• Mayo 18, 2009, 4:03 p.m.
Recientemente, con bombos y platillos se anunció en los medios de comunicación que el hospital de la Policía Nacional “Carlos Roberto Huembes” se convertiría, como muchos otros, tanto públicos como privados, en Escuela para alumnos de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua. La noticia fue recibida con beneplácito por muchas personas, sin embargo, para gente como yo, que ha tenido experiencias cercanas con los famosos residentes, ésta fue más devastadora que la bomba de Hiroshima.

Resulta que en nombre de la pseudo fusión teoría-práctica cometen la imprudencia de arriesgar la vida de los pacientes poniéndolas en manos de jóvenes inexpertos que apenas dan sus primeros pasos en tan complicado oficio. Jamás voy a objetar el que a los jóvenes hay que darles chance para que vayan adquiriendo experiencia, mas no hay que dejar caer sobre sus hombros fardos que resulten demasiado pesados. Es inverosímil ver a estos chicos titubeando para dar un diagnóstico o interconsultándose como para armar un rompecabezas con la fusión de los pocos conocimientos que pueda aportar cada uno.

Pero más que inverosímil es indignante ser tratado como rata de laboratorio en la que pretenden experimentar. A mi corta edad, 25 años, soy hipertensa crónica. Hace poco llegué con crisis hipertensiva, sin embargo, el joven estudiante ni siquiera se dignó a tomarme la presión, pese a que le expliqué los síntomas que presentaba. Inaudito. No medir la presión de un hipertenso es como no echarle pollo al caldo de pollo. En esa misma consulta le indiqué que tenía dificultades para orinar, pero también lo pasó por alto y se limitó a indicarme antibióticos, pues suponía que tenía infección de vías urinarias, presunción que hizo sin siquiera ordenarme un análisis de orina. Esto me ofuscó tanto que me llevó a niveles insospechados de indignación. Salí y me fui a mi casa con la presión como a 1000/1000 de tanta rabia.

Al día siguiente, los síntomas se acentuaron, a tal grado que me vi en el penoso caso de acudir de nuevo al mismo hospital, con el único atenuante de que no me encontraría con el mismo tipo. Resulta que el residente de Medicina Interna me “sermoneó” por exponer mi vida llegando de forma tardía a la consulta,  ignorando que su colega me dio la calle de la forma más irresponsable que haya visto. Su actuar negligente me costó una semana de hospitalización y haber estado en la mira de un infarto o de un derrame.

Incontables hazañas
Vaya, pero en realidad que son incontables las hazañas de estos chicos. Mi hijo casi muere porque tenía neumonía y ellos nunca lograron “adivinarlo”, pese a que el bebé tenía el tiraje en los costados, sibilantes y cansancio extremo. Al cuarto día de visita consecutiva lo ingresaron con criterios para Cuidados Intensivos, algo ilógico porque el día anterior me habían dicho que tenía “limpios” los pulmones, como si una neumonía se desarrolla de un día a otro hasta llegar a niveles extremos.

Y a propósito de mi hijo, les cuento que en noviembre de 2007 llegué con dolor abdominal agudo a la sala de emergencias, me realizaron exámenes y diagnosticaron cuadro de apendicitis. Insistí en que tenía retraso menstrual y pedí que me hicieran la prueba de gravidez,  sin embargo, mi voz era muda y estaban preparándome para la apendicectomía. Decidí rebelarme y dije que no me tocarían mientras no saliera de mi duda. Dicho y hecho, el 30 de mayo mi bella apendicitis cumplirá un año de vida.

Y para cerrar con broche de oro, hace unos días me enteré de que en uno de estos templos de atentados cesarearon a una mujer y producto de que le hicieron un mal corte y luego la suturaron sin darse cuenta del error, ésta presentaba hemorragia interna y no sé cuántas complicaciones más que la tenían al borde de dejar a sus tres hijos en la orfandad.

Ante esta triste y peligrosa realidad, considero que el meollo del asunto radica en que en este tipo de instituciones los médicos de base se comportan como docentes y hacen a un lado su labor con los pacientes, concentrándose en proveer conocimientos a los jóvenes y no en ver cómo los practican. Se necesita más tutoría en los consultorios y más responsabilidad por parte de los especialistas, porque con la salud y la vida no se juega. Asimismo, las autoridades del Ministerio de Salud deben estar más al tanto de cómo están trabajando en estos centros asistenciales, llámese “Antonio Lenín Fonseca”, Hospital Militar,  “Roberto Calderón” o Heodra. Por otro lado, con este artículo no quiero decir que sólo los estudiantes se equivocan, pues aún los grandes especialistas han cometido errores en sus carreras, además no puedo ser injusta y meter en un solo bolsón a los residentes, pues he encontrado a varios que sí saben lo que hacen y que demuestran porqué de su cuello pende un estetoscopio. No obstante, no hay que apresurar el proceso y pretender que noveles sean doctores de forma acelerada. Paso a paso se llega a la meta, nunca por atajos peligrosos.
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