• Jun. 8, 2009, 11:41 a.m.
Tras siglos de iniquidad, ¿es posible comenzar de nuevo? ¿Puede la historia hacer borrón y cuenta nueva? Por mucho que uno quisiera creerlo, la experiencia nos habla de lo lento que cicatrizan los agravios en la piel de los pueblos. En los pueblos oprimidos, traicionados, casi que se viene al mundo genéticamente modificado para ser desconfiado y no creer en promesas. Si algún día, superada esa tendencia, se vuelve a   creer, y reincide la desilusión, es difícil recuperar ya la fe y el optimismo. El que se quema con leche, no sólo la cuajada sopla, como decimos nosotros; el que se quema con leche, ve una vaca y llora, como dicen en Argentina. A pesar de esto hay que reconocer que la esperanza es testaruda. La humanidad ha creído en los cambios una y otra vez. Ha sido la convicción en su propia capacidad de transformar y transformarse la que la ha hecho remontar enormes tragedias. “Rellenamos el cráter de las bombas/Y de nuevo cantamos/Y de nuevo sembramos/ porque jamás la vida se declara vencida”, dice un poema anónimo vietnamita. Y es que la vida no florece en la desconfianza; se estanca. Es innegable que las trincheras cumplen una función, pero no se puede vivir eternamente atrincherado. Por mucho miedo que produzca la idea de dejar el refugio, uno tiene que atreverse a salir a la hora del cese al fuego y mirar de frente las oportunidades.

El discurso del presidente Barack Obama en la Universidad del Cairo el 4 de Junio, me hizo preguntarme si la humanidad no estará en este momento de la historia frente a una de esas raras oportunidades que merecen, no sólo el beneficio de la duda, sino el respaldo decidido de un impulso que potencie la voluntad de este presidente en particular de corregir el rumbo equivocado de décadas de historia.

Entre todos los presidentes norteamericanos de los últimos tiempos, Barack Obama sobresale, no sólo por el color de su piel, sino por su experiencia de vida. Este hombre no sólo ha experimentado en carne propia la discriminación racial; sino que también sabe cómo es y qué significa vivir en el Tercer Mundo. Hasta su discurso en El Cairo, muchos como yo hemos estado observándolo cauta y calladamente, antes de decidirnos a afirmar categóricamente un juicio positivo. Después de esa intervención, sin embargo, a mí al menos no me quedan dudas de que Obama está apostando a dar un golpe de timón serio en la política exterior norteamericana. Es obvio que un discurso es un discurso, pero también es cierto que la manera en que fue pronunciado y el contexto de éste, lo convierten, según mi opinión, es una suerte de manifiesto de la administración Obama, no sólo sobre el Medio Oriente, sino sobre los principios que él aspira imprimir a la relación de Estados Unidos con el resto del mundo. Que lo logre o no depende tanto de sus enemigos internos –por el momento en minoría en el Congreso y el Senado-, como de sus interlocutores internacionales.

Quiero resaltar aquí algunos aspectos de su contenido y señalar por qué afirmo que es un giro de timón a tener en cuenta, pues como sucede en muchos discursos, éste está lleno de claves que al buen entendedor no pueden pasarle desapercibidos, en cuanto que, viniendo de un presidente norteamericano, muchas de estas afirmaciones denotan un cambio sustantivo de enfoque y actitud vis a vis el Tercer Mundo. A continuación indico primero el contexto y transcribo las citas que me parecieron importantes.

Al inicio, tras referirse a los siglos de tensiones por las guerras religiosas entre Occidente y el Islam dice: “luego las tensiones se alimentaron del colonialismo que le negó derechos y oportunidades a muchos Musulmanes y de la Guerra Fría donde los países de mayoría Musulmana fueron muy a menudo tratados como peones sin ninguna consideración para con sus propias aspiraciones.”

Sobre Estados Unidos: “Así como los Musulmanes no caben en crudos estereotipos, Estados Unidos no es el crudo estereotipo de un imperio velando sólo por sus propios intereses. Los Estados Unidos han sido una de las mayores fuentes de progreso que el mundo ha conocido. Nacimos de una revolución contra un imperio…”

Sobre la interdependencia entre las naciones: Dada nuestra mutua dependencia, cualquier orden mundial que eleve una nación o grupo de gente por encima de otro, fracasará inevitablemente. Así que sea lo que sea que pensemos del pasado, no debemos ser prisioneros de éste. Debemos abordar nuestros problemas como socios; el progreso debe de ser compartido.

Sobre Irak: Citó a Thomas Jefferson, que dijo: “Espero que con nuestra poder, crezca nuestra sabiduría de manera que aprendamos que nuestro poder será mayor en la medida en que menos lo usemos”. Y añadió: “Hoy América tiene una doble responsabilidad: ayudar a Irak a forjarse un mejor futuro y dejarle Irak a los Iraquíes.”

Reiteró la colaboración con Israel, pero añadió: “Por otro lado, es innegable que el pueblo Palestino –Musulmán y Cristiano- ha sufrido en la búsqueda de una Patria. Por más de sesenta años han soportado el dolor de la dislocación. Muchos esperan en campos de refugiados en la Ribera Oeste, Gaza y tierras aledañas por la vida de paz y seguridad que nunca han podido vivir. Soportan las diarias humillaciones –pequeñas y grandes- que resultan de la ocupación. De manera que no quepa la menor duda: la situación del pueblo Palestino es intolerable. América no dará la espalda a las legítimas aspiraciones de dignidad, oportunidad y un estado propio del pueblo Palestino….la resolución es que las aspiraciones de ambas partes sean realizadas a través de dos estados, en los cuales Israelitas y Palestinos puedan vivir en paz y seguridad.
Sobre los armamentos nucleares: “Hemos llegado a un momento decisivo….Entiendo las protestas de quienes argumentan que unos pueblos tienen armas nucleares y otros no. Ninguna nación por sí sola tendría que poder elegir qué otra nación pueda o no poseer armas nucleares. Por eso es que reafirmo el compromiso de América de lograr un mundo donde ninguna nación posea armas nucleares.”

Sobre la democracia: “Déjenme decirlo claramente: Ninguna sistema de gobierno puede o debe ser impuesto a una nación por otra nación. Esto no resta de mi compromiso con los países donde el gobierno refleja la voluntad popular. Cada nación da vida a sus principios a su manera, en base a sus propias tradiciones. América no quiere presumir de saber qué es lo mejor para todos… Pero tengo la profunda convicción de que los pueblos quieren ciertas cosas: quieren la libertad de expresarse y opinar sobre la manera en que desean ser gobernados, quieren tener confianza en que se respeten las leyes y se administre la justicia de igual manera para todos, quieren un gobierno transparente que no robe lo que le pertenece al pueblo, quieren tener la libertad de elegir. Estas no son sólo ideas Americanas, son derechos humanos y por eso es que nosotros los apoyaremos en cualquier parte….  Hay quienes invocan la democracia sólo cuando están fuera del poder; una vez que llegan al poder son implacables en suprimir los derechos de los demás. No importa donde se asiente, el gobierno del pueblo exige un estándar a quienes ostentan el poder: deben mantener su poder por consenso, no coerción; deben respetar el derecho de las minorías y participar con espíritu de tolerancia y compromiso, deben colocar el interés popular y el funcionamiento legítimo del proceso político por encima de sus propios partidos. Sin estos ingredientes, las elecciones por sí mismas no hacen la verdadera democracia”  

Para terminar, entre otras cosas dijo: “Todos nosotros compartimos el mundo por un breve instante en el tiempo. El asunto es si escogemos ese tiempo para permanecer concentrados en lo que nos separa, o si nos comprometemos en el esfuerzo –en el esfuerzo sostenido- de encontrar coincidencias y de concentrarnos en el futuro que aspiramos para nuestros hijos y en el respeto a la dignidad de todos los seres humanos.”

En lo que tengo de vida, jamás había oído yo a un Presidente norteamericano dejar de lado la arrogancia de esta manera; admitir no sólo las secuelas del colonialismo, sino la instrumentalización que tanto EEUU, como la URSS hicieron de los países árabes y del África. Me pareció significativo que exaltara el hecho de que los EEUU hubiesen surgido de la rebelión contra un imperio y más significativo me pareció la manera reiterada en que rechazó la idea de que una nación se coloque por encima de las demás, que decida quién tiene armas nucleares o no, o que imponga a otros su sistema de gobierno. Irak debe dejarse a los iraquíes, dijo, al tiempo que lamentó la permanencia de EEUU en Afganistán. Su apoyo y claridad en cuanto al asunto Palestino fue meridiana; reconoció el sufrimiento del pueblo Palestino, llamó ocupación a la ocupación, pidió el cese de los asentamientos y el reconocimiento del derecho del pueblo Palestino a su propio estado y cuando se refirió a la violencia, lo hizo condenando su uso por ambos lados en iguales términos. En cuanto a las referencias a la democracia, creo que fue hábil al señalar que las aspiraciones de libertad, estado de derecho, transparencia y demás, no son valores norteamericanos, sino derechos humanos de todos los pueblos.

Su llamado hacia el final, de buscar coincidencias, hace eco de sus palabras iniciales donde pidió la oportunidad de un nuevo comienzo, basado en el respeto e interés mutuo, que ponga fin a la desconfianza y discordia predominante.

Es evidente que este discurso sienta ciertos predicados novedosos que no se limitan a las relaciones de EEUU con el mundo árabe, sino que lo trascienden y presentan la visión de un estadista que desea un rol donde el poder de su país pueda convertirse en un factor de progreso y de conciliación dentro del nuevo contexto global.

Como decía yo al principio, ciertamente es difícil superar las desconfianzas. El recelo y hostilidad contra Estados Unidos no es un invento gratuito. Está fundamentado por innumerables abusos de poder y violaciones de ese país a los derechos de los pueblos. Pero, como ciudadanos de este mundo, no del de nuestros padres o nuestros abuelos, tenemos la obligación de considerar las lecciones de la historia que muestran cómo individuos excepcionales pueden lograr lo aparentemente imposible, así en el mal, como en el bien.

El Presidente Obama tiene cuatro, lo más ocho años de plazo para demostrar que el espíritu que se lee en este discurso puede dar frutos. El mundo que ha sufrido a los Estados Unidos tiene dos caminos: el rechazo a sus palabras para seguir en las trincheras, o la aceptación de este reto no para bajar la guardia, sino para subirle la parada a la agenda del Presidente Obama proponiendo cambios concretos, proyectos comunes concretos que lo comprometan y alteren la tradición agresiva de la diplomacia del norte de manera duradera. Más allá del “respeto” –exigencia que en Nicaragua recientemente sólo esconde la necesidad de un partido de afianzarse impunemente en el poder en menoscabo de la democracia-  una nueva visión de su propio rol por parte de Estados Unidos podría significar un mundo más justo, más limpio, más equitativo y humano para todos. Como dijo Lenin: “Hay que soñar”, y atreverse a la esperanza, añadiría yo.
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