• Mayo 11, 2009, 3:26 p.m.
"La porosidad que tienen permiten fácilmente el paso de las partículas, y… además es muy poco viable que el virus pueda transmitirse por el aire sin estar en contacto con ninguna superficie". Miguel Ángel Lezana, Director del Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades de México

Los managuas adquirieron una nueva apariencia. Los de a pie, los que viajan en taxis y buses y hasta los que conducen sus autos privados ocultan la mitad inferior de sus rostros con los ya famosos tapabocas en un afán de asepsia, por desconocimiento o por simple desinformación.

Las calles se van pintando de azul claro y blanco, los colores de estos “materiales de reposición” hospitalarios. Ya en las universidades los estudiantes lo han tomado como moda. “Parte de la jodedera”, me dijo uno, mientras me daba la mano y se tapaba la boca. Pero parece que esa “jodedera” contribuye a dos fenómenos: el agiotaje, es decir, la especulación en los precios del producto, y el pánico en las personas.

El jueves pasado comenzó en crudo el agiotaje. En el bus que iba hacia mi trabajo, el conductor llevaba encendida la radio, que transmitía en cadena el Teletón, pero de repente el presentador del momento dio paso a la lectura de una denuncia: una señora que circulaba por carretera hacia Masaya se detuvo en una ferretería a comprar una caja de tapabocas. Pagó 70.50 córdobas. Minutos después  se detuvo a comprar otra caja --por si acaso-- en una sucursal de la misma ferretería, pero ahora le costó 180.50 córdobas. Veamos, pagó 156 por ciento de más. La misma marca y cantidad. ¿Cómo podríamos llamarle a esa obscenidad sin caer en un eufemismo?

¿Son defensa para la influenza humana?
En el segundo caso, ya no el pánico, sino la histeria colectiva se está apoderando de los nicas. Es verdad y se debe tomar muy en serio esta enfermedad que ya es una pandemia. Hay alertas sanitarias en todo el orbe. El primer brote del que se tuvo noticia  comenzó en marzo en México, en una localidad llamada La Gloria, en Veracruz, y desde entonces esta gripe se ha expandido a muchas naciones. En el país no hay casos confirmados, sólo sospechosos.

Pero parece que la ingenuidad de la mayoría, sumada a la viveza de unos pocos ha rendido provecho para estos últimos. Ante el miedo y el horror de contraer la enfermedad, muchos se han dado a la tarea de comprar sus tapabocas, haciéndoles el negocio a los primeros. Pero lo que no saben es que éste no es ninguna defensa contra la influenza humana.

¿Cómo?, ¿qué?, preguntarán muchos. El doctor Miguel Ángel Lezana, Director del Centro Nacional de Vigilancia Epidemiológica y Control de Enfermedades, es el hombre que más sabe en México --donde comenzó todo-- del virus AH1N1.

No lleva puesto el tapaboca y, en una entrevista cedida a Pablo Ordaz, corresponsal de EL PAÍS en la nación azteca, que apareció publicada el jueves en el diario español, dice que los cubrebocas no son una pared que impida contraer el virus. “¿Y por qué no lleva mascarilla?”, le pregunta Ordaz. Y él afirma categórico: "Porque la porosidad que tienen permiten fácilmente el paso de las partículas, y porque además es muy poco viable que el virus pueda transmitirse por el aire sin estar en contacto con ninguna superficie". Algo que desmiente a los centenares de alarmistas que aseveran que el uso de estos productos previene el contagio del mal.

Ordaz no se queda ahí y le dispara a quemarropa una segunda pregunta: “¿Entonces por qué se han distribuido millones? Y Lezana responde nuevamente con toda la autoridad que le dan su cargo y sus conocimientos del tema: "Bueno, es más una demanda de la población. La gente se siente más segura llevándolas, más tranquila, y no les hace ningún daño". Y he ahí el puntillazo en el lugar exacto. La gente cree que llevando el tapaboca está segura, y esto es lo que aprovechan los agiotistas, quienes crean la demanda mediante el pánico y la histeria.

Un botón más sobre el uso innecesario del nasobuco lo muestra Margaret Chan con sus declaraciones. Esta médica china es la directora de la Organización Mundial de la Salud, OMS, y por ende la encargada de frenar la epidemia mundial. Se ha ganado fama porque sus decisiones tienen el verticalismo de las órdenes de guerra. Cuando la gripe aviar hacía mella en Asia, no le tembló la mano para sacrificar un millón y medio aves para frenar en seco el brote. “Tuve que tomar decisiones muy duras… pero lo contuve”, dice orgullosa. 

En una entrevista cedida al mismo diario español, se le pregunta si ha dado orden de usar mascarillas. Y responde: “No, en absoluto. Las mascarillas son útiles en unos casos, e innecesarias en otros. Por ejemplo, si a alguien le moquea la nariz o tiene tos, es bueno, y hasta ético, que lleve. Cuando se visitan hospitales, o alguien de tu familia está enfermo, usar mascarilla puede ser muy adecuado. Pero en otras circunstancias, no hacen falta”.

Lavarse las manos, buena recomendación
 Lezana, al igual que muchos expertos, sostiene que “el virus sólo es capaz de vivir en el aire cuestión de segundos, pero donde sí se hace fuerte es sobre los objetos. Si yo tengo el virus y estornudo sobre un objeto, el virus puede permanecer ahí 24 e incluso 48 horas. Si usted luego lo toca y se lleva las manos a la boca, a la nariz o a los ojos, se puede contagiar. Por eso lo importante es lavarse mucho las manos, limpiar mucho los objetos que otras personas han tocado”. La lección no necesita más explicación. Los cubrebocas han sido producto de comercio más que de protección humana.

Las declaraciones de los especialistas han sorprendido a muchos, porque es generalizada la recomendación de usar el cubreboca. Pero ellos son autoridad en la materia. Funciona como un placebo, la gente se siente protegida, y es más en la psiquis que en lo orgánico donde cobra valor la mascarilla. Pero veámoslo por el lado amable: “¡Qué cantidad de doctores tenemos en el país!”, me comentaba sonriendo Reyna Bolaños, una estudiante de segundo año de Comunicación Social. Si es por afán de asepsia, se puede probas con la betadina, esa sustancia amarilla que les  untan a los que van a operar para esterilizar la zona de la incisión. Nada más que nos veríamos muy cómicos, todos pintados de ámbar y con un olor a hospital. ¡Lávese las manos mejor, es más seguro eliminar así las bacterias!
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