• Jun. 3, 2009, 5:38 p.m.
Éste de los buseros es un tema tan trillado y cansino, como el de los vericuetos de la corrupción  que sólo nuestros políticos son capaces de construir. Hartazgo total. Todos los días hay una queja contra ellos y las multas que les aplican por maniobrar mal con sus unidades formarían pirámides más grandes que las de Egipto. Verdaderamente estos tipos son especiales.

Pero este caso es particular tanto por las palabras más ofensivas que puedan salir de la boca de un prestador de servicio colectivo, como por la inmutez de las personas que fueron testigos de semejante atropello y agresión verbal contra una joven madre en las vísperas de su día.

Vamos a dejar todo claro desde el principio: el transporte colectivo en este pueblón llamado Managua no sirve, las unidades ya hace mucho tiempo dieron al traste con su vida útil y en un afán de conservarlas para exprimirles beneficios hasta el último segundo, las cooperativas han hecho clones de clones, y así nos encontramos con toda clase de calamidades rodantes a las cuales nos subimos después de rezar diez padrenuestros y casi un centenar de avemarías.

Ubiquémonos: viernes 29 de mayo a las 12:45 del mediodía. Un sol con su mejor cara que provoca un calor húmedo que calcina las carnes y un bus con más cirugías que la Elizabeth Taylor lleno de gentes. De hecho hasta la marca se le ha borrado de tantos parches de hierro que le han zurcido con soldadura, pero eso sí, tiene más años de los que se puedan contar con los dedos de las manos de diez personas. Las placas, color naranja, M-0435, hacían juego con ese color rojizo del óxido que inundaba la chatarra de la 117, unidad 045.

Desde que arrancó su camino, después de permanecer unos diez minutos en la parada de la UCA, con más atrasos que una fila en una dependencia pública, el conductor de la bestia maltrecha de hojalata llevaba una pinta de diabético alunado, que daba miedo. Dobló hacia el sur en el transfer, buscando la UNAN-Managua, pero la cola que había en los semáforos del colegio “Rigoberto López Pérez”, hizo que doblara hacia la derecha, para después doblar a la izquierda, en una mala maniobra para recuperar el tiempo que malgastó, pero se topó con un oficial de Tránsito motorizado que, en lugar de multarlo, lo que hizo fue saludarlo asintiendo con la cabeza.

Al llegar a la UNAN, sí, eso mismo hizo… desgranó otros diez minutos en espera de pasajeros y salió con tanta velocidad, que el motor daba alaridos de mujer en parto. La presión era insoportable dentro de aquel mamotreto de bus, que se torció mucho con su carga humana en los semáforos del Club Terraza para doblar hacia el lago. El mastodonte casi inservible resoplaba un humo negro y áspero que se filtraba por las ventanas y asfixiaba. En rápido metió tercera y cuarta, y el animal de hierro bramó sobre la vena negra de asfalto que parecía transpirar un vapor turbio por el sol crudo de mediodía. Llegó a los semáforos de Enitel Villa Fontana y dobló hacia arriba y se detuvo en la parada. Eran entonces las 12:45. Y fue allí cuando se montó la joven, de unos 30 años, con su hijo, y sufrió la mayor vergüenza de su vida y recibió el vómito de bascosidades de parte del busero.  

Ese fue su pecado, no subir con su hijo en brazos, un niño de unos cinco años, y que éste pasara por las barras que dizque marcan a cada pasajero. Veamos su cortesía.
-¿Quién paga el pasaje de ese niño? –vociferó aquel demonio moreno claro que tenía desiguales los tronchos de la barba y el bigote.

La respuesta de la joven terminó de enfurecer al tipo.
-Te lo debo… no sabía…
-Esa mierda me marca… no está de adorno… que de a verga – aulló el licántropo, que vestía la camisa color rata del uniforme de su cooperativa y un pantalón negro raído, que los combinaba con unas rutilantes y estrambóticas gafas negras que lo hacían repugnante a la vista.
-Pero si no ando –replicó la mujer ya ofendida, pero con pena.
-Quieren andar en bus los sinvergüenzas y no pagan el pasaje los hijueputas. Y ya sabés, donde te bajés no me paro  –bramó el bruto.

Yo ya había intervenido, pero también me llevé una mentada. La mujer no aguantó más, tenía ya lágrimas en los ojos.
-Parate, parate, que me voy a bajar –dijo casi sollozando. Así que bajó a su hijo, quien lloraba bajito y con miedo en su cara, tomó una piedra y se la lanzó al tipo, obsceno hasta en su figura, que arrancó no sin antes decirle cuatro improperios a la pobre madre, un día antes de ir a felicitar a la suya. Atrás quedó la joven con su hijo, vilipendiada, con la vergüenza en su rostro.

Nadie dijo nada, todos solamente vieron el espectáculo. Esperé que el “hombre” me dijera algo más después que le expresara que lo denunciaría. Pensé, ¿qué se hace la Policía cuando suceden cosas así? Ah, sí, saluda a los buseros cuando hacen malas maniobras. No me imagino la pena que pasó esa madre porque su hijo pasó entre las barras marcadoras, ni el trauma del niño al ver semejante acto criminal. Lo que sí sé, porque lo he visto, es que las tales barras no sirven, pues he observado que incluso los ayudantes se quedan entre ellas, o vendedores que se suben o personas que esperan entre ellas mientras el bus se detiene.

Se gasta en seminarios de relaciones interpersonales para los buseros –no conductores de buses, porque si lo fueran, sería otra historia-, y al final siguen siendo los mismo vulgares e irrespetuosos de siempre. Ya sabe, 2.50 córdobas cuesta su vida o que lo persignen de tantas groserías que tendrá para dos vidas más, porque los buseros, si no matan o lesionan, ofenden.
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