otro, como los _holones_ de Ken Wilber (1999); al butleriano como un “meme” verde que ocupa la diferencia en términos de una herramienta heurística y, al otro, como un “meme” amarillo que subsume e integra al anterior, en una espiral más compleja.

Ya fuimos, pues, átomos, relojes, flechas, espirales y ahora computadoras conectadas. Y, en cada momento, las preguntas necias de siempre: de dónde rayos venimos, quiénes jodido  somos y a dónde  carajo vamos.

Bibliografía
Butler, J (2002) Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del `sexo’. Edit. Paidós. Bs. As.

Castell, M (2001) La Era de la Información. En III Vols. Ed. Siglo XXI. México.


Krishnamurti, J (1999) La mente que no mide. Edit. Errepar. Bs. As.

Wilber, K (1999) Una Teoría de Todo. Edit. Kairós. Barcelona.
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