• Jun. 12, 2009, 1:15 p.m.
En 1846, Managua fue elevada a ciudad. Al año 2009, me pregunto si realmente somos una ciudad, una urbe, una capital.

Miro alrededor y es fácil darme cuenta que en realidad continuamos siendo un pueblón, ahí medio iluminado y con algunas calles semi pavimentadas, un tráfico ridículamente fastidioso e infraestructura medianamente desarrollada, donde vacas y caballos pasean a su antojo por la vías principales como por sus campos.

Para nadie es un secreto que nuestra capital es un completo caos. Hace calor hasta la muerte. Vamos de malhumor en las calles, en los autos, motos, bicicletas, comprando en las pulperías, supermercados, expendios de alcohol y fiesta, y quejándonos en las instituciones públicas y privadas.

Caminamos rápido por las calles secas y difusas. Estamos hartos del sol que nos insulta. Vamos con el ceño fruncido. Tenemos esa perpetua seña en nuestros rostros, una cicatriz a fuerza de solazos. Empujamos a uno que otro transeúnte que se nos cruza entre la breve multitud, y si nos dice “algo” en tono de reclamo no tan educado, nos volteamos, lo miramos y no contestamos nada, eso es ya suficiente para el buen entendedor. Pero nosotros no somos así, naturalmente, el calor es el culpable.

Luego llueve, llueve tan sólo por unos minutos y copiosamente, o durante días, y la lluvia no es bendición, sino inundación fatal y absoluta, desgracia, deslave. La capital entonces se transforma: las calles quedan vacías, la poca gente se refugia en los nulos techos donde puedan cubrir sus escuálidos cuerpos. Vuelven a sus hogares húmedos, se enmohecen como los muebles, como la ropa, se entristecen como gatos. Trapos mojados en la cocina, el porche, los cuartos. Ahora necesitan del sol que maldicen, pero que finalmente es el que seca sus paños. Lo extrañan. Piden que vuelva un poquito nomás, porque no dejarán que esa transitoria necesidad solar y su manía de quejarse del sol y el calor, se vea empañada. No perderán esa terquedad irremediable de no llevar sus paraguas consigo. Es mejor no prever para no llevar más bulto, una sombrilla estorba, pesa demasiado. Ya habrá a quien arrimarse.

Otras calamidades
Otras calamidades numerables y tangibles de nuestra “urbe” son: el transporte urbano colectivo, un real desastre, reggaeton, bachata, ranchera, plena, socca, balada de los 80´s, suenan fuerte en las bocinas. Puertas inservibles. Retazos de asientos. Un claxon ensordecedor frente a un anuncio de “silencio hospital”. Prisa. Conductor arrecho y sin paciencia ¡Suba suba suba o se queda! Descalabro, accidentes, incendios dentro de las unidades. Palpamiento. Miraditas. Alguien desconocido detrás de vos te acaricia los cabellos.

El derecho del consumidor, simplemente inexistente. Vaya y compruébelo en ventas, bares, bancos, taxis y todo aquello que se supone deba prestar un servicio. Inseguridad ciudadana, prostitución clandestina y no tanto, pseudo moralismos, mojigatería, autoridades corruptibles y corruptas, policías que no se dan abasto, maestros malpagados, mediocres, esforzados, sistema educativo endeble, sistema de salud precario, no funciona, no resuelve, medicinas que no cubre el seguro social -que es un engaño-, las pensiones son más de lo mismo.

Compra y venta de sustancias psicotrópicas y otras controladas, que se comercializan sin receta médica en mercados negros y farmacias y distribuidoras farmacéuticas blancas, payasos en los buses diciendo chistes de mal gusto y poca creatividad, uno que otro ciego, niños, jóvenes, ancianos indigentes, pidiendo reales para comida, medicina, estudios, necesidades básicas (obligaciones del Estado y la familia).

Vendedores ambulantes de baratijas innecesarias y sin sentido, que algún pobre comprará porque le parece novedoso. Venta de pastillas y pomadas cura todo. Fe de los clientes en estos productos milagrosos. Titulares en los diarios atestados de política sucia y escabrosa, seguido de deportes (el box y béisbol infaltables). Mujeres no tan sensuales pero sí a medio vestir, al mejor gusto del gremio taxeril, buseril y camionero.  Luego, la lectura de uno que otro relato erótico en el semanario amarillista, sensacionalista y excitante de venta en algún semáforo, nada como echarle un vistazo para ponerle salsa a la nota roja.

Cuando caíste, ya tuviste un susto, un llanto, una sonrisa, una inconformidad, un alivio, una tristeza, un enojo; sin saberlo, has tenido una o varias de estas sensaciones, y todo aquí nomás, cerquita, en tu pueblito medio iluminado y con algunas calles semi pavimentadas, con un tráfico ridículamente fastidioso e infraestructura medianamente desarrollada, donde vacas y caballos pasean a su antojo por la vías principales como por sus campos. ¿Verdad que es linda esta ciudad?

Foto: Tomada/www.traveljournals.net
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