• Jun. 15, 2009, 11:11 a.m.
Fue corto el respiro que nos dio el Presidente Ortega. En las últimas semanas había moderado un poco su discurso seguramente intentando no calentar más el ambiente en que se discutiría la renovación o cesión de la ayuda proveniente de la Cuenta del Milenio. Pero lo dicho, dicho estaba. Las palabras de un estadista no se las lleva el viento, como tampoco se lleva la memoria, ni los resultados del desafortunado fraude electoral que se dio en Noviembre.

De manera que ya nos condujo al terreno donde quería llevarnos, consciente o inconscientemente, el terreno de la confrontación; ese donde él se siente más a gusto, el que piensa que maneja bien. Ahora vuelve a manejar sus argumentos preferidos, la prédica ultra-nacionalista del gallo ennavajado que dice que los nicas somos los buenos, los arrechos, los pobres y por eso los ricos, los imperios, tienen nuestro pequeño y pobre país entre ceja y ceja y nos quieren destruir. Pero no nos arredramos, comemos tortilla, comemos lo que sea, pero le damos duro al yanqui…

Bien dijo Martí que para los hombres es más fácil morir con honra que vivir con orden. A nuestro presidente vivir con orden le es casi imposible; él necesita andar siempre por el filo de la navaja, siempre en crisis, siempre sintiéndose héroe de las causas imposibles. El problema es que es fácil tener ese discurso cuando personalmente no se pagan las consecuencias, cuando en la vida cotidiana no le falta nada ni a él, ni a su familia. Yo recuerdo en los 80 la rabia que me daba oír sus arengas desafiantes ya cuando era evidente que la gente no aguantaba más la escasez y los dolores de la guerra. ¿Cuánto tiempo no se pasó diciendo que “no hablaría con los perros, sino con el dueño de los perros”, cuando se negaba a hablar con la Contra para tratar de hallarle una solución a la guerra? Pasó mucho tiempo y las cosas llegaron a ponerse muy mal hasta que aceptó conversar. Al final terminó conversando con Contras, con la Iglesia, con su archi-enemigo Monseñor Obando…pero antes de eso tuvimos los nicaragüenses todos, sandinistas o no, que aguantar miserias e infortunios.

Yo recuerdo cuando tuvimos, en medio de la escasez de todo, escasez de bujías. Lo recuerdo porque yo andaba en mi casa desenroscándolas de un cuarto al otro según donde me iba moviendo. Y recuerdo que pensé, más de una vez, “qué fácil es hablar” porque sabía que Daniel Ortega, ni nadie de los que hablaba públicamente de que “no nos importaba” tenía escasez ni de bujías, ni de nada en sus casas. Ahora, de nuevo, el inevitable Comandante Ortega, vuelve a llenarse la boca con su costosa arrogancia, y, como nicaragüense, uno no puede más que sentir que el estómago se le achica pensando en las consecuencias para la mayoría más pobre, de los discursos y los desafíos que él con tanto brío altisonante se saca de la manga.

Cierto que esta vez yo al menos quizás no sufra personalmente sus desatinos, pero ni olvido lo que viví, ni soy tan ciega como para no ver a mi alrededor y sentir el nivel de angustia y necesidad de quienes en Nicaragua viven con, si acaso, un dólar diario. Me parte el alma pensar en toda la gente en Occidente que se verá afectada por este corte de la Cuenta del Milenio. Pero Daniel Ortega no sólo está dispuesto a verlos pasar las tristes, sino que no tiene empacho en aprovechar esa desgracia para hacerse el muy macho y lavarse las manos echándole la culpa a todo el que reclamó por el fraude electoral, y a quien ha reclamado por sus atropellos cívicamente, a los medios, a Montealegre, a quien dejó sin partido en  una maniobra maquiavélica… ahora resulta que todas las víctimas de nuestro Presidente se van a convertir, por obra y gracia de sus malabares retóricos, en los “verdugos” del pueblo. ¡Qué conveniente para él! ¿No es cierto?

Todos los sin poder, ahora resulta que son los malos de la película, mientras que él y su gobierno que no han tenido empacho en llamar “moscas” a los de la Cooperación Europea, en decir que les vale papalina la ayuda de Raimundo y todo el mundo porque sin ayuda “somos más libres”; en negarse a aceptar la observación electoral que siempre se había aceptado, la del Centro Carter, de Ética y Transparencia, porque sabían del fraude que estaban montando y que quedó a la vista de quien lo quiso ver... ahora ellos son los únicos buenos, los pobres maltratados.  

Ese lenguaje que intenta que los nicaragüenses nos sintamos desposeídos, “solos contra el mundo”, que insiste en las consignas y hasta las canciones usurpadas no sólo a los Mejía Godoy, sino a otro período de nuestra historia, es un grave error. Es además un error reincidente, porque la Revolución no sólo fue atacada por ser revolución, sino porque sus dirigentes también fueron arrogantes, también constriñeron el espacio y la libertad de muchos, también usaron un lenguaje que rezumaba imposibles desafíos. El precio de eso todos lo conocemos, sabemos las vidas que se perdieron, las miserias que pasamos, el dolor de los sueños truncados. El mismo Ortega los conoce y en muchos sentidos ha tratado de jugar esta vez con otras reglas, ha demostrado cierta madurez en otras áreas.  

Lástima que careciera de la visión para enmendar sus entuertos de revolucionario fallido. Podría haber pedido disculpas por sus palabrotas, podría haberse moderado antes de que fuera demasiado tarde. Tendría que haberse dado cuenta de que todos pagaríamos un precio por esos exabruptos; por el tamaño de su ambición por sacar más alcaldías de las que le habrían tocado. Si no quería echarse para atrás, podría haber hecho un esfuerzo por escuchar a la sociedad civil nicaragüense, no a ningún extranjero, pidiéndole un recuento, o al menos la sustitución de los magistrados del Consejo Supremo Electoral, o la reforma a la ley electoral. Cualquiera de esos gestos habría sido suficiente para dar una señal de que al fin admitía la realidad de que el país ha avanzado hasta un punto en el que ya no es posible hacer caso omiso de la sociedad civil, o de quienes no son sus partidarios y reclaman por sus derechos. Cualquiera de esos gestos habría hecho muy difícil el retiro de la ayuda ante la comunidad internacional; una ayuda que, desde que su gobierno la aceptó, sabía que estaba condicionada al respeto de los derechos políticos de sus ciudadanos; esos derechos que optó por violentar a pesar de las previsibles consecuencias.

Las palabras en este mundo tienen poder. Y cuando esas palabras son dichas por un Jefe de Estado, esas palabras no sólo tienen poder, sino también costos. No está de más pedirle entonces al Presidente Ortega que medite, que reflexione, que ceda en sus intentos de ser Presidente vitalicio y se deje de marullas, que confíe que otros nicaragüenses hay que, con menos lastre que él, pueden llevar a Nicaragua a ese progreso que, bajo su administración, parece cada vez más lejano.

Junio 14, 2009
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